FACEBOOK LIVE: ¿Qué quieres saber del Cepadem? Trataremos el tema desde las 2:00 p.m.

Un reflejo de la memoria

Temas:

Un reflejo de la memoria Un reflejo de la memoria
Un reflejo de la memoria

Hace un par de días fui al FNAC, en el centro de Madrid, a echar un ojo a las novedades editoriales. Madrid hervía: la riada de la gente en compras navideñas. A la salida, la vi, asombrado de su belleza, después de años.

Como si no hubiera estado nunca enferma: como si pasara por la vida de puntillas, bailarina llena de belleza, con una sonrisa abierta en el rostro, el cabello bailando a su ritmo, a su paso juvenil. Una hermosura. Me enamoré de ella cuando yo tenía 26 años: era mi alumna predilecta, un prodigio de belleza y sensibilidad, piel morena, suave de dicción, una dentadura perfecta. Y los ojos, negros, abiertos y curiosos ante el mundo. Un asombro.

Soñamos con escaparnos a París, huir del franquismo asfixiante. Volar a Barcelona, yo de incógnito, a su lado, y de ahí a París. Y ahí, en Lutecia, a pedir asilo político. Pero tenía ya dos hijos muy pequeños en mi vida y quería verlos crecer. Aguanté aquella pasión y ganas de huir de todo: me quedé. La amé y me amó. Me enseñó misterios matemáticos, músicas que desde entonces me acompañan: Leonard Cohen, por ejemplo, y su lirismo luminoso.

Nos quedábamos los dos, uno al lado del otro, escuchando la música, fumando, durante horas, encima de una alfombra, lejos del bullicio, sin apenas hablar. Duró años. Un día me sorprendió con la noticia. “Me voy”, me dijo, “tú estás casado”. Y se fue.

Después supe de su vida, lejana de mí, casada ella también. Supe de lejos que tenía dos hijos y, finalmente, casi 20 años después, supe de su divorcio, de su valentía para ser siempre una mujer libre. Me lo contó ella misma, en el pasillo urgente de un aeropuerto. Y quedamos en volver a vernos, aunque no nos vimos. Tengo para mí que nos seguimos de lejos durante años hasta que volvimos a encontrarnos. Me contó de su ataque cerebral. Me dijo que no se había olvidado nunca de nuestras músicas, de nuestra poética juvenil, de la imposibilidad de ser uno solo, yo otra vez casado, con los hijos ya mayores, yo mismo muy mayor.

Ella como si no la acechara el bicho mortal, como si nunca fuera a enfermarse. Toda la vida había sido una falsa flaca, una mujer que vestida parecía ser muy delgada, pero desnuda tenía un cuerpo perfecto, de antílope en plena pradera africana: una fotografía de la vida.

La volví a ver, pues, a la salida del FNAC, caminando entre la gente, con un abrigo negro de pelo de camello, después de cuatro años de silencio y ausencia totales, después de despedirnos como si fuera para siempre en una taberna del viejo Madrid, brindando por la eternidad en la que ya estaríamos juntos para siempre, tendidos y desnudos el uno al lado del otro, escuchando interminablemente a Leonard Cohen.

Eran unas fechas cercanas a la Navidad, como las de ahora, el tiempo pasa, corre, parece que se queda, a veces, pero se va, siempre, y todo se transforma en una materia quizás soñada alguna vez en una noche de euforia y adrenalina: una sola noche de pasión interminable.

Caminaba ausente entre el gentío, y en algún momento pensé que lo hacía a cámara lente o muy despacio para que yo la alcanzara y la saludara y la abrazara en medio del gentío, anónimos los dos al final del juego. Pero la experiencia me ha regalado un sexto sentido que me hace evitar que se rompa un hechizo en cuanto lo reconozco. Mantengo la idea de que las cosas, los episodios que nos suceden, los accidentes que nos rondan son producto de un problema y de una solución matemáticas, de una matemática que no conocemos y de ahí el misterio asombroso del recuerdo, el reflejo en la memoria, como una cicatriz del suceso que reconocemos que nos ha ocurrido y que no olvidaremos jamás.

Nunca, entonces, la olvidé, hasta que reapareció entre el gentío, esbelta, elegante, llena de vida, insoportablemente suave y cercana: alargar una mano, una sonrisa, un beso, un abrazo. La vida de nuevo. La seguí como pude durante más de media hora para cerciorarme de que, en efecto, era ella misma, joven, en carne y hueso, como si jamás se hubiera enfermado de gravedad, como si nunca hubiera sufrido un episodio cerebral, como si hubiera superado todas las pruebas de su vida infernal y allí, en su rostro se encendiera aquella sonrisa asombrosa.

La seguí como pude entre la gente, reconociéndola asombrado por tanta belleza, asustado porque en cualquier momento se rompiera el hechizo en mil pedazos.

Hipnotizado caminé como un poseso tras sus pasos, en silencio, anónimo cuerpo de memoria entre la multitud anónima, entre la masa sudorosa de los compulsivos compradores de la Navidad.

Era ella. Yo sabía que había muerto hacía cuatro años exactamente. El bicho mortal acabó destruyendo aquel hermoso cuerpo de falsa flaca. Vi su esquela en el periódico. Pero era ella, y estaba viva en mi memoria. Como un reflejo imborrable del recuerdo.

Comentarios

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Editorial por la Democracia, S.A.

Por si te lo perdiste

Última hora

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Directorio de Comercios

Loteria nacional

19 Nov 2017

Primer premio

8 0 5 6

CCAA

Serie: 13 Folio: 12

2o premio

9078

3er premio

3785

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Caricaturas

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código