Leer para aprender

Arturo Pérez Reverte recuerda en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara sus primeras lecturas y cuál es su autor predilecto.

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La biblioteca del abuelo de Arturo Pérez Reverte era enorme. Se componía, en su mayoría, por novelas del siglo XIX escritas por indispensables como Jack London, Alejandro Dumas y Robert Louis Stevenson.

El futuro escritor y académico de la lengua española leyó entre los 8 y 14 años obras de aventuras como Los tres mosqueteros, El conde Montecristo, La reina Margot, La dama de las camelias, Colmillo blanco, El lobo de mar, La isla del tesoro y El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, entre tantas otras.

Estas experiencias le dieron una base importante para cuando decidió ejercer luego el periodismo y después la ficción.

Tiene 66 años y, aunque posee una excelente condición física y aparenta menos edad de la que dictan los calendarios, siente que el tiempo le va golpeando la espalda como para regresar con frecuencia a las varias historias que le han marcado su alma de lector.

“Uno no vive en vano. Hay libros que son muy útiles y necesarios. Son grandes compañeros de viajes, aunque son cosas que van quedando atrás. Los libros te dan mucho a ti, son como limones que exprimes y ya no queda nada de algunos libros porque ya has recibido todo de ellos. Por lo que son pocos los libros que envejecen contigo”, indica quien nació en la ciudad de Cartagena, España, el 25 de noviembre de 1951.

Aunque sí admite que relee cuando tiene tiempo aquellos autores latinos y griegos que todavía tienen algo que explicarle sobre la vida y los seres humanos.

Ya no los lee para estudiarlos cuando era un muchacho en secundaria, o cuando comenzaba en las labores de escritor, sino que regresa a ellos por puro placer y una forma de aprendizaje.

VISITAS AL MAESTRO

“Aunque sí hay un autor que envejece conmigo: Joseph Conrad”, plantea Arturo Pérez Reverte en un hotel ubicado al frente de la Expo Guadalajara, donde ocurre la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México), evento anual en el que presentó su novela Eva (Alfaguara).

A los 15 años se encontró con Conrad, y su universo se movió como si hubiera experimentado un fuerte temblor interno.

Su primer encuentro con el novelista polaco fue con La línea de sombra, publicada originalmente en 1917.

Conrad es el autor que más lo ha influido en su quehacer literario. Por eso, “cuando tengo un momento de incertidumbre le pregunto al maestro: ‘¿qué hago’?, y me responde: ‘mira chaval, haz esto y esto otro’. Lo sigo leyendo para aprender, porque en sus páginas descubro cosas que antes no había notado. Somos viejos amigos”.

De hecho, el único retrato que tiene en la biblioteca de su casa es uno del autor de La flecha de oro y Salvamento.

ACTITUD DE CAZADOR

Arturo Pérez R. Expandir Imagen
Arturo Pérez R.

Desde los 16 años, Arturo Pérez Reverte sabe que a grandes rasgos hay dos clases de personas: los que se limitan a soñar con temerarias excursiones a través de la lectura, o sea, son aquellos que se quedan en la seguridad de sus hogares, y los que buscan la manera de experimentar en carne viva las peripecias que han experimentado desde los libros.

Él pronto supo que pertenecía al segundo grupo porque siempre le hizo ilusión viajar, “conocer chicas guapas y tener amigos aventureros, más la adrenalina del peligro”, explicó durante la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México).

Esa es la razón por la cual se fue a la verdadera isla de los piratas, que no es la imaginada por el escocés Robert Louis Stevenson en su famosa novela, sino esos conflictos bélicos donde los golpes, las balas y la muerte son de verdad.

“El periodismo fue para mí una excusa para ir a la guerra, para conocer mujeres hermosas, romper bares y que me pegaran. Por 21 años tuve todo eso”, plantea quien fue corresponsal de guerra en el Sáhara, Libia, Chipre, Angola, las Malvinas, Líbano, el golfo Pérsico, Chad, Eritrea, Croacia, El Salvador, Nicaragua, Bosnia, Sudán y Mozambique.

En medio del silencioso ruido de los combates siempre le acompañaron en su mochila las obras de ficción, hasta que un día sintió la necesidad de regresar a la posada del almirante Benbow, porque ya se había enfrentado demasiadas veces, cara a cara, con el pirata Billy Bones en África, Europa central y América Latina.

Regresó a España con esa misma mochila, pero repleta de otros elementos: sus historias y sus vivencias. “Ahora, con los libros leídos y la mirada resultado de la vida que llevé, me puse a escribir novelas”.

