Sartre y el humo

Temas:

Sartre y el humo Sartre y el humo
Sartre y el humo

A Jean-Paul Sartre le dieron el Premio Nobel de Literatura en el año 1964. Lo rechazó. Muy dignamente, y en su línea crítica-cínica. Después, por detrás y por lo bajo, estuvo reclamando el dinero del gran premio que se le había otorgado por sus muchos méritos intelectuales.

El humo del existencialismo estaba de moda en todo el mundo. Los franceses, con Sartre a la cabeza, habían logrado una vez más inundar el planeta intelectual de la Tierra con una sarta de palabras que el Gran Gurú había puesto moda.

Dogmas irrefutables de los que hoy solo los muy especialistas se acuerdan. En mi juventud me puse siempre de parte de Albert Camus. Sartre me parecía sospechoso de todo, un personaje capaz de enviar al suicidio a sus mejores alumnos mientras él se quedaba hablando sin parar, y tirándose a sus alumnas, en los mejores cafés de París.

Así era la libertad y el humo que vendía. Tuve, en esa dorada juventud de la que ahora, en la vejez (aunque todavía no en la ancianidad), tanto me acuerdo, un amigo comunista que citaba a Sartre en todas las esquinas de la conversación. Sartre era su ángel de luz.

Su padre protector, en su marxismo primario, un jeroglífico que comprendí solo cuando supe que mi amigo no había leído casi nada y que lo que había leído, poco, no había entendido nada.

Para mi asombro, llamaba a Sartre por su nombre de pila, Jean-Paul. Jean-Paul esto, Jean-Paul lo otro.

Un día, ya cansado de tanta familiaridad, le hablé de Carlos varias veces. Como escribió Carlos por aquí, como escribió Carlos por allí... Él tipo se me puso serio y terminó preguntándome que a que Carlos me estaba refiriendo.

¿A quién va a ser? ¡A Carlos Marx! Y, por una larga temporada, abandonó la maniática costumbre de llamar a Sartre con un Jean-Paul que sonaba más ampuloso de lo lógico.

Dije antes de Camus: ese era y es uno de mis escritores favoritos. Me encantaba leer las polémicas con Sartre. Me fascinaba la claridad de los mandoblazos dialécticos que Camus le daba a Sartre una y otra vez.

Sin embargo, y para no variar, la izquierda francesa y, por supuesto, el resto de la izquierda europea, tan fumadora de humo entonces como ahora, llena de Varoufakis que organizan y profetizan un mundo como si realmente lo conocieran a fondo. Y tuvieran todas las soluciones en sus manos. ¡Ah, los economistas! Menudo desastre para el mundo de hoy y de siempre. Y los filósofos franceses con Jean-Paul, ustedes perdonen el desliz en este dominical comentario, que venden humo una temporada y cuando se muere la gente se va olvidando de ellos para siempre.

Sin embargo, a Camus lo seguimos leyendo muchos de los que seguimos leyendo, a estas alturas de la ruina griega. Lo seguimos leyendo y buscando en él un fondo de soluciones que, en mi caso estoy seguro, tienen todas sus enseñanzas.

Su rebeldía de hombre de su tiempo es mil veces superior, en profundidad y en claridad, al palabrerío y la humareda vacía de la que Sartre hizo gala a lo largo de toda su fructífera vida.

Ahora, Camus no solo es uno de los mejores escritores del siglo XX; no solo es uno de los más grandes luchadores por la libertad y la lucidez del ser humano en el siglo XX; no solo es un novelista grande, un periodista enorme, un pensador de primera categoría cuya actualidad nadie pone en duda, a pesar de estar situado en el siglo XX.

También lo es, todavía y ahora más, un gran personaje del siglo XXI, al que a ningún comunista ni ningún economista se le ocurre llamar Albert en las esquinas de cualquier conversación. El tiempo acaba con el humo, que se difumina día tras día, y solo queda de él un rastro poco profundo que más bien nos interesa muy pocos.

Sartre, pues: vendedor de humo. Después de él, de sus enseñanzas de catequista religioso, llegó el diluvio. Los franceses se cargaron el humo del nouveau roman, otra de las modas llenas, y se pasaron el tropel al Tel Quel, puro humo que contaminó la literatura durante una década.

Repito que era puro humo sartreano, y en esa trampa cayeron incluso escritores amigos, cercanos y cómplices. Para nada: un instante olvidado. Al final, tanto Phillipe Sollers como Julia Cristeva, los totémicos dioses de esa humareda, terminaron escribiendo novelas y memorias al estilo de los grandes (Balzac, Hugo), pero sin llegar nunca en su calidad a atarles ni los zapatos de todos los días.

El humo, ya se sabe, ciega los ojos de cualquiera, y los intelectuales y escritores no solemos tener la lucidez necesaria para distinguir la paja del trigo y las churras de las merinas. Y el humo sartreano de verdadera literatura.

Comentarios

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Editorial por la Democracia, S.A.

Por si te lo perdiste

La procuradora general de la Nación de Panamá, Kenia Porcell, viajó a España, donde sostuvo reuniones de alto nivel en la sede de la Fiscalía General de ese país.
Cortesía/Gabinete de comunicación de la Fiscalía General de España

CASO ODEBRECHT Porcell se reúne con fiscal que coordina rogatorias en España

AEROPUERTO Despega operación de Taeca

Se trata del primer vuelo comercial  e internacional que se realiza desde la terminal aérea colonense.
LA PRENSA/Roberto Cisneros

Última hora

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Directorio de Comercios

Loteria nacional

22 Nov 2017

Primer premio

3 5 1 5

BBAC

Serie: 13 Folio: 15

2o premio

4722

3er premio

5119

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Caricaturas

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código