REVOLUCIÓN EGIPCIA

Decepción deriva en violencia

El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas rechazó ayer la renuncia del gobierno del primer ministro Esam Sharaf.

Las primeras elecciones parlamentarias desde la salida del presidente Hosni Mubarak debían ser una fiesta de la democracia en Egipto, pero más bien parece que el país está de luto.

A una semana de los previstos comicios, vuelve a correr la sangre en la plaza Tahrir de El Cairo, escenario de las protestas que acabaron con Mubarak.

El gobierno de transición liderado por el primer ministro Essam Sharaf presentó ayer lunes su renuncia luego de ofrecer pocas respuestas a las demandas populares en los últimos meses.

La última palabra, sin embargo, estará como siempre en manos de los militares, que no parecen dispuestos a ceder los privilegios de los últimos 50 años. Por ese motivo, el movimiento que protagonizó las protestas que culminaron con el derrocamiento de Mubarak en Egipto se siente engañado en su “revolución”; y su nuevo enemigo ahora es el mariscal Mohammed Hussein Tantawi, que preside el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas que gobierna el país.

Los militares, ensalzados por los jóvenes protagonistas de la revolución en invierno como héroes, se han convertido en el enemigo. “El pueblo quiere la caída del mariscal”, exigían los manifestantes. Tantawi es para ellos el nuevo Mubarak.

Los únicos que mantienen la cabeza fría en medio del caos son los islamistas. Y es que los Hermanos Musulmanes y su posible socio de coalición –los radicales islamistas del movimiento salafista y de la Gamaat Islamiya– tienen dos objetivos concretos por los que luchan con determinación.

Por un lado, quieren ser la fracción más fuerte del Parlamento para influir en la redacción de la nueva Constitución. Por el otro, quieren evitar que el gobierno de transición instituido por los militares predetermine las bases de esa Carta Magna, que constituirían un obstáculo a sus planes para la islamización del Estado.

Por ello y porque la cúpula militar aún no estableció una fecha fija para las elecciones presidenciales, sus seguidores se manifiestan desde el viernes en la plaza Tahrir, donde comenzó la revolución del 25 de enero.

Los islamistas aparecieron en gran número. Y junto a ellos, algunos seguidores de izquierda y liberales criticaron también las líneas constitucionales formuladas por el vicejefe de gobierno, Ali al Selmi, aunque por motivos bien distintos.

Casi todos los partidos políticos de Egipto criticaron el llamado “comunicado Selmi” que garantiza al ejército una amplia autonomía y las funciones de aprobar y administrar el presupuesto independientemente del Gobierno, así como un papel decisivo en el proceso político hasta la elección de un nuevo presidente. Además, prevé que sólo 20 de los 100 miembros de la comisión constitucional procedan de los representantes elegidos democráticamente.

Los otros 80 serían expertos en parte procedentes de las instituciones estatales.

Lo que no rechazan todos los partidos es la segunda parte de las bases constitucionales que fijan que todo ciudadano tiene derechos, ya sean mujeres, cristianos o miembros de las minorías étnicas. Además, fija la libertad de opinión y expresión y otros derechos civiles como pilares básicos.

“Todo lo que tiene que ver con el ejército es rechazable, lo que no significa que todo el documento sea malo”, afirma Wael Abed, candidato independiente al Parlamento en el distrito central de El Cairo. Abed propone negociar sobre el borrador de las bases constitucionales.

“Por ejemplo, son buenos los párrafos que tratan del estado de derecho” y no de un Estado gobernado por militares o líderes religiosos, añade el candidato. Por ello simpatiza con los manifestantes en la plaza Tahrir, situada cerca de su distrito electoral.

El candidato interrumpió su campaña en protesta por la violencia empleada por las fuerzas de seguridad contra los manifestantes.

“El hecho de que Al Selmi desatara este debate que provocó la división y disturbios fue un gran error, tendría que haber esperado hasta después de las elecciones”, critica el politólogo egipcio Abdel Moneim Said.

Al contrario de muchos egipcios que quieren ir a votar por primera vez, no tiene grandes esperanzas. “Las elecciones por sí solas no suponen que haya democracia”, asegura. “El pueblo egipcio debe aprender la democracia despacio”.

En un comentario titulado “No necesitamos un califato”, ya explicó a finales de septiembre que lo mejor que podría alcanzar Egipto en la fase actual sería quizá un Estado al modelo turco. Pero en el peor de los casos, opina, Egipto será testigo del nacimiento de un Estado al modelo iraní.

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