Literatura

Los años sabandijas

La nueva contribución a la literatura de Xavier Velasco es un estudio de la década de 1980.

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El escritor mexicano Xavier Velasco ha escrito libros como ‘El materialismo histérico’ (2004), ‘Este que ves’ (2006), ‘Puedo explicarlo todo’ (2010), ‘La edad de la punzada’ (2012), y más recientemente, ‘Los años sabandijas’ (2016). Cortesía\Blanca Charolet El escritor mexicano Xavier Velasco ha escrito libros como ‘El materialismo histérico’ (2004), ‘Este que ves’ (2006), ‘Puedo explicarlo todo’ (2010), ‘La edad de la punzada’ (2012), y más recientemente, ‘Los años sabandijas’ (2016). Cortesía\Blanca Charolet
El escritor mexicano Xavier Velasco ha escrito libros como ‘El materialismo histérico’ (2004), ‘Este que ves’ (2006), ‘Puedo explicarlo todo’ (2010), ‘La edad de la punzada’ (2012), y más recientemente, ‘Los años sabandijas’ (2016). Cortesía\Blanca Charolet

DEMASIADO BRYLCREEM

El niño Rubén Ávila recién había empezado la primaria cuando oyó hablar del Hotel de México. Sería un rascacielos impresionante, cuando estuviera listo, decían sus primos grandes, pero él al fin creció acostumbrado a contemplar al elefante blanco en la pura obra negra, como una mancha vieja a la distancia. Funcionan, sin embargo, el Polifórum y un salón de fiestas. Eso lo sabe bien su primo Luis Tostado, que hace unos pocos meses trabaja ahí. También hay una suite presidencial: Luis prometió ayudarle a entrar hoy en la noche, cuando Sting, Andy Summers y Stewart Copeland den una conferencia de prensa.

—Al concierto no puedo colarte, pero a la suite seguro te consigo el acceso —le ha machacado Luis del martes para acá, y ahora vuelve a decirlo, no bien los ve llegar a sus dominios.

—No le hace si no puedes clavarnos al concierto —fanfarronea el Rudeboy, con la seguridad de quien se sabe dueño de siete relucientes extintores.

—Mejor ayúdame a comprar unos boletos.

—De a mil pesos cada uno…—alza las cejas Luis, suelta una sonrisilla maliciosa. —¿Te dieron esa lana mis tíos, Rubencito?

—Es de nuestros ahorros…—se adelanta el Roxanne, mirando de reojo a los fotógrafos que esperan la llegada del terceto al vestíbulo de lo que ya muy pronto, se pavonea Luis, será el hotel más grande de México.

—¡Ah, chingá! ¿No me digan? ¡Estos gánsters de hoy, tan ahorrativos!

—pela los ojos, se rasca la sien, les guiña el ojo izquierdo, gira sobre sí mismo el circunspecto joven Tostado y da la espalda a los elevadores, donde docena y media de periodistas gritan en pos de una acreditación.

—Vengan conmigo, pues, vamos a consignarlos.

Lo que sigue es un viaje a las entrañas del gran cascarón. Pasillos, pasadizos, montacargas, andamios, túneles y escaleras en penumbra, entre cientos de obstáculos que libran auxiliados por la lámpara sorda del primazo influyente. Esto no está pasando, se dice por segunda ocasión en menos de dos horas el Roxanne, y entonces se sacude nada más de pensar que a estas horas podría estar en la delegación, y mañana en la cárcel, y allá dentro hasta 1990. En lugar de eso, va a conocer al trío más caliente de Europa. “ El futuro”, sonríe, petulante, al tiempo que atraviesa un reguero de piedras y ladrillos. Su único temor, a estas alturas, es llegar a la suite presidencial cuando se haya acabado la conferencia y The Police no esté en el edificio.

