El gran perturbador

El resurgimiento de Alí. Se acaba de editar un libro sobre su vida que cuesta 7 mil dólares. Los diez años en los que de ser un gran boxeador pasó a convertirse en un ícono de la contracultura

Guido Bilbao gbilbao@prensa.com Es más fácil decir que sí. Obedecer es más barato. El mundo está plagado de gente que dice que sí con la cabeza cuando su corazón pida a gritos alguna reacción. Hubo un hombre, todo instinto, que fue rebelde sin pausa y le dio una importancia suicida a la sílaba no. Era boxeador, negro, casi analfabeto y le declaró la guerra al gobierno más poderoso del mundo. "No voy a ir a Vietnam". "No tengo nada contra el Vietcong". "No me importa perderlo todo". Muhammad Alí soltó lo indecible. Lo crucificaron por eso y por esa misma imprudencia se ganó el cielo. Como un Jesús negro, su figura se multiplicó hasta volverse una leyenda que trascendió el deporte y abrió una grieta en la sociedad norteamericana. Dijo que no, lo sostuvo con prepotencia y modificó para siempre el significado de la palabra heroísmo. Fue vanguardia sin quererlo y casi el fundador de la oposición juvenil a la guerra. Durante la década que duró Vietnam, Alí consiguió el cinturón de todos los pesos, fue privado de su corona, fue preso, fue estafado, se convirtió al Islam, enfrentó al FBI y recuperó su corona en la pelea más impresionante de todos los tiempos. Norman Mailer y Tom Wolfe escribieron sobre él. Y ahora, entrado el nuevo siglo, su figura vuelve a los primeros planos. Se acaba de estrenar una publicidad, en la que se lo ve peleando con su hija. Adidas lo eligió para relanzar la marca a nivel mundial. Y editaron un libro homenaje que pesa 34 kilos y cuesta 7 mil dólares. Estuvieron 4 años juntando material y lo anuncian como la publicación más grande y radiante jamás editada. Floyd Patterson dijo de Alí: "Al final entendí que yo no era más que un boxeador y que él, en cambio, era historia". Todo se lo debe a esos diez años, los más duros de su vida, los que vienen ahora.

Un bobo. Eso era Alí -en esos días todavía Cassius Clay- para el Ejército de Estados Unidos. A los 18 años lo sometieron a pruebas para medir su intelecto y los resultados fueron muy pobres; tanto que no era considerado apto ni para ser recluta. Cuando cuatro años después, en 1962, Alí incendió el mundo boxístico a puro verbo y talento, batiendo en seis rounds al hasta entonces invencible Sony Liston -un ex presidiario, el Mike Tyson de los sesenta-, el Ejército dudó de la sinceridad del boxeador. Parecía demasiado inteligente en sus declaraciones para lograr resultados tan pobres. Entonces lo volvieron a citar. Lo testearon y los resultados fueron igual de patéticos que la vez anterior. Cuando esto trascendió, Alí, como no podía ser de otra manera, le encontró una salida humorística: "Dije que era el más grande, no el más listo". Con 22 años, el boxeador de Kentucky se había convertido en el campeón de todos los pesos más joven de la historia. Talentoso, carismático, gracioso, estaba inventando un show jamás visto alrededor del boxeo. Le auguraban un gran futuro, sería una estrella. Nadie sabía que iba a trascender el deporte hasta convertirse en un ícono de la contracultura mundial y que, en pleno 2004, seguiría haciendo historia, con la edición de uno de los libros más pretenciosos de la era moderna. "La última victoria de Alí", así definió la revista alemana Der Spiegel al libro que presentan como Goat -siglas que en inglés significan "El más grande de todos los tiempos"-. Mide 50 centímetros por lado, tiene 792 páginas y pesa 34 kilos. La editorial encargada del trabajo, la prestigiosa Taschen, incluye tres mil fotos.

Influencia. "Las cosas que impactaron a Muhammad Alí impactaron a toda mi generación" relató Michael Mann, director de Ali , una película que relata estos diez años de la vida del boxeador y se puede conseguir en Blockbuster. "Si veías la carnicería de Vietnam estabas enfurecido. Era una ira que no se disipaba. Muhammad Alí surgió con ese sentido de indignación". En realidad, en esos días, Alí no podía ni señalar en un mapa dónde quedaba Vietnam. Eso no formaba parte de su mundo.

Sin embargo, cuando la tensión bélica comenzó a crecer, los criterios del Ejército cambiaron y hasta los tontos eran necesarios para pelear. Alí fue convocado a las filas. Y dijo que no se presentaría. Que a la guerra no iba ni loco. "Inauguró con su negativa rasgos de la época", escribe el Pulitzer David Remnik en su impresionante biografía del campeón llamada Rey del mundo . "La resistencia a la autoridad, el principio de que la lealtad nacional no era algo absoluto y automático. Su rebelión, en principio acotada a la cuestión racial, se hacía ahora mucho más amplia". El filósofo Bertrand Russell se puso en contacto con él. Lo felicitó, le dijo que con su decisión representaba una nueva clase de hombres, y también que, a partir de ese momento, los poderosos de Washington iban a hacerle la vida imposible. Era cierto. Alí estuvo bajo la extrema vigilancia del FBI. Recibía el mismo trato que Martin Luther King y que su amigo Malcom X. El director J. E. Hoover recibía informes diarios de sus actividades. Alí no se quedaba quieto. Comenzó a investigar el tema Vietnam, a dar charlas en las Universidades. Decía cosas así: "¿Cómo se atreven a pedirme que me ponga un uniforme, me vaya a 15 mil kilómetros de aquí a matar vietnamitas amarillos, mientras a los llamados negros de Louisville se les trata como a perros?" Un negro, de los barrios bajos, que era campeón del mundo y no seguía los pasos sumisos de otras estrellas como Joe Louis o Elvis Presley, que en casos similares obedecieron sin chistar.

El día D. El 28 de abril de 1967 llegó la hora de la verdad. Alí se presentó en la Oficina de Admisión y Examen de las Fuerzas Armadas para decir que no acataba el reclutamiento. Fue condenado a cinco años de cárcel, diez mil dólares de fianza y hasta le quitaron el título del mundo. Aunque su mundo se derrumbaba, Alí se mantuvo firme. Estuvo cuatro años sin poder boxear en lo mejor de su carrera. Hasta 1971, cuando el Tribunal Supremo le dio la razón y la condena quedó en suspenso. "Tomé la decisión de ser un negro de los que no se dejan atrapar por los blancos", decía Alí. Sus contadores calculan que dejó de ganar algo así como 10 millones de dólares por su decisión. Y el mito se agigantó cuando recuperó su corona en 1974, en Kinshasha, Zaire. Decían que no iba a poder, que el nuevo campeón George Foreman era demasiado fuerte. Alí utilizó una técnica temeraria. Se dejó moler a golpes hasta cansar a Foreman. Después lo noqueó. La parábola había terminado. La corona volvía a sus manos, le había dado una lección a todos los afroamericanos de Estados Unidos y seguía tan jocoso como siempre. En esos días, en el cómic de Superman , Alí hizo una aparición fulminante. Se enfrentaba al hombre volador. Y lo vencía. Superman estaba perdido: nunca encontró cómo escaparle a esos puños de criptonita.

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