Recuerdos del Gabo

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. A primera vista, el Gabo se mostraba simpático y un poco teatral. . A primera vista, el Gabo se mostraba simpático y un poco teatral.
. A primera vista, el Gabo se mostraba simpático y un poco teatral.

Hace un año que se nos fue, entre mariposas amarillas y diosas coronadas.

Cuando le hicieron los rituales del entierro en la Catedral de Bogotá, además de las mariposas y la música que más le gustaba, el cielo sopló una tormenta eléctrica propia de la magia verbal del fallecido, Gabriel García Márquez, llamado el Gabo.

Tengo muchos recuerdos personales del Gabo, y casi todos son buenos, empezando por la memoria de las lecturas de sus libros, que eran un atrevimiento imaginativo, fundado de un mundo que no puede volver a patearse sin el riesgo de que se note literariamente.

Lo conocí a principios de los años 70 del siglo pasado, en la casa barcelonesa de Vargas Llosa, su gran amigo de entonces. “Mario no es mi amigo, es mi hermano”, había declarado unos años antes en Caracas. Me pareció, prima facie, un personaje muy simpático, uno poco teatral, vestido con su overol azul de mecánico de coches para “asustar a los burgueses catalanes”, según me confesó esa misma tarde. Creo que los asustaba mucho más aparcando sobre la acera de las calles de Barcelona su BMW último modelo de aquellos años, color azul metálico, que su vestimenta para llamar la atención.

Un día, cuando ya vivía en su casa del Pedregal, en México, salió de su casa con un amigo cercano y, cien metros ya en la calle, regresó con urgencia a su ordenador. Se le había quedado algo atrás: el disco con el texto que estaba escribiendo.

El amigo le preguntó que es lo que había ido a buscar y por qué tanta angustia. “¿Acaso sabes tú la hora en que va a empezar el terremoto?”, le contestó el Gabo con una pregunta.

Otro día, también en México, en una pequeña reunión de amigos, se habló de Juan Rulfo. “Juan no sabe nada de literatura”, dijo uno de los expertos críticos que estaban en la teñida.

“No importa, sabe hacerla mejor que todos nosotros”, le contestó García Márquez.

Tal vez estaba recordando en ese instante el consejo que años antes le había dado su amigo, el también novelista y poeta Álvaro Mutis.

El Gabo le había hablado a su amigo de ciertas dificultades insalvables, según él, en el trabajo que estaba escribiendo en ese momento. Algunos días después, Mutis, llegó a la casa mexicana de García Márquez y te tiró desde lejos un libro hasta sus manos.

“Tenga, para que aprenda a escribir” le dijo. Era un ejemplar de Pedro Páramo.

A mí me dijo otra vez, con un par de tragos y en conversación muy privada, algo que he contado muy poco por escrito. Hablábamos de mujeres, es verdad. Y, entonces, me miró muy serio y me dijo que él estaba convencido de que cada ser humano nacía “con los polvos contados”.

“Polvo que no se echa, polvo que se pierde”, añadió sentencioso. Le gustaban mucho las frases con potencia bíblica y cada vez que podía las sacaba de su cabeza hasta la boca y las hacía volar como mariposas.

Conrado Zuluaga, de quien no me canso de decir que es el crítico más conocedor de García Márquez, se sabe de memoria los textos del Gabo. Una vez en Cartagena de Indias nos recorrimos la ciudad entera desde las páginas de El amor en los tiempos del cólera. Por donde íbamos paseando, Zuluaga sacaba a relucir sin querer sus conocimientos de la literatura del Gabo y me explicaba que tal o cual lugar era exactamente el sitio donde tal o cual personaje de la novela había tenido tal o cual encuentro.

Cuando yo era un joven lleno de entusiasmo por García Márquez, un mediocre profesor universitario de La Laguna, Tenerife, decía en sus clases, impotente ironía, que si no conocían a García Márquez no se preocuparan porque era aquel escritor al que yo llamaba amigo como si lo conociera de toda la vida.

Me acuerdo de lo que decía Faulkner a estas alturas de la vida: “los verdaderos amigos de los escritores son sus lectores”. Así es. Yo leí a García Márquez, y lo sigo leyendo hasta ahora, por y con sumo placer intelectual. Me gustan todas sus novelas, y no sabría decir cuál es para mí la más importante de todas.

Lo vi la última vez en Guadalajara, México, en una feria del libro, junto a Juan Goytisolo y Carlos Fuentes. Después de saludarnos, me preguntó lo de siempre: “¿Quién va a ganar este año el premio Cervantes?”. Yo nunca le contestaba con mis preferencias, sino con las suyas. Y se quedaba tranquilo.

No he dejado de pensar en escribir un pequeño libro, una suerte de manual, como el que estoy terminando sobre Vargas Llosa, donde explique mi relación personal con el Gabo a través de sus libros y de mi lectura de sus libros; un manual lleno de anécdotas y de crítica de todo género a un escritor inmortal, que vive ahora entre las nubes de la mayor popularidad, en el vuelo de las mariposas amarillas y en la música de las diosas coronadas.

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