Infancia. empiezan a entrenarse para boxear antes de los 10 años.

Cada golpe, una esperanza

El gimnasio es la vía de escape de centenares de chicos que no estudian y apenas pueden comer.

La Prensa/Jorge Fernández La Prensa/Jorge Fernández

La Prensa/Jorge Fernández

GANAS. Pasan muchas horas en el gimnasio. Toman el entrenamiento como profesionales.  GANAS. Pasan muchas horas en el gimnasio. Toman el entrenamiento como profesionales.

GANAS. Pasan muchas horas en el gimnasio. Toman el entrenamiento como profesionales.

GUÍA. El entrenador intenta conducirlos arriba y abajo del ring.  GUÍA. El entrenador intenta conducirlos arriba y abajo del ring.

GUÍA. El entrenador intenta conducirlos arriba y abajo del ring.

Frente al estadio Juan Demóstenes Arosemena, en Curundú, se encuentra un viejo galerón. Hace algunos años fue reformado y acondicionado como gimnasio. Su nombre evoca a una de las más recientes y efímeras glorias del boxeo panameño: Pedro ‘Rockero’ Alcázar. Su corta historia, rota abruptamente por un trágico final, alcanzó la categoría de leyenda para el boxeo.

En el gimnasio "Pedro Rockero Alcázar", el calor es cosa de todos los días. En el centro, el cuadrilátero parece estar a la espera de los muchos novatos que darán sus primeros golpes en el azaroso mundo del boxeo.

La mayoría de los que frecuentan el gimnasio son adolescentes del barrio. Algunos, más que jóvenes, son niños. Saltan la cuerda, practican la pegada, azotan con intensidad los sacos de arena, se ejercitan con la responsabilidad de cualquier adulto. Sin demasiadas sonrisas. Concentrados.

Un hombre que no para de moverse los supervisa. Habla con cada uno de ellos. Les da instrucciones. Los anima.

"Tú vas a ser campeón en el nombre del Señor", le grita a un muchacho moreno, alto, con los músculos que parecen esculpidos a punta de cincel.

Ese hombre es Rigoberto Garibaldi, uno de los entrenadores de boxeo más cotizados del país. Durante muchos años repartió su tiempo entre Panamá, Managua, Miami, Nueva York, Las Vegas o Atlantic City, buscado por pegadores de talla mundial.

Pero Garibaldi más que jóvenes, entrena aprendices. Son, tal como él le gusta decir "sus hijos". Hijos de una vida dura, de uno de los barrios más pobres y violentos de la ciudad de Panamá.

Los adolescentes y niños encuentran en el boxeo una oportunidad para romper con la marginación y la delincuencia, un círculo vicioso del que es difícil escapar. Y están guiados por un entrenador que, a su vez, proclama estar inspirado por Dios.

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