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RAÍCES: LA ESCUELA NORMAL DE INSTITUTORAS

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A la izquierda, Escuela Normal de Institutoras. A la izquierda, Escuela Normal de Institutoras.

A la izquierda, Escuela Normal de Institutoras.

Guillermo Andreve Guillermo Andreve

Guillermo Andreve

Circa, 1930. Probablemente grupo de normalistas. Circa, 1930. Probablemente grupo de normalistas.

Circa, 1930. Probablemente grupo de normalistas.

En el proyecto de construcción de la nación republicana de comienzos del siglo XX, tenía gran importancia la construcción del sistema nacional de educación. De la educación y de la familia se esperaba que la población adquiriera hábitos “civilizados” de higiene, modales, valores patrióticos, amor al trabajo, al orden y al progreso y sobre todo, la escuela debía inculcarle al pueblo el sentimiento de pertenencia a la nueva nación.

El reto era muy grande, porque la situación educativa del país era deplorable. Los recursos destinados a la instrucción pública resultaron insuficientes para garantizar el éxito de la misión, y así se perpetuaron problemas como la insuficiencia y malas condiciones de las escuelas y la escasez de personal docente. Por ejemplo, en 1920 solo el 33% de la población en edad escolar estaba escolarizada y el analfabetismo alcanzaba a más del 50% de la población. La escasez del presupuesto fue muy criticada por los secretarios del ramo Alfredo Preciado (1912), Guillermo Andreve (1918) y Jeptha B. Duncan (1920). Duncan, en La educación pública en Panamá (1920), proponía priorizar la educación y que su presupuesto (15.19% en 1919, 14.70% en 1924) no fuera inferior al de otras áreas del Gobierno (Gobierno y Justicia y Fomento y Obras Públicas se alternaban en el usufructo de casi el 40% del presupuesto nacional); en consecuencia, censuró la reducción de más del 20% de los salarios de maestras en 1919 (que provocó la primera huelga magisterial) argumentando que, en cambio, a policías y miembros del poder judicial se les había aumentado.

Un pilar esencial del sistema educativo eran las maestras, en su mayoría de las escuelas primarias. Se formaban desde 1904 en la Escuela Normal de Institutoras, única posibilidad de educación para las mujeres junto con la Escuela Profesional de Mujeres (de escaso éxito), y el Instituto Nacional después de 1919. Para mejorar la calidad de la enseñanza en ese centro, en 1907 se contrató como directora a Bertina L. Pérez, pedagoga chilena formada en la escuela alemana, quien encontró la institución en un estado lamentable, sin organización ni reglamentos e instalada en un local viejo e incómodo para sus funciones.

Las reformas de la nueva directora complacieron mucho al secretario del ramo, Eusebio A. Morales, que informaba: “La señorita Pérez ha mantenido la escuela en un nivel muy alto, ha mejorado su organización, ha afirmado en ella, sin violencias, una sabia disciplina, ha elevado la calidad de la enseñanza y puesto en vigor los más modernos y eficaces métodos educativos”.

El secretario Alfredo Preciado, en 1912, opinaba que la situación de la Escuela Normal de Institutoras era muy buena, afirmaba que “por la instrucción que en ella se recibe y por el orden y la disciplina que en ella reinan, esta Escuela Normal de Institutoras ha merecido, y a justo título, su reputación de ser la mejor de la República”. Al compararla con la Normal de Varones decía: “Nuestras señoritas, por lo general, son más aplicadas y estudiosas que los jóvenes y salen de la Normal mucho más aprovechadas que estos. La inferioridad del sexo fuerte en esta materia es hoy manifiesta”. Pero, pese a los elogios de Morales a la labor de Bertina Pérez, esta no pudo terminar su proyecto reorganizador de la Normal. Lo mismo les ocurrió a las directoras que la sucedieron: Agnes von Oven, Inés Erwing Brown, Luisa Wonters y Josefina Aldrete. Finalmente, siendo secretario del ramo Guillermo Andreve, ante una situación que él calificaba de dificultades materiales por el traslado al nuevo edificio de El Hatillo y de conflictos de carácter moral “a causa de desacuerdos graves, ya entre esta secretaría y la dirección de la escuela, ya entre la dirección y los profesores”, creyó que la solución era “poner al frente de la escuela una persona seria, honorable, capaz de infundir respeto, poner orden y restablecer la regularidad perdida en la marcha del establecimiento” y esta persona, según él, “tenía por fuerza que ser del sexo masculino” porque se había convencido de “que no encontraría en el país persona del sexo femenino (…) que pudiera reorganizar la escuela”. En consecuencia, Andreve, liberal y francmasón, nombró director en 1916 a Nicolás Victoria Jaén, maestro de profundas convicciones conservadoras, partidario de la enseñanza religiosa y de la separación de los sexos en las escuelas. Pero la realidad era más compleja y está documentada. La directora Bertina Pérez dejó su trabajo por el incumplimiento de su contrato, reclamaba mejorías en la escuela y en su vivienda y, probablemente, fue su actitud insumisa lo que despertó la animadversión del secretario Preciado y la llevó a renunciar. Las sucesivas directoras del plantel demandaron lo mismo y, aunque sus reclamaciones eran consideradas legítimas por sus superiores, sus conductas no eran bien vistas. Así, pues, aunque el problema de fondo era la insuficiencia presupuestaria, jugaba un papel fundamental la firmeza de la actitud de las directoras frente a sus superiores que, para quienes esperaban docilidad, se traducía en problemas de disciplina.

El principal problema para el sistema educativo en la época radicaba en la distancia entre el discurso político que proclamaba su importancia y los insuficientes recursos que se le dedicaba. Algunos políticos liberales como Morales, Andreve y Duncan reclamaron cambios. Duncan elaboró una propuesta para reorganizar el sistema educativo cuya base era la descentralización del poder (que alejaba al presidente de la República del control del sistema), y por ello perdió su cargo. Las mujeres, que no eran consideradas ciudadanas, eran valoradas en sus papeles de hijas, esposas y madres sumisas, y el sistema fortalecía esas funciones; por ello su educación priorizaba su papel de maestras, dentro y fuera del hogar, formadoras de los ciudadanos futuros y de las amas de casa, siendo coherente con la imagen de femineidad imperante en la época.

Fuentes:

Editor: Ricardo López Arias
Autora: Yolanda Marco Serra,  profesora de Historia de la Universidad de Panamá.
Fotografías. Carlos Endara. Colección RLA/AVSU

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