DOS OFICIOS

El periodismo le brindó vicios que ha intentado abandonar en su etapa de escritor y virtudes que procura no olvidar. “Son dos mundos distintos, aunque a veces un reportaje puede ser buena literatura y una novela puede ser un pésimo reportaje ficticio sobre la realidad. Nunca he querido mezclar uno con el otro. Yo contaba la guerra y no quería hacer simplemente literatura de los muertos porque me parece algo cursi y ridículo”.

Es cierto que ser reportero le dio un entrenamiento para poder escribir hasta en las más caóticas circunstancias, que debía cumplir con precisión las fechas de entrega de su material, saber detectar lo que era útil y que era de rigor documentar y buscar antes de redactar una sola oración.

El reflejo del periodista le ayuda a estructurar el trabajo de investigación de sus novelas. “La necesidad de ir a los lugares precisos, de ir a los sitios y preguntar lo debido, un proceso que luego no se nota a simple vista en mis obras. No se nota en lo escrito, pero que está en lo hecho”.

Esa actitud de cazador que toma como novelista es una herencia de su época periodística. Desde entonces se fija en cómo va vestida la gente que interactúa con él, cómo habla y cuál es su lenguaje no verbal. “Todo eso lo voy guardando en mi memoria y más tarde lo voy sacando de mi mente para mis novelas. Eso se lo debo al periodismo”.

LA EXPERIENCIA

Tener de su lado 30 años como novelista no le da permiso para estar seguro a la hora de construir sus argumentos.

“Yo no soy un artista. No soy un creador místico. Soy un tipo que cuenta historias. Claro que entre más veterano eres más sabes ciertas cosas: ya conozco al lector, ya sé cómo trabajar después de tantos años, cómo y dónde ponerle las trampas al lector para que vaya cayendo, cómo seducirlo y con qué recursos. Eso lo da la experiencia, aunque después de tantos años no puedes usar tramas que ya has usado, tienes que buscar lo nuevo. Por eso sigo siendo lector y observador, porque me nutren”, plantea quien ingresó en la Real Academia Española el 12 de junio de 2003.

Cuando escribe sobre violencia o dolor, torturas o violaciones, no es porque lo leyó en un libro de historia en una biblioteca, es porque lo ha visto en medio de los combates.

“Yo he estado en esos infiernos. Yo he visto hombres violando mujeres en la guerra de Eritrea en 1977. Son cosas que te quedan en la cabeza. Todo eso, más la edad, la vanidad y los libros que lees” le van abriendo nuevas puertas por donde transitar.

“Por eso mis novelas siguen vivas, y de allí que sigo vivo como escritor”. Tiene 66 años y percibe que su corazón y su mente van cambiando, “porque con la edad vas observando el mundo de forma diferente a cuando eras joven. Veas a las mujeres de forma distinta, la soledad y la muerte las percibes diferente. Esos nuevos enfoques de los viejos temas me permiten abordarlos desde un ángulo distinto. De allí que estoy en renovación continua y no estoy estancado”.

EVA

Con su nueva novela Eva (Alfaguara) regresa a finales de la década de 1930 en la España del dictador Francisco Franco. De igual forma regresa su personaje Lorenzo Falcó, quien en Tánger está en medio de espías, tráficos ilícitos y conspiraciones.

Para estar acorde con esta empresa releyó novelas, libros de memorias, revistas, periódicos y vio películas sobre esos tiempos.

También compró objetos de entonces que tiene consigo para sentir esa energía. “Tengo la pistola de Falcó. Los cigarrillos que fumaba. Tenía que rodearme del ambiente en el que vive”.

Eva es la segunda parada de una trilogía que comenzó con Falcó (2016, Alfaguara). Cada novela tiene su momento y Pérez Reverte lo sabe. “Esta saga está llena de acción, intrigas y adrenalina”.

Las ciudades se vuelven personajes. “Los territorios son tan importantes como los personajes. Eso es Tánger para Eva, que me permitió hablar del odio, el sexo, el amor y las luchas de bandos opuestos. Viví en la habitación de hotel donde estuvo Falcó. Eva y Falcó son dos tipos diferentes de antihéroes. Eran parecidos, aunque ella creía en el comunismo y él no tenía bandera, salvo la propia. En los años 1930 había muchas mujeres valientes, creyentes en la revolución y Eva era una de ellas, estaba convencida de que sacrificar su propia vida valdría la pena por el bien del mundo. Hay que tener coraje para ser así”.

Eva era una espía del siglo XX, que eran más interesantes que los del presente. “Los espías son muy vulgares, con sus teléfonos móviles, sus ordenadores, con toda clase de aparatos, en vez de actuar con su intuición y sus destrezas. Por ejemplo, saber sobornar a una chica para que te dé acceso a un teléfono como hice yo en África para poder transmitir las noticias. Para lograrlo tenía que sonreír a las telefonistas, les compraba chocolates y flores, coqueteaba con ellas para que me dieran opciones para transmitir las informaciones”.

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