25 años de la caída del Muro de Berlín

Alemania: la reunificación y los muros

Aunque la atención se centrará hoy sobre lo ocurrido en 1989, lo verdaderamente importante es la gradual desaparición del trauma posguerra alemán.

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Alemania celebra hoy el 25 aniversario de la caída del Muro de Berlín. Los actos conmemorativos, que contarán con la presencia de la canciller Ángela Merkel y figuras históricas como el expresidente polaco Lech Walesa y el exlíder soviético Mikhail Gorbachev, culminarán cuando los 8 mil globos iluminados que desde el viernes adornan la ciudad –formando una “frontera de luz” a lo largo del antiguo recorrido del muro– sean soltados para perderse en la noche berlinesa al compás de la “Oda a la Alegría”, el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. Se esperan unos 100 mil visitantes durante el fin de semana y una gran cantidad de recuerdos de la República Democrática Alemana (DDR), el ente político cuya desaparición dio paso a la reunificación teutona.

La ocasión es tan especial que ni la huelga de conductores de trenes que continúa paralizando al país –la más larga del sector en 180 años y que podría costarle al Estado alemán unos $125 mil millones diarios– parece poder empañar su trascendencia.

El muro: auge...

La historia del muro que dividió Berlín por casi 5 décadas es tan fascinante como incomprendida. Tras la derrota alemana en 1945, el país fue dividido en cuatro zonas de ocupación aliada que se consolidaron en dos Estados distintos para 1949: la DDR, a partir del área soviética, y la República Federal Alemana (BRD), fusión de las áreas estadounidense, británica y francesa. La ciudad de Berlín, capital de Alemania desde su unificación en 1871, fue partida bajo el mismo criterio, por lo que pasó a ser la única ciudad físicamente dividida entre ambos países.

Berlín, sin embargo, tenía una particularidad: estaba considerablemente al este de la frontera, lo que convertía a la mitad occidental de la ciudad en un enclave extranjero en plena capital de la DDR (la capital de la BRD se ubicó en Bonn). Esta circunstancia comenzó a hacerse relevante a medida que las relaciones entre ambas naciones se fueron deteriorando (siguiendo, por supuesto, la dinámica entre Washington y Moscú). Los soviéticos cerraron la frontera interalemana en 1952, por lo que Berlín oeste se convirtió en la única vía de escape posible para los ossis –como se conoce a los alemanes orientales– que deseaban abandonar el país.

Ante este problema, el líder de la DDR, Walter Ulbricht le propuso a su homólogo soviético, Nikita Kruschev, bloquear el acceso de sus ciudadanos a Berlín oeste.

En el Kremlin, sin embargo, descartaron la idea, principalmente por las consecuencias a nivel de imagen. Además, añadieron, era técnicamente imposible.

Los líderes de la DDR pasaron ocho años intentando convencer a Moscú. Para el verano de 1961, cuando más de mil ossis abandonaban el país a diario vía Berlín oeste, Kruschev dio la luz verde. Ulbricht, que llevaba años preparándose para ello, selló la capital a velocidad relámpago. El 13 de agosto se erigió el “Muro de Protección Antifascista”, dos estructuras paralelas de 3.6 metros de alto, separadas por 150 metros de una “franja de la muerte” llena de trincheras y otras defensas, recorriendo los 155 kilómetros del perímetro de la parte oeste de Berlín. Para muchos, el levantamiento del muro fue el último acto de la Segunda Guerra Mundial.

... y caída

El muro permanecería en pie por los siguientes 28 años. Su caída –más bien su apertura–, el 11 de noviembre de 1989, fue producto de dos factores principales: la formación de movimientos pacíficos de reforma en varios países del Pacto de Varsovia y la actitud soviética ante ello. El terremoto comenzó a gestarse en 1978, cuando la Iglesia católica eligió como papa a Karol Wojtyla, el obispo de Cracovia. La irrupción de Juan Pablo II en el panorama global dio un enorme impulso al nacionalismo polaco y fue clave para la formación, en 1980, del sindicato-movimiento Solidaridad, liderado por Lech Walesa.

En cierta manera, la trascendencia de Solidaridad se encuentra en el hecho de que su ascenso coincidió con el fin de la llamada Doctrina Brezhnev, por la cual la URSS se reservaba el derecho a intervenir en los países del pacto de Varsovia, y que fue aplicada en lugares como Hungría (1956), Checoslovaquia (1968) e incluso Afganistán (1979).