Desde donde los deslumbrados amigos han podido juzgar, la suite presidencial es un raro reducto de glamour, perdido entre una selva de bardas y varillas y sombras y humedades, por no hablar de los miles de ratas que de seguro habrá, viviendo como reinas en penthouse. Bring on the night!, celebra el Roxy a volumen tan alto que un par de periodistas lo examinan con extrañeza entomológica y Luis se lleva el índice a los labios. ¡Shhht!, lo secunda el Ruby, cállate, que nos van a sacar a patadas.

Todo ocurre a patadas en la mente del Rudie, que cree en el punk como otros en la patria y no confía gran cosa en esas puterías del new wave. Demasiado shampoo. Demasiado Brylcreem. Demasiado Miss Clairol. ¿Qué no Sid Vicious se peinaba a gargajos? No sé si deberíamos gastarnos esa lana en un concierto de Los Tres Assholes…, reta al Roxy, nomás por hostigarlo, y remata escupiendo sobre el enorme espejo del baño de la suite.

—Qué naco eres, cabrón —arruga la nariz el aludido y se cobra al contado el chiste de los assholes: —¿Por qué no de una vez sacas tu navajota y tasajeas los sillones de la sala, pinche sexpistolito de la Conasupo?

—Ándale, pues, pendejo —da dos, cuatro, seis pasos el Rudeboy, y luego media vuelta, mientras se baja el cierre del pantalón y se arrima a la orilla del jacuzzi. —Ésta se la dedico a La Policía.

—¡Espérate, Rubén! —pela los ojos, corre hacia la puerta, abre, echa un ojo, cierra, se escandaliza el Roxy porque ya escucha el chorro de pipí caer sobre la tina como un largo redoble de suspenso.

—¡No seas imbécil, güey, va a venir alguien!

—Vuelve a decir que soy un sexpanchito y un mantenido de la Conasupo y este rico tepache va a ser para tu hocico —dirige el Ruby el chorro hacia el encortinado, después a las paredes y al final dibuja eses sobre el piso.

—¡Acuérdate que Ruby can’t fail!

—Dije sexpistolito, pero ya que lo pienso…—se asoma de regreso al pasillo el Roxanne, corta la frase y procede a esfumarse, no bien oye el rumor de las voces que anuncian la llegada del trío al que debe, entre tantas recompensas, la dignidad discreta de su apodo.

—Ay sí, pinche mamila. Ahora di que por gente como yo no hay tocadas en este país de mierda. Tendrías que estarme besuqueando las patas por traerte a chuparle el pito a Sting —rumia el Rudie y escupe de vuelta en el espejo, mientras se sube el cierre, se alborota el pelambre y deja atrás la resbalosa escena. No cualquier noche puedes mear una jodida suite presidencial, se dice, satisfecho, y es como si recién vaciara los riñones en un cartón de leche Conasupo.

—A tu salud, Roxanne.

FOLLOW THAT WALKMAN !

El trío está de pie ante los fotógrafos. No es que sean tan famosos, al menos de este lado del océano, pero en México no hay conciertos de rock y lo que llega es siempre gran noticia para el gremio agolpado frente a ellos. Serían tres perfectos hijos de vecino, excepto por los pelos pintados de amarillo que delatan el salto entre el punk y el new wave. ¿Qué es el new wave, al fin, si no un punk ambicioso?

—Lamberto Grajales, vengo de Radio Universidad —responde el Roxy con tono de autómata, sin mirar a los ojos a la preguntona, pensando nada más que en acercarse a ver el deslumbrante objeto que aún no está seguro de haber visto.

—¿Radio Universidad no es de música clásica? —frunce el ceño, la muy pinche metiche. Trae minifalda y dos colitas de caballo, pero podría ser mamá de Sting.

—Parece que ahora tienen un programa de rock—se entromete el greñudo de al lado.

El Roxy solo asiente y devuelve la vista al costado derecho del cantante.

—¿Cuánto crees que dé el Cucho? —se escurre entre las voces el potente susurro del Rudeboy, que ya está de regreso y ha clavado la vista en el mismo objetivo.

Fragmento del libro ‘Los años sabandijas’ (Planeta), © 2016, Xavier Velasco. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

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