Tiempos eclipsados en objetos

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Tiempos eclipsados en objetos Foto por: Maydeé Romero Sprang

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Tiempos eclipsados en objetos Foto por: Jazmin Saldaña

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Tiempos eclipsados en objetos

Las hay muy vistosas y organizadas y otras desordenadas y enmarañadas. Son las tiendas de antiguëdades, encargadas de resguardar una historia abundante en curiosidades.

Para Carlos Weil, dueño de las artes y subastas Weil Art, la magia de los objetos pertenecientes a otras épocas radica en lo que pueden contarnos de forma indirecta. “Los objetos tienen un alma y cumplen su ciclo de vida con cada persona. Van pasando de un lugar a otro y cuentan mejor que nada, la historia de cada generación y de cada pueblo”, dice el experto dedicado por tres décadas al arte y el coleccionismo.

No solo los grandes acontecimientos se deben resguardar en la memoria, sino también aquellos de la cotidianidad, porque conforman un “tejido de la historia”, indica el también galerista.

Una pieza adquiere valor por haber pertenecido a algún personaje de la historia, recalca Weil, quien ha recolectado documentos que se remotan a la construcción del canal francés. Para Weil, el mundo de la antigüedades está haciéndose un espacio entre los consumidores, que están entendiendo que la adquisición de las mismas es porque son piezas únicas, irrepetibles y de incalculable valor. No en vano, el papa Francisco o el presidente Obama han recibido obsequios de este tipo.

En su tienda hay objetos que datan desde mediados del siglo XIX. El precio de las piezas se tasa por el período de procedencia, su estado de conservación y también si perteneció a algún momento histórico. Por ejemplo, las acciones de la construcción del canal por los franceses, es uno de los documentos de los más preciados, valoradas en casi 5 mil dólares. Otros de menor jerarquía como souvernir pueden estar por debajo de los 20 dólares.

En la callecita

Sustraído de la atención porque la avenida Río de Janeiro resulta una ruta de alivio para cualquier conductor ansioso por evadir el tráfico de la hora pico, un bazar de antigüedades se esconde tras de lo que más pareciera un portal hogareño en Villa Cáceres.

Una vez se entra al espacio, la vista se confunde. Es el efecto de la residencia de Sandra Tapiero, que va adquiriendo formas y evocando con su pluralidad de objetos, muebles y accesorios las épocas pasadas, a través del universo de detalles excéntricos que se pueden hallar dispersos. Utensilios como jarras y platos de bronce árabe, porcelana china, artesanías y mobiliario con detalles art déco, pululan aquí y allá.

La “señora Sandra”, como le dicen sus conocidos y clientes, escudriña el arte de cada pieza que colecciona con afán y amor desmedido para después venderlo. Su casa convertida en depositario y taller de reparación ha perdido el confort de hogar, para convertirse en un negocio en constante transformación. Por el pasillo, hay un estantería lineal de pequeñas esculturas, adornos de las más variadas procedencias. Pasar por el área que da al jardín obliga al visitante a adquirir una postura erguida y dar cuidadosas zancadas laterales para no estropear nada que resulte una obra conservada durante décadas. Una vez se llega al patio, la grama queda en segundo plano, invadida por columnas, muebles y lámparas que apenas se resguardan de la lluvia por un voladizo de techo transparente.

Una parte del caos, del que solo Sandra tiene pleno dominio, se debe a que los muebles de antaño pero en perfecto estado, le son cedidos en consignación por sus proveedores. Lo que significa que deberá esperar un tiempo hasta que un cliente potencial lo descubra, pague por él su valor y se lo lleve. Así, un porcentaje de la venta se lo queda para ella y el otro le corresponde al propietario original.

Pero más allá de lo que vende, Sandra se dedica a la restauración de antigüedades, como hizo con un biombo (mampara) de origen chino de edad centenaria, tallado en madera y que deja palpar como si se tratara de una fotografía en 3D un paisaje primoroso a la orilla de un río. Los anteriores poseedores no le vieron “gracia” al biombo, y lo pintaron de acrílico negro. La tarea de la señora Sandra ha sido la de limar la superficie hasta que recobre su aspecto y textura originales. Una vez lo cure, no lo venderá, como suele suceder con alguna que otra pieza, de las cuales queda prendada.

“Aprecio lo antiguo porque creo que tiene más valor; la gente lo hacía con sudor, le ponía corazón, pero hoy, no. Ahora el trabajo lo hacen los robots, las máquinas modernas, por eso no tienen el mismo significado”, dice la mujer. Aunque restaura muebles, su fuerte en realidad es la reparación de lámparas tipo araña. Con paciencia y mucha pericia logra recuperar la vistosidad de las cristalinas joyas de iluminación, cuyo fulgor está inspirado en la decoración gótica de los siglos XV y XVI.

En cuanto a los costos, Tapiero niega que un pieza vintage sea inaccesible. “Puede que un mueble cueste hasta 2 mil o 3 mil dólares, pero aquí lo puede llevar en 600 dólares.

Dice que es más ventajosos comprar algo antiguo, porque es más fácil de cuidar, “nada más debe limpiarlo”, compara con la fragilidad que envuelve todo lo nuevo.

Pasión por el coleccionismo

Puede que el letrero de Canal Zone, de un tienda de antigüedades en la concurrida avenida B, haga repensar a cualquier transeúnte, local o foráneo, su significado. Mas los ventanales transparentes pronto delatan lo que aguarda en aquella esquina comercial de San Felipe.

El propietario de Canal Zone, Hugo Bertrand, está por finalizar su expansión, en la que ha invertido casi dos años. El negocio adquirió el nombre porque su primera intención fue la de ser un centro de la memoria del Canal, pero más tarde fue explorando otros ámbitos del coleccionismo, el arte europeo y sus distintas etapas a través de la historia, y ahora tiene una diversidad de aparatos, instrumentos, así como los tan gustados muebles con reminiscencias del pasado que pueden funcionar tanto para adaptar con originalidad un espacio, aunque una buena parte son destinados al alquiler para sus usos en la cinematografía y la fotografía.

Por ejemplo, una bicicleta empleada en una escena de la película Historias del Canal, fue alquilada por la producción en este sitio.

“La gente no le da importancia a lo que va quedando desactualizado”, explica Bertrand del negocio, que ha encontrado en la producción de cine buenos réditos. Así, también al repasar sus posesiones en la tienda, toma en su mano un celular Nokia 5120, este dispositivo móvil, por ser uno de los primeros modelos en ponerse en boga en Panamá, fue solicitado para recrear otra escena relacionada a los finales de la década de 1990, cuando probablemente el aparato era el de última tecnología.

Distribuidos en algunas esquinas y escaparates sobresalen los elementos de juguetería, y en especial muñecos célebres, como los despeinados y diminutos trolls, el personaje anaranjado de nariz alargada Alf, que alcanzaron la fama en películas o shows televisivos noventeros.

Los juguetes pertenecen a una pequeña colección exclusiva que ha generado sus buenos ingresos para el negocio. Desde el aterrador muñeco ficticio, Chucky, con su rostro suturado, que es muy solicitado para ambientar fiestas a finales de octubre, en consonancia con el Halloween.

Bertrand, sin embargo, también dispone de otros juguetes y muñecos para la venta, los cuales se pueden adquirir en módicos precios.

De esta forma, las tiendas de antigüedades son como álbumes en donde las fotografías son remplazadas por objetos que harán viajar en el tiempo a cualquier visitante.

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