PROSA PROFANA

El poder para siempre no existe

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El dictador Robert Mugabe y su esposa, Gracia, durante el día de independencia en Harare, Zimbabue, en abril de 2012. NYT Images El dictador Robert Mugabe y su esposa, Gracia, durante el día de independencia en Harare, Zimbabue, en abril de 2012. NYT Images
El dictador Robert Mugabe y su esposa, Gracia, durante el día de independencia en Harare, Zimbabue, en abril de 2012. NYT Images

En 1972 Oriana Fallaci logró entrevistar en su palacio amurallado al emperador Haile Selassie, quien se proclamaba descendiente de la reina de Saba y el rey Salomón. Al final ella le preguntó: “¿cómo mira a la muerte? El emperador, que tenía 80 años y le faltaban tres para morir, pareció no entender: “¿A qué? ¿A qué?”. “A la muerte, majestad”, insistió ella. Y eso desbordó la paciencia del soberano: “¿La muerte? ¿La muerte? ¿Quién es esta mujer? ¿De dónde viene? ¿Que quiere de mí? ¡Fuera, basta!”.

No cabía en su mente que su poder no estuviera ligado a la inmortalidad. Pero no fue siempre un hombre distraído de la realidad, porque en un tiempo encabezó la lucha en contra de las tropas de Mussolini que invadieron Etiopía. Y al final, depuesto por un golpe militar, fue estrangulado en su cama, y enterrado bajo el piso de un baño en su propio palacio imperial.

Me ha venido a la cabeza esta historia de alguien que desde su trono eterno se indigna cuando le hablan de la muerte, ante la caída del dictador de Zimbabue Robert Mugabe, gracias a otro golpe militar, tras casi cuatro décadas mandando. Mugabe, un tanto más práctico a sus 93 años, sí aceptaba que un día habría de morir, desde luego que escogió como su sucesora a su esposa, Gracia Marufu, mucho más joven que él, y a quien la gente llamaba “Desgracia Marufu”.

También, en lugar del título de primera dama, le daban el de “primera compradora”, pues se escapaba a París o Londres para hacerse de decenas de trajes y zapatos exclusivos. Dueña del monopolio de los productos lácteos, alegaba que sus gustos se los pagaba con su propio dinero.

La Universidad de Zimbabue le otorgó un doctorado, sin haber puesto nunca un pie en las aulas, siendo el propio Mugabe quien le colocó el birrete en la ceremonia de graduación. Ambiciosa y astuta, mientras su anciano marido se dormía en las reuniones de Gabinete, ella iba tejiendo su propia urdimbre de poder.

Tal como Haile Selassie, Mugabe, líder guerrillero del Ejército de Liberación Nacional (Zanla), condujo la lucha contra el régimen racista de la minoría blanca. Y de las penurias del combate pasó a la ruindad de la tiranía, ya convertido en primer ministro, luego presidente, y al mismo tiempo jefe vitalicio del partido oficial, el ZANU-PF.

Nunca dejó de proclamarse revolucionario, en lucha contra el capitalismo y el colonialismo. Pero su paraíso socialista no fue sino un infierno. A su caída reinan la pobreza y el desempleo, y la esperanza de vida es de apenas 56 años. Su pretendida reforma agraria destruyó la organización productiva, y trajo escasez y desabastecimiento.

Cualquiera que lo criticara se convertía en traidor, algo que podía significar una orden de ejecución. Y también utilizaba paramilitares para asesinar disidentes. En 2008 perdió las elecciones ante su oponente Morgan Tsvangirai, y entonces proclamó que “solamente Dios” podía apartarlo de la presidencia. Dios a su servicio personal de católico practicante que comulgaba devotamente en la catedral de Harare.

Al celebrar sus 91 años, Gracia le organizó una fiesta para 20 mil invitados, que llenaron un estadio de fútbol. Por supuesto, los empleados públicos debieron asistir obligatoriamente, bajo pena de despido, pagando su cuota. Se sirvió un menú de lomos de elefante, entrecot de búfalo, piernas de impala y costillas de antílopes, todo un zoológico sobre las brasas. Por lo visto, la dentadura del anciano seguía sana.

Ahora todo ha terminado para la pareja. Mugabe destituyó al vicepresidente Emmerson Mnangagwa buscando dejar libre el camino a su esposa, y ahora lo tiene como su sucesor, con lo cual las sombras ominosas vuelven a cerrarse sobre el país, igual que tras la deposición de Haile Selassie, cuando el coronel Mengistu, cabeza del golpe de Estado, se convirtió en dictador. Mnangagwa, apodado “el cocodrilo” por su crueldad, fue jefe de espionaje de la guerrilla durante la lucha de independencia, y luego ministro de Seguridad, y como tal, jefe de la policía secreta.

Pésima costumbre que tiene la historia de repetirse.

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