Me cuesta trabajo escribir: Mario Vargas Llosa

Vargas Llosa fue recibido en Miami como si fuera un cantante de rock o un campeón mundial

Vargas Llosa fue recibido como si fuera un cantante de rock o un campeón mundial. No exagero. No todos los días llega a Miami el autor de más de 40 libros y permanente candidato al Nobel de Literatura. Proust, Kafka y Hemingway, por mencionar solo a tres, fueron inalcanzables para sus contemporáneos. No Vargas Llosa. Nos lo encontramos hasta en la internet. Su página (www.mvargasllosa.com) enumera 86 distintos premios y condecoraciones. Quizás uno de sus discursos más memorables es el que pronunció al recibir el Premio Rómulo Gallegos, de novela, en 1967. Entonces, jóven e ilusionado, Vargas Llosa dijo: "La literatura es fuego, es una forma de insurrección permanente.todo escritor es un descontento." Desde entonces no ha dejado de escribir para probar que es cierto.

Con sus largas canas y dientes de conejo, saco oscuro, pantalones grises y camisa de color pera es difícil pensar en Vargas Llosa como un "descontento". Pero lo es. Vargas Llosa pelea constantemente con la palabra; la analiza, la somete a rayos X, la descuartiza cuando es necesario y, si no le sirve, la descarta para lanzarse a buscar otra palabra que refleje exactamente lo que quiere decir. La palabra: esa es la primera guerra de Mario.

En la presentación de su libro El Paraíso en la Otra Esquina -sobre las existencias paralelas de la activista francesa Flora Tristán, y de su nieto Paul Gauguin- escuché a Vargas Llosa decir que le costaba trabajo escribir. Con micrófono en mano -y aprovechando mi función de moderador- lo tuve que interrumpir. No me cabía en la cabeza que el autor que hace 40 años escribió la brutal novela La Ciudad y los Perros pudiera liarse con su propio oficio.

"¿Lo escuché decir que le cuesta trabajo escribir?" le pregunté. "¿Es cierto?"

"Sí", me contestó. "Es un trabajo que suele ser muy angustioso, en el que uno suele desgarrarse.(Es) complejo y, por otra parte, bastante misterioso".

Su fama -aunque le pese- ha permitido que sepamos de él más de lo que quisiera compartir: sabemos que su escritor latinoamericano favorito es Jorge Luis Borges y que de todas sus obras prefiere sus cuentos en Ficciones ; que Mozart le emociona y que Don Giovanni es su opera más querida; que escribe de mañana para luego corregir y leer en las tardes y por la noches; que habla poco de su vida en familia porque "el amor es una experiencia privada que cuando se saca a la luz pública se empobrece".

Sólo trabaja en un proyecto a la vez. Y se clava en el tema, como cuando pasó ocho meses en República Dominicana para escribir La Fiesta del Chivo . Pero ¿cómo escribe? ¿Lee en voz alta lo escrito? ¿Pelea palabra por palabra?

"Es difícil decirlo en términos generales, abstractos, porque no es así", me contestó. "Voy encontrando la manera de narrar poco a poco, rehaciendo, corrigiendo. Es un proceso que no es enteramente racional. Yo siento cuando no funciona una frase."

Y luego explica el origen de su método para escribir. "Es una enseñanza que viene de mi admiración por Flaubert", dijo. "Flaubert tenía la manía de la palabra justa y decía que la palabra justa se descubría al oído".

Además de la palabra justa, otra de las manías de Vargas Llosa es Perú. Uno de los personajes en su obra Conversación en la Catedral se pregunta "en qué momento se jodió Perú." Quizás Perú, como la mayoría de los países de América Latina, se ha jodido varias veces. Pero, sin duda, una de esas veces fue en 1990 cuando los peruanos escogieron como presidente al autoritario y corrupto Alberto Fujimori en lugar de este humanista liberal.

¿Por qué perdió Vargas Llosa, el candidato, esa elección para la Presidencia? No lo quise decir en público, pero a mí me tocó estar en su cierre de campaña en Lima y su mensaje -lleno de alusiones a la literatura y a su experiencia europea- no prendió en el público. Tras escucharlo, una amiga periodista se volteó y me dijo: "Vargas Llosa no puede ganar con un discurso así." Tristemente, tuvo razón.

Vargas Llosa es un maravilloso exprimidor de la vida. De esa experiencia surgió el libro El Pez en el Agua . Tras digerir la derrota se refugió, como era de esperarse, en la literatura y, en 1993, se convirtió en ciudadano español. Hoy vive la mayor parte de su tiempo en Madrid. "Me siento bastante en casa en España, quizá por la lengua y la tradición", comentó en un chat con America Online. "Por otra parte, en España tengo a mi editor y muy buenos amigos."

