PROSA PROFANA

Las vacas pastan en la ruta del gran canal

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Daniel Ortega, presidente de Nicaragua. Daniel Ortega, presidente de Nicaragua.
Daniel Ortega, presidente de Nicaragua. Archivo

Bernard-Henri Lévy señala entre las características principales de los regímenes populistas “la promesa de los milagros”. Nunca se cumplen.

El Gran Canal de Nicaragua es un ejemplo cabal. Pero también lo es de ese sorprendente concepto de “hecho alternativo”, ideado muy a principios de la administración del presidente estadounidense Donald Trump por la asesora de la Casa Blanca, Kellyanne Conway. El hecho alternativo no es más que una mentira disfrazada de verdad, o que sustituye a la verdad.

Desde el siglo XIX, el Gran Canal ha sido parte del imaginario nicaragüense, y revivirlo es alentar las esperanzas de la gente que divisa una puerta mágica para salir de la miseria y el atraso. Fabricar un espejismo es hacerse de un arma política.

Es lo que hoy se llama “posverdad” o “mentira emotiva”, otro sorprendente concepto según el cual, para dirigir a la opinión pública hacia el sentido que el poder desea, o necesita, hay que apelar a las emociones y a las creencias personales que vienen a ejercer mayor influencia en las mentes que los propios hechos.

Hace pocas semanas el gobierno emitió el “Libro Blanco sobre el proyecto del Gran Canal Interoceánico de Nicaragua”, un catálogo completo de posverdades.

En ese documento oficial se pone sello al hecho alternativo de que las obras de construcción se dieron por inauguradas el 22 de diciembre de 2014. Un “libro blanco” para un inexistente “elefante blanco” de 50 mil millones de dólares.

La ceremonia de arranque se celebró en el escenario virtual de una finca ganadera cerca de la desembocadura del río Brito, sitio escogido como salida del canal al océano Pacífico, y vecino al lugar destinado a uno de los juegos de esclusas que, según el guion, darán paso a los buques de 400,000 toneladas de peso.

MENTIRA COLOSAL

A comienzos del año 2020 los primeros barcos deberán estar pasando por allí, pues el canal, flagrante “hecho alternativo”, estará construido en un plazo milagroso de apenas seis años, con legiones de chinos a cargo de los aspectos técnicos de la obra, y 50 mil obreros nicaragüenses ganando salarios nunca vistos. Hasta hoy, todos fantasmas.

Se anunció que el producto interno bruto crecería, solo en los primeros años, entre el 10% y el 14% anual. Pero esos primeros años de construcción, que ya debieron haber transcurrido, se disuelven en la bruma de una mentira colosal.

Se anunciaron también cambios drásticos en los planes de estudios universitarios, que deberían incluir el chino mandarín y nuevas carreras técnicas, hidrología, ingeniería náutica.

La agricultura debía orientarse a producir los alimentos preferidos por los chinos. En aquella ceremonia inaugural de las obras estuvo presente Wang Ying, un empresario de comunicaciones de Pekín, dueño único de la concesión del canal.

Se calzó el casco amarillo de protección y subió a la primera de las retroexcavadoras en fila, listas para empezar a abrir la gran zanja que partiría en dos a Nicaragua.

En ese mismo plazo de seis años, que ya pronto se vence, se hallarían funcionando también un oleoducto, un ferrocarril interoceánico de alta velocidad, una autopista de costa a costa, un megaaeropuerto, un puerto automatizado en cada extremo del canal, nuevas ciudades, complejos de turismo.

El tratado Ortega-Wang Ying da a la concesión una duración de 100 años. Y Nicaragua renuncia a la soberanía sobre los territorios concedidos al canal a favor de HKND, la compañía inscrita en Gran Caimán, propiedad exclusiva de Wang Ying.

Este personaje, hecho alternativo él mismo, ideó la fantasía de sacar a bolsa las acciones de HKND para reunir los 50 mil millones de dólares del costo del canal. Pero las acciones de Xinwei, su empresa de telecomunicaciones, sufrieron una caída del 57% y su fortuna personal se derrumbó. Una verdad de las de antes.

Lo que aquellas máquinas de Wang Ying hicieron en la finca de Miramar fue remozar un viejo camino rural de seis kilómetros de largo hasta la costa.

Otra vez abandonado, es imposible de transitar en la época de lluvias. Unas cuantas vacas pastan allí donde hoy deberían estarse construyendo a ritmo febril las esclusas.

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