voto con el futuro europeo de fondo

Alemania: la elección y los dilemas

Los alemanes acuden a las urnas satisfechos con la labor de Angela Merkel. Su tercer mandato, sin embargo, traerá desafíos más profundos.

Durante buena parte de su vida, Mark Twain tuvo una tormentosa relación con el idioma alemán. “Mis estudios filológicos indican –escribió en 1880– que una persona con talento debe aprender inglés en 30 horas [...], francés en 30 días y alemán en 30 años”. Por eso, concluyó, “este último debería ser dejado de lado, junto con las demás lenguas muertas, pues solo los muertos tienen el tiempo para aprenderlo”.

Al genial escritor estadounidense lo traía de cabeza la morfología alemana, con sus palabras “tan largas que tienen perspectivas propias” y que asemejaban más bien “procesiones alfabéticas”. Una de esas palabras, fingerspitzengefühl (literalmente, sensación de la punta de los dedos), se antoja clave para entender los eventos que ocurrirán a partir de hoy en Alemania, y que, salvo sorpresa, terminarán con la formación de un nuevo gobierno liderado, nuevamente, por Angela Merkel.

La ´madre´ que revolucionó Alemania

En el ámbito militar, fingerspitzengefühl hace referencia a un tipo especial de intuición –la que poseía el mariscal de campo Erwin Rommel, quien popularizó el concepto– que permite a ciertos comandantes analizar la situación y tomar decisiones estratégicas al calor de la batalla. Hoy, Alemania le dará la oportunidad a Merkel de ser su canciller –y la mujer más poderosa del mundo– por tercera vez en gran parte gracias a su particular fingerspitzengefühl: la habilidad de acostumbrar gradualmente a su pueblo a las nuevas realidades, y a saber cuándo están listos para aceptar más. Una habilidad, además, basada en el profundo sentido de identificación que despierta entre los alemanes, que han comenzado a llamarla Mutti (“mami”). Merkel, dijo el biógrafo Raph Bollmann, “encaja en el cliché que tenemos de nosotros mismos: frugales, serios, extraños y un poco toscos”.

Merkel, que vivió sus primeros 36 años en la Alemania comunista (DDR), no es una política convencional. Con su estilo sobrio y discreto, y su lenguaje que –según el historiador Timothy Garton Ash– “junta frases prefabricadas hechas de plástico vacío”, la canciller ha ido ajustándose a las realidades de la sociedad alemana y no lo contrario. Víctor Hugo dijo que nada es más poderoso que una idea a la que le ha llegado su momento. La gestión de Merkel, desde 2005, puede ser vista como una magistral interpretación de esa frase.

La maleabilidad política de Merkel es clave para entender su impacto en el universo político alemán. La canciller pertenece a la Unión Cristiana Democrática (CDU), el partido conservador por excelencia, fundado y liderado por dos décadas por Konrad Adenauer. En 1998, con solo 44 años y apenas 8 de membresía en el CDU, Merkel –que siendo mujer, oriental (Ossi), protestante y científica de profesión, representaba la antítesis del conservadurismo alemán– asumió el control del partido.

Desde entonces, Alemania ha visto cómo el Titanic conservador ha ido moviéndose lenta pero inexorablemente hacia el centro político. En concreto, el CDU ha ido “robándole” una idea tras otra al Partido Socialdemócrata (SPD) y otros componentes de la centroizquierda alemana, una táctica que algunos han llamado “Merkelvelismo” (recordando a Maquiavelo).

La lista es larga, pero quizás el mejor ejemplo sea el rechazo de la energía nuclear tras el desastre de Fukushima en 2011. La “revolución” de Merkel ha reflejado (o liderado) a su vez un giro hacia la izquierda de todo el espectro político alemán, constatado en un reciente estudio del Centro de Investigación Social de Berlín (WZB).