Fue precisamente el fracaso de esta última invasión, unida a la ya evidente necesidad de reformar el sistema soviético, lo que llevó a Moscú a abstenerse de intervenir en la crisis polaca de 1980-81, asociada con el ascenso de Walesa y compañía. Cuando Mikhail Gorbachev asumió el liderazgo de la URSS, en 1985, el mensaje ya era oficial: los satélites soviéticos tendrían que lidiar con sus propios problemas.

Así llegó el verano de 1989, en el que ocurrieron tres cosas fundamentales para el destino del muro. El 4 junio, el Gobierno chino reprimió brutalmente las protestas en la Plaza Tiananmen de Beijing. Dos semanas después, Polonia escogió a su primer gobierno no comunista en 40 años, liderado por Walesa. Y a finales de mes, el Gobierno húngaro abrió la frontera con Austria, rompiendo el Telón de Acero y dejando obsoleto al Muro de Berlín.

La atención, ahora, estaba puesta sobre la DDR. Su sociedad –espoleada por los acontecimientos en Polonia y Hungría, y harta de la casi absoluta intromisión del Estado en todos los aspectos de la vida– había llegado al punto de ebullición. Sus líderes –ahuyentados por los fanstasmas de Tiananmen y desesperados por la indiferencia de Moscú– carecían de opciones viables. Tras meses de protestas y convulsión a lo interno del Gobierno, la DDR intentó rebajar las tensiones anunciando una relajación de sus restricciones de viaje.

La nueva legislación estipulaba que los ossis podrían solicitar, libremente, visas. Sin embargo, el portavoz gubernamental, Günter Schabowski, acudió casi sin preparación a la conferencia de prensa en la que se anunciarían las nuevas medidas. Era el 9 de noviembre de 1989.

Tras dar a entender que los ossis podrían cruzar el muro libremente –y no tras obtener un visado–, Schabowski, ante la pregunta de un periodista italiano, añadió que la nueva ley tendría efecto “inmediatamente”.

Toda la DDR estaba viendo la conferencia de prensa por televisión, y todos entendieron lo mismo.

En cuestión de horas, miles de berlineses acudieron a los puntos de control, exigiendo que se les permitiese cruzar. Los guardias, por supuesto, no tenían órdenes nuevas. Uno de ellos, Harald Jäger, llamaba sin cesar a sus superiores para que le ayudasen a manejar la creciente turba de ossis. Había tenido un día duro: llevaba 12 horas en su puesto y, al día siguiente, esperaba los resultados de un examen de diagnóstico de cáncer. Cuando finalmente logró contactarse con sus superiores, escuchó cómo estos lo insultaban, sin darse cuenta de que la línea estaba abierta.

Y así sucedió. Sobre las 11:30 pm, cientos de berlineses comenzaron a cruzar hacia el oeste por el puesto de la calle Bornholmer. Poco después se convirtieron en miles, cuando los demás guardias siguieron el ejemplo de Jäger.

En ese momento, muchos recordaron a los cientos –entre 156 y 300– de compatriotas que murieron intentando hacer ese mismo recorrido, y los 5 mil que arriesgaron su vida para poder cruzar desde 1961.

En las semanas siguientes, las autoridades de la DDR comenzaron a remover pedazos del muro para crear más puntos de cruce. La demolición oficial no comenzó hasta el verano. Tomó casi 2 años quitar todas las fortificaciones alrededor de Berlín, y 4 años desmantelarlas a lo largo de los casi mil 400 kilómetros de frontera interalemana. Al día de hoy, poco menos de 2 kilómetros de muro permanecen en Berlín. El resto se encuentra repartido por el mundo, de Estados Unidos a China, pasando por Sudáfrica.

Alemania reunificada

Con el muro cayó la DDR. Las elecciones de marzo de 1990 allanaron el camino a la reunificación alemana, que se produjo el 3 de octubre de ese año. Sin embargo, lo que hoy parece inevitable era apenas una posibilidad hace cinco lustros.

Como escribió Luis Donce en El País, “a un lado y otro de la frontera había mucha gente que no deseaba un solo país. Unos pensaban que el horror del nazismo invalidaba la existencia de una Alemania unida y fuerte, otros temían los costos de la reunificación y en el este muchos preferían una [DDR] reformada que no fuera absorbida por Occidente”.

