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Es mediodía. El sol apacigua los ánimos en el barrio y el calor se esparce como una ola que abraza. Unas mujeres remedian su ocio con charlas cargadas de carcajadas y ademanes en la salida de sus edificios, sentadas en cubos.

La mirada intimidante no se separa de los desconocidos, de los que hay que desconfiar siempre, porque nunca se sabe si son los enemigos.

Cuando se entra al Instituto Nuestra Señora de La Merced, coloquialmente conocido como Escuela de Fátima, el ambiente hostil se transforma en algo distinto. Una marejada de niños se aglutina en el vestíbulo esperando a sus acudientes para regresar a casa. Risas energizantes, miles de sueños desfilan por los pasillos mientras un maestro pasa tratando de mantener el orden entre los chicos de sexto grado.

En ese ínterin aparecen los maestros de danza contemporánea, José Leonardo Amaya y Luis Sierra, dos piezas en el engranaje de este centro educativo, en el que cuelga una foto de aquel fatídico 20 de diciembre de 1989, cuando el barrio fue hecho trizas por la invasión militar a Panamá por el ejército estadounidense. La instantánea hace recordar el pasado, a veces ignorado con el trajín del día a día. Un signo de cómo se experimenta, después de dos décadas, la transformación de un barrio en reconstrucción: El Chorrillo.

La danza contemporánea es una de las herramientas introducidas en este círculo, para lograr la transformación de seres humanos sumergidos, por lo general, en un sitio dominado por la violencia, la “zona roja” como llaman las unidades policiales al conjunto de cuadras y edificios raídos de ese corregimiento.

Es por ello que la orden religiosa mercedaria, que rige la escuela, aceptó la propuesta artística de la fundación Espacio Creativo (FEC), gestionada a través del programa Enlaces, dirigido por la fundación Calicanto.

La semilla de la danza contemporánea fue sembrada hace tres años. Ahora 157 niños chorrilleros ejecutan en sincronía los movimientos “se expresan con su cuerpo”, traduce Amaya de la técnica que adaptada en forma de materia escolar puede lograr la integración, el orden y el desarrollo de habilidades sociales.

A la 1:20 p.m., en el aula máxima del plantel, hay 25 niños en plena función, portando su uniforme para el baile, un suéter con el eslogan de la fundación y un pantalón cómodo para estirar el cuerpo.

Darling González, una niña de 11 años, es una de las que sigue al pie de la letra las instrucciones. Cada vez que entra al salón se siente feliz. Sueña con convertirse en bailarina. Por mucho tiempo quiso bailar, le insistía a sus padres para que la dejaran tomar un curso en una academia. “Siempre quise aprender ballet, pero nunca lo logré”. En su hogar el arte no era prioridad. Pero ahora las cosas han cambiado. Si hace todo como se le indica en sus clases de danza contemporánea, puede ser elegida para recibir una clase extra los viernes a final de la jornada.

Hay un grupo de chicos sobresalientes que entrena los viernes a las 3:00 p.m., cuando el reloj indica la salida de la jornada extendida implementada en la escuela. “Por las condiciones del barrio, es mejor mantener a los chicos en el colegio, aprovechando al máximo su potencial en actividades académicas y culturales”, explica Amparo Ramírez, coordinadora de programas especiales en el plantel educativo.

Ramírez enumera las ganancias que se obtienen de las clases artísticas, entre ellas, la disciplina, la responsabilidad, en el sentido que los niños deben traer su respectivo uniforme para recibir la formación.

Aunque se confiesa, a veces somos “flexibles” por condiciones que escapan de las manos de los niños. Y relata cómo un día una niña lloró porque no traía su uniforme. Sus padres tuvieron un pleito. “Se acuchillaron”, rememora la docente, “y ...nadie pudo lavarle el uniforme”. Siendo así que la excepción a veces es la constante. Por eso, permitió a la estudiante tomar sus clases sin el requerido uniforme.

El bailarín profesional Luis Sierra de FEC es uno de los maestros de baile que asiste al colegio y ofrece las clases especializadas en su rama artística. Siempre son dos -en compañía de Amaya- los que deben guiar el numeroso grupo. Llevan dos meses lidiando con los nuevos estudiantes. Al principio “era complicado” dominar a los estudiantes, “nada más lograr una simple formación en filas era un problema”.

Había niñas que ponían excusas, “tengo pereza, maestra”, me decían- cuenta Ramírez, quien justifica que hay asuntos culturales con los cuales hay que pelear. “Las niñas siguen el ejemplo de la conducta en el barrio. Se tiene la errada concepción de que la mujer no hace nada”, añade.

La clase inicia con una música lenta, le indican que deben cerrar los ojos y luego vienen los ejercicios de calentamiento para estirar los músculos.

En el barrio bullicioso, la música que hasta ahora conocían estos niños era el reguetón y quizás otros géneros a todo volumen, explica María Theotisko, coordinadora del programa Enlace, en el que se intenta rescatar por medio de la danza a niños que viven en situaciones de riesgo social.

Dejarle explorar novedosas formas de arte les permite desarrollar sus habilidades sociales.

“Estos niños crecen sin saber cómo relacionarse sin usar la violencia… Ellos están en constante alerta en sus espacios habituales. De repente, en la noche, llega a su edificio la policía a hacer un allanamiento y quedan exaltados con los niveles de cortisol por las nubes. En cambio, otro niño, en otro ambiente, debe despertarse temprano solo porque tiene que ir a la escuela. Son realidades muy diferentes que influyen negativamente en el aprendizaje. Las sesiones de danza los llevan a sentirse relajados, a experimentar la meditación, con lo cual su organismo queda más receptivo para absorber el conocimiento en el resto de la jornada”, indica.

El maestro Sierra está consciente de que no están buscando hacer profesionales a los niños en la danza, aunque ello le daría orgullo. “No queremos crear artistas, sino moldear a mejores seres humanos”.

Puede creerse que tomar esta clase es muy fácil, pero en realidad se requiere de mucha concentración. “Ellos deben conectarse con su cuerpo. Aquí no se usa el lenguaje hablado sino el corporal”.

El respeto hacia el cuerpo y el del otro es otro de los aprendizajes insertos. A la hora de ejecutar la danza en conjunto se debe cuidar del otro, no golpearlo.

Se ejercita la memoria, la disociación (cómo diferenciar cuál es la derecha y la izquierda). Además de esto, es un ejercicio para los músculos y articulaciones que redunda en la salud corporal.

La danza contemporánea es tan universal que una de sus virtudes es que a diferencia del ballet los padres no se oponen a que sus hijos varones la adopten, reconoce el bailarín.

En octubre, los niños tienen una presentación final, que es apreciada por sus acudientes. Algunos, los más destacados, son integrados a la gala anual del programa Enlaces, en el teatro Anita Villalaz, con un grupo de niños bailarines -del programa intensivo desarrollado en Calicanto y dirigido artísticamente por FEC-. El año pasado 9 niños participaron de ese show.

La clase continúa en el aula máxima, atentos los estudiantes fijan sus pupilas y siguen las directrices de su profesor. Ríen, a veces se confunden, vuelven al ritmo y fluyen. Están viviendo su proceso de transformación.

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