Steinbrück y las posibles alianzas

Pero no todo es perfecto en el paraíso de Merkel. Su estrategia política, llamada por sus propios consultores “desmovilización asimétrica” –lograr desmotivar a más votantes opositores que propios– ha sido criticada por personalidades como Jürgen Habermas, el filósofo más importante del país, que ve en la canciller “un personaje público sin núcleo normativo”, cuyos pasos están “subordinados al oportunismo de la conservación del poder”. Además, se ha apuntado, las tácticas políticas de Merkel son solamente posibles por la ausencia de partidos de extrema derecha en Alemania (por razones obvias), algo que sí ocurre en el resto del continente europeo.

Sea un ejercicio de cinismo político o un magistral despliegue de fingerspitzengefühl, el “Merkelvelismo” ha marcado los últimos años de la política alemana. Y las encuestas no dejan lugar a dudas. La reciente Transatlantic Trends –una macroencuesta hecha en 12 países europeos y Estados Unidos (EU)– indica que la mayoría de los alemanes está satisfecha con las políticas gubernamentales en materia económica (56%), de inmigración (54%) y con el manejo de la crisis de la eurozona (64%).

“La política alemana podrá ser aburrida –editorializó el semanario Die Zeit– pero, ¿qué queremos, estar como Grecia? Rara vez en su historia democrática los alemanes han disfrutado de una situación tan afortunada”. El resto hace lo que puede.

El principal oponente de Merkel es Peer Steinbrück, candidato del SPD y exministro de Economía (2005-2009). En su equipo, es probable que muchos se alegren del final de una campaña llena de metidas de pata y que habla volúmenes del pobre presente de un partido que, a lo largo de sus 150 años, luchó contra los nazis y produjo figuras de la talla de Willy Brandt o Gerhard Schröder.

Steinbrück fue un pésimo candidato. A pesar del buen sabor de boca dejado como ministro –se considera que hizo un excelente trabajo durante la crisis de 2008–, una reciente encuesta le da el 26% de preferencia frente al 53% de Merkel. Pero Alemania tiene un sistema parlamentario, por lo que ni su nombre ni el de Merkel aparecerán hoy en las papeletas. Los alemanes (62 millones de electores) votarán por el CDU, el SPD o una serie de partidos menores que tendrán que sentarse a negociar una coalición que les permita sumar el 46% de los votos necesario para gobernar.

Al día de hoy, las encuestas sugieren que ninguno de los dos gigantes podrá formar una coalición con sus aliados actuales. Al CDU (39%) no le alcanza con los seis puntos que le aportarían los Demócratas Libres (FDP). Y el SPD (26%) solo podría alcanzar el número mágico en una gran coalición de izquierdas, que incluiría a los Verdes (11%) y –aquí viene el problema– el partido de extrema izquierda (llamado “La Izquierda”, con orígenes en la DDR), que cuenta con 9%. Dado que la relación entre el CDU y el FDP es cada vez más difícil, y que el SPD y los Verdes se niegan a pactar con “La Izquierda”, en los últimos días han ido creciendo los rumores de una “gran coalición” entre el CDU y el SPD (Steinbrück lo ha negado), como ya ocurriera –con buenos resultados– en los comicios de 2005.

desafíos del próximo Canciller

La compleja relación entre Alemania y el resto de Europa está en el centro de todos los problemas y dilemas que tendrá que enfrentar el próximo canciller. Para muchos, la eurozona depende de la prosperidad alemana. Pero la relación va también en sentido contrario: el 52% del PIB alemán proviene de exportaciones, que en su mayoría van al resto del continente europeo.

Esto le ha presentado dos problemas a Alemania. Por el lado doméstico, Berlín ha intentado manejar la crisis europea diversificando sus destinos de exportación (a EU y Asia, principalmente). La táctica funcionó, pero solo parcialmente: el PIB alemán creció apenas 0.9% en 2012 –de 4% en 2010– y se espera que esa cifra sea del 0.3% para este año, lo que se traducirá en más desempleo.

En esas circunstancias, Alemania podría intentar aumentar la demanda interna –subiendo los salarios, por ejemplo– para reducir su dependencia de los problemas europeos. Pero cualquier medida en esa dirección disminuiría la competitividad de sus exportaciones, una línea roja.