A nivel internacional, líderes importantes –Margaret Thatcher, por ejemplo– consideraban un error que se permitiese la reintroducción geopolítica del país que provocó las dos guerras mundiales. Sin embargo, ni George H. W. Bush –que evitó el triunfalismo para no provocar a los soviéticos– ni Mikhail Gorbachev –que creía que el liberalismo era compatible con el sistema soviético– contemplaban la posibilidad de que la división continuase. Tras 45 años de separación, Alemania volvía a ser una, y pasó a formar parte de la arquitectura económica, política y militar del mundo “occidental” (léase proestadounidense).

El aniversario de la caída del muro ha traído una oportunidad para reflexionar sobre el Estado de la Bundesrepublik alemana tras un cuarto de siglo de reunificación. A lo interno, tras un gasto que se calcula en 2.5 billones –millones de millones– de dólares, el saldo parece ser exitoso, aunque claramente el proyecto reunificador continúa inacabado.

Por un lado, el este se ha visto muy beneficiado, con la expectativa de vida aumentando de 77 a 83 años para mujeres y de 69 a 77 años para los hombres. Por otro, es innegable que aún existen grandes diferencias entre ambas mitades: los estragos del shock capitalista hacen que la capacidad económica del este sea el 66% de la del oeste, lo que se traduce en una diferencia considerable de ingresos y mayores niveles de desempleo. El este, prueban algunos estudios, es más agresivo con los extranjeros y aún sufre por los fantasmas del neonazismo. A pesar de estos problemas, el 75% de los alemanes del este considera la reunificación como un éxito. Curiosamente, solo el 50% de sus compatriotas del oeste están de acuerdo. Como se decía tras la caída del muro, “in den köpfen steht die mauer noch”: el muro permanece en la mente.

Más crucial aún es el estado de Alemania en el mundo, algo que está inextricablemente ligado a su posición en el continente europeo. Básicamente, los riesgos de la reunificación alemana serían mitigados por la integración del país en una serie de estructuras internacionales –principalmente la Unión Europea (UE) y la OTAN– en las que se le permitiría dar rienda suelta a su capacidad productiva sin que eso acarrease –como lo ha hecho desde 1871– una expansión política y militar que provocase una conflagración internacional. Esto acarreaba una especie de reparto de poderes a nivel europeo: Alemania sería el motor económico del continente mientras que Francia –vencedor de la guerra pero incapaz de competir económicamente con los alemanes– retendría el control diplomático, político y militar. Todo lo anterior estaría, por supuesto, subordinado a la voluntad de Washington.

Con una Alemania aún demasiado traumatizada para siquiera expresar sus posiciones internacionales, Europa se definió como una potencia económica e intentó cuadrar el círculo: una serie de Estados soberanos integrados económicamente.

El arreglo funcionó por varias décadas, las de las vacas gordas. Ahora, cuando asoman las vacas flacas, Alemania y Europa están ante su Rubicón: ambos quieren mantener la Unión –sobre todo Berlín, para quien representa una zona libre para sus exportaciones–, pero Alemania no quiere rescatar a nadie sin tener poder de decisión en sus presupuestos, y los demás Estados no quieren ceder su soberanía a cambio de rescates económicos. Ambos, en definitiva, se enfrentan a la imposibilidad de armonizar soberanía y unión, y nadie quiere ceder. Y así, el mayor miedo de todos, el de una Europa nuevamente fragmentada, comienza a tomar forma de otra vez.

En medio de todo esto, otro muro –aún más importante– ha ido cayendo: el muro del trauma alemán. A medida que avanza el tiempo, son cada vez más los alemanes que no tienen experiencias directas de la Segunda Guerra Mundial y cada vez más los nacidos en una Alemania unificada. Las señales están ahí: la organización del Mundial de fútbol en 2006, y la victoria de su selección hace unos meses en el ídem de Brasil, han supuesto las primeras oportunidades en décadas en las que los teutones han celebrado sin complejos su orgullo nacional.

A ellas se le suma la celebración de hoy, que en otro momento encontró un público mucho más ambivalente. Pero ya no. Alemania celebrará hoy como lo que es, una potencia que cada día se siente más fuerte y segura, y cuyo (re)ascenso al estrellato internacional traerá consecuencias importantísimas para todos.

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