Carnaval

Carnavales con un tal Joe DiMaggio

La bocatoreña Silvia Selles Del Castillo fue la reina del Club Atlas en 1946, en los Carnavales de la Victoria. Aquellas fiestas celebraron el fin de la Segunda Guerra Mundial.

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Joe DiMaggio, el jardinero central y Grandes Ligas de los Yankees de Nueva York, fue el invitado especial para coronar a la soberana Silvia Selles en 1946. Cortesía familia Amador Selles Joe DiMaggio, el jardinero central y Grandes Ligas de los Yankees de Nueva York, fue el invitado especial para coronar a la soberana Silvia Selles en 1946. Cortesía familia Amador Selles

Joe DiMaggio, el jardinero central y Grandes Ligas de los Yankees de Nueva York, fue el invitado especial para coronar a la soberana Silvia Selles en 1946. Cortesía familia Amador Selles

La vida de Selles transcurrió una parte en Venezuela y Estados Unidos, y regresó al istmo de sus amores. La vida de Selles transcurrió una parte en Venezuela y Estados Unidos, y regresó al istmo de sus amores.

La vida de Selles transcurrió una parte en Venezuela y Estados Unidos, y regresó al istmo de sus amores. Foto por: Roberto Cisneros

Guillermo Sánchez Borbón y Silvia Selles pasan ratos recordando historias de su niñez en Bocas del Toro. Guillermo Sánchez Borbón y Silvia Selles pasan ratos recordando historias de su niñez en Bocas del Toro.

Guillermo Sánchez Borbón y Silvia Selles pasan ratos recordando historias de su niñez en Bocas del Toro. Foto por: Roberto Cisneros

El Carnaval de la Victoria. Corría el año 1946 y la ciudad de Panamá se preparaba para retomar las fiestas del rey Momo, suspendidas el año anterior por la Segunda Guerra Mundial.

La paz retornaba al mundo y en el istmo de América panameños y zoneítas hacían una tregua y se unían en la algarabía de celebración en la avenida Central. Pasaban el límite que los dividía de la sociedad local.

Para entonces, distintos clubes de la capital preparaban sus carrozas y sus reinas. En el Club Atlas Garden, ubicado en la avenida 4 de Julio, hoy avenida de los Mártires, la bocatoreña Silvia Selles Del Castillo, de 21 años, se preparaba para ser la soberana de ese año.

La joven trabajaba en el departamento de Recursos Humanos de la Panama Air Depot (PAD), una empresa proveedora de repuestos a la industria aérea estadounidense asentada en la entrada de Curundú, antigua Zona del Canal.

“Eran unos carnavales muy alegres, la gente era bastante sana y no eran tan modernos como ahora. En ese tiempo llegó a Panamá un deportista que se llamaba Joe DiMaggio, a él le tocó coronarme y la gente que lo llevó al club me advirtió de que era muy tímido, así que yo lo agarré de sorpresa y le di un beso en la mejilla”, cuenta Silvia desde un sillón, en un cómodo edificio de Costa del Este, donde pasa sus ratos leyendo libros en inglés o contemplando el skyline de la Panamá moderna. “Ha cambiado una barbaridad”, exclama.

No oculta su risa y prosigue diciendo que, efectivamente, el astro de los Yankees de Nueva York se enrojeció de inmediato. Joe DiMaggio no solo cumplió con compromisos profesionales en ese verano panameño. Jugó en el estadio de Balboa, en el corregimiento de Ancón. Y también bailó al ritmo de las comparsas. Para el equipo de 32 jugadores, la estadía en Panamá era como un spring training. La página Panamá y su historia de Facebook relata que se hospedaron en las barracas del Ejército estadounidense en Albrook y vivían sofocados por el fuerte calor de la temporada, con un promedio de 31 grados.

Silvia recuerda con mucha nostalgia esa época; serían sus últimos carnavales en Panamá. Ese verano no solo conoció a DiMaggio, sino también a un apuesto estadounidense de Nuevo México, el ingeniero Frank Amador. Trabajaba en el Canal.

“Bueno, yo tenía muchos admiradores, pero la verdad no los conté”, dice y suelta una risotada, y a su lado lo certifica un amigo de la infancia de Bocas del Toro: Guillermo Sánchez Borbón.

“Nos criamos juntos. A mí me gustaba Chitina [Silvia] pero ella prefirió al gringo ese y se la llevó a Venezuela”. Sánchez Borbón y el hermano de Silvia, Darío Selles, la visitan con mucha frecuencia para tomar café y recordar historias de palafitos, juegos infantiles y pangas de Isla Colón.

Frank fue su compañero de baile en una de las fiestas ofrecidas en la época en el Club Unión. “Lo que más me gustó es que era bilingüe. No fue un amor a primera vista. Pero comenzamos a tratarnos y a simpatizar porque teníamos las mismas ideas, y nos casamos”.

El auge de las compañías petroleras estadounidenses en tierra venezolana atrajo a Frank. Fue contratado por la Creole Petroleo Corporation. “Lo que más extrañaba era la comida, unos panecitos bocatoreños que se llaman yaniqueque, con coco, muy ricos”.

La vida de Silva transcurrió por más de 50 años en Venezuela. Llegó en una época de abundancia, pero con una frágil democracia que se convirtió en una dictadura de más de siete años, la de Marco Pérez Jiménez. Sin embargo, en la industria petrolera las cosas eran distintas.

“Estábamos cómodos. Yo no iba ni al mercado. Un camión despachaba la leche y los vegetales en la mañana. Vivíamos en Los Palos Grandes y luego nos mudamos a la Trinidad, cuando no había ni carretera”.

Muestra un álbum con fotos de la familia en Caracas. En total tuvieron cinco hijos, cuatro varones y una niña. Sus parientes panameños la visitaban por temporadas y con su esposo recorrían la plaza Bolívar. O iban a la playa en La Guaira, en el Club Puerto Azul en la costa venezolana.

Silvia y Frank participaban activamente de las actividades culturales y empresariales de la Cámara Venezolano Americana de Industria y Comercio. Frank promovió el intercambio comercial y el acercamiento entre Estados Unidos y Venezuela.

Retirados, se residenciaron en Weston, Florida, donde Frank falleció en 2004. Los lazos entre Venezuela, Estados Unidos y Panamá en la familia Amador Selles son indisolubles. Por un tiempo Silvia se quedó en Miami, y volvió al istmo en 2015.

Ahora sus cabellos son blancos. No deja de leer libros tanto en inglés como en castellano. Incluso cumple una rutina de yoga varias veces por semana. El año pasado regresó a Bocas del Toro. Volvió a respirar esos aires caribeños de Isla Colón, que son los de su niñez y los de su memoria. “Allá hay muchas cosas que siguen igual, pero en Panamá todo ha cambiado. ¡Esos edificios tan enormes! En cambio, el Casco está muy lindo”. Por sus calles transcurrió parte de la adolescencia de Silvia como alumna del Colegio San José.

Sigue siendo Silvia Primera, la única, la que se fotografió con Joe DiMaggio. La panameña que pudo haber rivalizado con Marilyn Monroe.

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