El problema se hace aún más grave considerando el panorama energético, en el que el Energiewende –el giro hacia energías renovables, iniciado en 2011– no solo ha aumentado los precios –afectando la competitividad– sino que ha incrementado la dependencia de Rusia (incidiendo en la integración europea). El panorama es complicado y una de las pocas salidas factibles es la formulación de políticas para atraer inmigración cualificada –aumentando la fuerza laboral sin disminuir la competitividad–, algo que se espera sea una prioridad del próximo gobierno.

El segundo dilema es el más profundo de todos. En la actualidad, la clase política alemana acepta que tendrá que continuar asistiendo financieramente a los países en crisis y Berlín está a la espera de una serie de decisiones de su Corte Constitucional que le permitirían ser aún más proactivo en ese rol. Fuera de eso, el futuro a corto plazo pasa por la capacidad alemana de mantener a los países norteños ricos en línea con esa estrategia (ayuda financiera a cambio de “austeridad”) y, sobre todo, de la relación con Francia, la verdadera base del proyecto europeo.

La ´cuestión alemana´

El problema alemán, y europeo, es que esa estrategia no funciona. Más allá de la sostenibilidad de los estados de bienestar que definen la Europa post 1945 –un tema que poco a poco coge fuerza–, el problema europeo se revela cada vez más como el de una integración hecha a medias.

Europa, como proyecto, necesita integrarse más si quiere sobrevivir. Y para eso necesita el liderazgo alemán. Pero en Alemania no se habla de eso. De hecho, la campaña ha girado en torno a banalidades, algo que Habermas llamó “el gran fracaso histórico de las élites políticas alemanas”.

Alemania tiene un miedo comprensible de liderar. Desde su unificación en 1871, la “cuestión alemana” –la centralidad y dimensiones geográficas, demográficas y económicas del país– es el mayor problema de Europa: un ciclo de crecimiento, dominio y destrucción que ha costado dos guerras mundiales y millones de vidas. Alemania, dijo Henry Kissinger, es “demasiado grande para Europa, pero demasiado pequeña para el mundo”. Su tensión, escribió Thomas Mann, “es entre una Alemania europea o una Europa alemana”.

Pocos esperan que Merkel haga algo para resolver la última iteración de la “cuestión alemana”. “Por primera vez tengo más miedo de la inacción de Alemania que de su poder”, dijo célebremente Radoslaw Sikorski, ministro de Relaciones Exteriores polaco, en 2011. El tiempo, sin embargo, parece acabarse: el sur de Europa sufre las miserias de la austeridad y, aún peor, ya cree que Berlín intenta dominar el continente. Los alemanes, que no creen dominar a nadie, ven aumentar la animosidad contra ellos y disminuir su propia prosperidad.

Haga lo que haga, Alemania pierde: si pone el dinero con condiciones, se gana la enemistad europea. Si quita las condiciones, comete un suicidio político en casa. Y si deja de ponerlo echa por la borda la base que sostiene su economía y que mantiene alejados a los fantasmas del pasado.

Irónicamente, la receta para la unificación europea puede hallarse en la propia experiencia alemana tras las Guerras Napoleónicas. Esa unificación fue liderada por Prusia y motivada por la supervivencia de los restos del Sacro Imperio Romano Germánico en la nueva Europa de las naciones-Estado.

Alemania, por ahora, se rehúsa a jugar el rol de Prusia y al parecer la necesidad de supervivencia aún no se ha instalado en la psique continental. Pero aunque ambas condiciones se den, faltarán un par de cosas: primero, Angela Merkel, con todo su fingerspitzengefühl, no es (ni puede ser) Otto von Bismarck.

Y Europa, desafortunadamente, no tiene la unidad lingüística que sí tenían los herederos de Carlomagno, que formaron una nación en torno a lo que Mark Twain llamó “el horrible idioma alemán”.

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