Todos esos muertos

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La muerte de un león en África ha desatado en todo el mundo una llantina hipócrita. El león era un animal, al parecer, muy importante, y fue sacado con engaños por los cazadores de la reserva natural en la que vivía.

En las correrías de cazador de Ernest Hemingway, el escritor norteamericano escribió un relato que, al decir de García Márquez, es el cuento más bello del mundo. Se titula La vida feliz de Francis Macomber. O La breve vida feliz de Francia Macomber. Macomber es un cazador que todos los días sale a matar un león. Quiere encontrarlo pero tarda en conseguirlo. Y quiere a toda costa matar un león, necesita hacerlo, es su obligación, su deseo, su trastorno obsesivo y compulsivo. Así deben ser los cazadores entregados a la orgía de matar animales mayores. En la selva profunda, donde la vida parece libre aunque siempre aceche la muerte.

García Márquez le confiesa a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, creo recordar que en el diálogo que compone el libro El olor de la guayaba, que el escritor se levanta todos los días como Macomber en la selva: buscar encontrar el león para matarlo.

Es una bella metáfora: el escritor mayor buscando caza mayor para transformarla en literatura. Debo haber leído ese cuento de Hemingway más de 10 veces, buscándole el truco, intentando ver donde están las costuras.

Hemingway era un genio para coser palabras: apenas dejaba huella de cicatriz entre ellas. Cada uno de sus cuentos es una novela en pequeño, lleno cada uno de ellos de sustancia humana que los convierte en seres eternamente vivos.

En cuanto a que es el relato más bello de mundo, es una frase. García Márquez tenía una virtud excepcional, además de otras muchas: era un hombre que exageraba la realidad hasta hacerla mágica. Sucede que Hemingway es uno de sus maestros, en la metáfora, en el tratamiento de la misma y de toda la tragedia que siempre es un cuento literario, aunque acabe bien.

‘Cecil’ se llamaba el león “asesinado” que tanto lamento ha despertado en todo el mundo. Y, sin embargo, todos los días hay atentados y episodios terroristas o simplemente militares que matan a decenas de personas en parques públicos, entre multitudes que huyen despavoridas.

Vemos cómo el crimen se comete todos los días en África con una impunidad que nos lleva a la costumbre. Esa es la vaina: estamos viviendo en un infierno, pero tenemos tal costumbre de esa geografía que la hemos convertido en nuestro hábitat.

No nos remuerde la conciencia cuando algún dictador africano, asiático o americano liquida la libertad, la hacienda y la vida de sus “súbditos” porque esa es simplemente su soberana voluntad.

Nos dolemos, pero seguimos en lo nuestro, en la respiración fácil, en el comercio diario de nuestras vidas, según marca nuestra propia moral de cada época.

Pero matan un león y el mundo de subleva. Dejan un perro solitario en pleno verano y las redes sociales, manejadas por una izquierda bonita y bastante tonta, se incendian hasta la llantina y el tembleque de dientes.

Impía y humana hipocresía que se desgañita por un león salvaje o un perro abandonado y apenas se inmuta por la muerte de los inmigrantes en pleno Mediterráneo, camino de la muerte o del otro infierno que les espera tras el triunfo, la llegada a Europa: como si eso fuera el cielo.

‘Cecil’, entonces. Macomber: el cazador de la selva. Como Hemingway: el escritor que todos los días se levantaba y no dejaba de escribir hasta que, por lo menos, tuviera tres mil palabras.

Sobre él cayó la leyenda del borracho y de la oculta homosexualidad. Bebía, claro, como casi todo el mundo, como casi todos los escritores. Como casi todos los cazadores de caza mayor. Lo de la homosexualidad encubierta es mentira. Cuando alguien que es un gigante se hace todavía más gigante, y en cada palabra caza un león, la conciencia de los enemigos, los enanos morales y envidiosos que minimizan el talento de los demás, se enloquece y crea los fantasmas de la calumnia.

Así, en la vida hay columnistas que se creen que lo son, pero en realidad son gacetilleros “calumnistas”, intelectuales de mentira, que dejaron de intentar la caza del león o dejaron, cansados, el esfuerzo para coger las uvas y se convirtieron en zorras, lo único que evidentemente son pasados los años.

Macomber: su vida breve es la vida feliz del escritor que caza palabras todos los días. Como si fueran mariposas, que es lo que además hacía el gran Nabokov. Como si fueran leones prohibidos a los que se busca en la selva para seducirlos, conducirlos al laberinto y acabar con sus vidas. Mientras tanto, la guerra no existe. Nadie muere en el mundo. Todo es normal. Y nos duele muy muy muy lejos. Levemente.

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