Vargas Llosa sigue soñando en utopías, pero ya lejos del mundo de la política. En El Paraíso en la Otra Esquina Flora Tristán y Paul Gauguin buscan, en lugares distintos, su propio paraíso: Flora, en la lucha por la justicia social; Gauguin, en el regreso a una existencia primitiva en Tahiti y en la pintura. Vargas Llosa, me atrevería a aventurar, encuentra su paraíso en la literatura. Sin embargo, a sus 67 años de edad sigue siendo, irremediablemente, un hombre de su tiempo. Esto quiere decir que no puede vivir alejado del mundo que le rodea. Incluyendo a Irak.

Hace poco regresó de un viaje a Irak. "Yo tenía, realmente, la necesidad de ver sobre el terreno si mi condena de la guerra de Irak -la intervención militar americana o británica- era justa o precipitada", adelantó a manera de explicación. Había, también, una razón más personal. Su hija Morgana estaba trabajando en Irak para la Fundación Iberoamérica-Europa y quería cerciorarse de que se encontrara a salvo.

El viaje a Irak, sobra decirlo, tuvo un profundo impacto en Vargas Llosa y sus opiniones.

"¿Por qué estaba en contra de la guerra?" le pregunté.

"Estaba en contra de la guerra", me contestó, "porque no creí que fueran ciertas, probadas, las razones que dieron Bush y Blair para justificar la intervención: que había armas de destrucción masiva; que había una vinculación entre el gobierno de Saddam Hussein y el grupo terrorista Al Qaeda. No estaba fundamentada esa acusación."

Pero luego, hilando con la complejidad de la situación, cambia ligeramente de rumbo. "El viaje fue muy instructivo", continuó. "Comprobé, como creo que ha comprobado todo el mundo, que las razones que se dieron para justificar la intervención eran falaces. Sin embargo, me pareció que la intervención militar abría para el pueblo iraquí unas posibilidades de liberación, de modernización, de democratización que jamás se hubieran dado sin una intervención militar."

Decir algo así en Miami no es gratuito. Algunos de los exiliados cubanos que asistían a este auditorio en el centro de Miami podrían sugerir que, para ellos, Fidel Castro ha violado los derechos humanos tanto o más que el propio Saddam Hussein. El argumento de que los iraquíes estaban mejor, tras la intervención militar angloamericana

-porque sacó del poder a un dictador- podría aplicarse, también, al caso cubano. La pregunta, entonces, era obligada.

"¿Se vale una invasión a Cuba?", le cuestioné, y el auditorio cayó en un silencio completo.

"Mire, yo jamás justificaría una acción militar porque le conviene a los intereses de los Estados Unidos".

Sobre el embargo: "He apoyado el embargo porque me parecía una de las maneras como las sociedades democráticas podían ayudar a quienes resistían y luchaban por la democratización de las dictaduras. Y en algunos casos el embargo ha sido un instrumento eficaz, en Sudáfrica, por ejemplo. Ahora, en el caso de Cuba no ha funcionado. Efectivamente, el embargo ha fracasado por una razón muy simple: porque nunca hubo un embargo real. Estados Unidos decretó el embargo, pero Cuba podía comprar los productos que quería, los productos americanos, en Panamá, en Canadá, en toda España".

Sobre el futuro de Cuba: "Es un régimen putrefacto, absolutamente en vías de descomposición, y lo que lo mantiene es esa especie de hipnosis con que los dictadores, los grandes dictadores, llegan a contagiar a todo un pueblo. Yo estoy absolutamente convencido que la dictadura no va a sobrevivir de ninguna manera, ni un corto tiempo, a la desaparición del tirano, de Fidel Castro. Y hago votos para que esa desaparición sea muy pronta."

Sobre qué quiere hacer cuando caiga Fidel : "Estoy convencido que eso no es muy lejano. Ustedes y yo lo vamos a ver. Y yo espero impacientemente que así ocurra porque, como yo en mi juventud viví la ilusión de Cuba y me movilicé en defensa de una revolución que creía que traía la justicia, yo he vivido todos estos años con una cierta conciencia culpable. Y yo quiero estar allí cuando el pueblo cubano recobre la libertad. Yo quiero estar en La Habana, ahí, viendo cómo el pueblo cubano recupera su libertad."

¿Y qué importa lo que diga Vargas Llosa sobre Cuba? Bueno, América Latina es un lugar en el que las opiniones de los novelistas se toman en serio, es un lugar donde las ideas y los sueños se cuelan en la política y en nuestra vida diaria como pan en la comida.

El encuentro, de poco más de dos horas, llegaba a su fin con una hilera interminable de lectores que querían la firma del escritor en sus libros. Amable, pero eficientemente, fue estampando las letras MVLL cien, doscientas, trescientas veces.

Tras despedirme de Mario -y prometernos una comida o una reunión con menos gente- me sorprendí sonriendo. El diálogo de aquella noche me había dejado un consuelo. "Si a Vargas Llosa le cuesta trabajo escribir", pensé mientras me alejaba, "¿qué podemos esperar el resto de los escribidores?"

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