Una tumba sin reposo

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Una tumba sin reposo

En los primeros meses del golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile, Carmelo Soria, ciudadano español con pasaporte diplomático, fue secuestrado por un grupo de militares.

El cadáver de Soria apareció días más tardes a las orillas del río Mapocho, dentro de su coche, con una botella de alcohol y una carta en el bolsillo donde explicaba las causas del supuesto suicidio. Lo habían asesinado.

Un grupo de la Brigada Mulchen, de la DINA, la policía secreta de Pinochet, había ejecutado al reo sin muchas contemplaciones.

Investigaciones posteriores dieron luz a la trama y se supo cada paso de los animales con uniforme que acabaron con Soria. En el mismo edificio, en el barrio de Lo Curro, donde vivían Townley (agente de la CIA) y su mujer, la escritora chilena Mariana Calleja, dieron fin a la vida de Soria luego de romperle el cuello.

En la casa de los Townley se celebraban con frecuencia, mientras en los bajos se torturaba y mataba a ciudadanos chilenos, tenidas literarias a las que asistía todo el Santiago intelectual, tal vez ignorando que la banalidad del mal se tomaba por su cuenta la vida y hacienda de otros chilenos ansiosos de libertad.

Roberto Bolaño escribió sobre este asunto en Nocturno de Chile.

En mi caso, durante un par de años seguí la pista del caso, me entrevisté con mucha gente, me hice con la causa judicial (con una copia, claro) y escribí una novela (un relato de ficción a partir de la realidad criminal) titulada Al sur de la resurrección.

También durante mucho tiempo, se habló por parte de la justicia chilena de cerrar el caso, aunque el asesino no hubiera pagado sus culpas mayores. Los vaivenes del tiempo sacaron del ostracismo más de una vez el caso Soria y, cuando ya pensábamos que todo estaba muerto y en reposo, ahora mismo la justicia chilena reabre el asunto.

La de Carmelo Soria es una tumba sin reposo, sin sosiego, sin descanso.

Una alianza casi secreta, pero visible hace que el asunto venga una vez más a los juzgados, a la búsqueda -espero que definitiva- de la culpabilidad del criminal.

Una vez lo vimos Carmen Soria, Jorge Edwards y yo en una marisquería de Santiago que luego fue destruida por un incendio. “Ahí se ve la cabecita de un asesino”, dijo Edwards.

Carmen Soria lo miró: él estaba de espaldas, pero la hija del asesinado lo reconoció. “En los juicios, nunca le quité los ojos de encima. Nunca me mantuvo la mirada. Me conozco su rostro de memoria”, dijo.

Ahora que los chilenos viven desde hace años en democracia y que una justicia, lenta pero segura, vuelve al caso Soria, he vuelto yo a leer algunos de los episodios de mi novela Al sur de la resurrección, poco leída incluso en Chile. Pero ahí está en mi biblioteca y en la de algunos de los pocos lectores que tengo en el mundo hispano y en España.

Hace algunos años que no voy a Chile, donde siempre me encuentro con amigos y, al hablar, se renuevan los humos de aquel caso que después de décadas sigue vivo entre las manos de un juez que no descansa.

¿Qué sabemos del asesino? No podemos tranquilizarnos diciendo que los culpables han pagado. El criminal, aquel que con sus manos le arrancó del cuello la vida a Carmelo Soria, anda suelto, todo el mundo lo conoce y ahora es el momento de dar con sus huesos en la cárcel.

Ya no es el joven teniente del ejército chileno que se lanzó a la calle como un tigre rabioso, como una hiena insaciable, a matar a quienes no pensaban como él y la dictadura.

Ahora será ya un hombre mayor, un viejo que entra en la senectud y que lleva sobre su conciencia el caso Soria, su muerte y su tumba sin reposo.

Será un abuelito querido para sus nietos y un gran ciudadano que goza de las libertades de la democracia que cercenó Pinochet en 1973. ¿Tiene nombre el asesino? Lo tiene, todo el mundo en Chile lo sabe. Estas son sus iniciales: G.S.

No es la primera vez que lo publico ni será la última. Entre otras cosas porque también en la conciencia de ese asesino hay una novela, tal vez no la novela del arrepentimiento, sino la de un tipo que ha cargado toda su vida con el silencio de un asesinato que todos conocemos.

¿Lo conoce también el juez que ahora quiere reabrir el caso? Carmen Soria, la hija del asesinado, no ha dejado en ningún momento que el crimen cometido en la persona de su padre pase al olvido. Es una luchadora incansable. Una luchadora que no se dará nunca por vencida, hasta que G.S. pase sus culpas.

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