islamismo, yihadismo, insurgencia y terrorismo

Desenredando la ´yihad´

La manera como entendemos Oriente Medio está ligada a la comprensión de conceptos fundamentales que suelen ser minimizados o ignorados.

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“La verdad”, escribió J. D. Salinger en El guardian entre el centeno, “es que no hay nada como decir algo que nadie entienda para que todos hagan lo que te dé la gana”. A pesar de aparecer en un libro de ficción, la observación es tan o más válida para el aquí y el ahora, especialmente en el ámbito del periodismo internacional. La complejidad inherente a un planeta habitado por 7 mil millones de almas pertenecientes a innumerables grupos étnicos, históricos, lingüísticos, religiosos, ideológicos, políticos y económicos es un caldo de cultivo perfecto para las generalizaciones, ambigüedades, confusiones y malentendidos que, difundidos ad infinitum en prensa, radio, televisión e internet, pueden terminar siendo más dañinos que las diferencias intrahumanas en sí.

En ningún lugar del mundo es esto tan cierto como en Oriente Medio, y la actual crisis en Irak y Siria representa una excelente oportunidad para profundizar en ello. El viernes, por ejemplo, el diario español El País hablaba en su web de “los yihadistas del Estado Islámico de Irak y el Levante”, para luego referirse a ellos, un par de líneas más abajo, como un “grupo terrorista”. La idea, por supuesto, no es señalar a nadie –existen argumentos más que razonables para justificar el uso de ambos términos– sino ilustrar la facilidad con la que ciertos conceptos entran en nuestras mentes, y la intercambiabilidad que parecen obtener una vez instalados allí. Irónicamente, la misma tecnología que nos permite saber casi en tiempo real lo que ocurre en Irak nos condena a una cultura en la que los contextos y las definiciones son minimizados o directamente ignorados. La tragedia es que, sin esos contextos, es imposible entender realmente lo que sucede. Solo nos queda hacer lo que les da la gana a aquellos que nos dicen lo que no podemos entender.

Islamismo y yihadismo

Quizá el mejor punto de partida sea la relación entre el Islam y la organización de una sociedad. Aquellos que creen que la ley islámica –o sharia, derivada de El Corán y del ejemplo (sunnah) del profeta Muhammad– es la mejor manera de gobernar un ente político son llamados islamistas. Existen grupos islamistas en ambas ramas del islam –sunnismo y chiísmo–, y el grupo islamista más antiguo y más importante del mundo es la Hermandad Musulmana, fundada en Egipto en 1928.

El islamismo, a su vez, varía en muchos aspectos. Uno de los más importantes es el metodológico, donde la distinción es entre trabajar dentro del sistema o usar la fuerza para establecer la sharia. Aquellos que favorecen la segunda opción son considerados islamistas militantes. Las líneas, por supuesto, no son exactas: hoy en día, muchos grupos islamistas prefieren tener un pie en ambos lados, participando en elecciones y manteniendo brazos armados (oficiales o no). Este es el caso de Hamas en los Territorios Palestinos o Hezbollah en el Líbano.

Dentro del paraguas del islamismo militante se encuentra el yihadismo. La palabra árabe yihad podría traducirse como ´lucha´. En el contexto que nos interesa, suele referirse a una lucha armada, y el que la lleva a cabo se conoce como mujahid (mujahideen en plural). Si bien todos los yihadistas son islamistas militantes, no puede decirse lo contrario: el yihadista cree en el reemplazo violento de los regímenes existentes por entes islamistas –regidos por la sharia– de carácter regional o global. Para muchos expertos, ese objetivo es irreal e inalcanzable. Sin embargo, tanto la base teórica sobre la que descansa como los métodos que utilizan para conseguirlo son muy reales.

La cosmovisión yihadista se caracteriza por la falta de distinción entre religión, cultura y política, y la adherencia estricta a una interpretación ultraconservadora de El Corán y la sunnah. Para los yihadistas, el modelo a seguir es el de la expansión del islam en el siglo VII. Apenas un siglo después de la muerte del profeta en 632, sus seguidores controlaban un imperio que iba desde la península ibérica hasta las fronteras de China e India. Para recrear esa hazaña, el primer paso es el establecimiento de un Estado –llamado emirato– que, regido por principios yihadistas, sirva de base para futuras conquistas, culminando en una especie de imperio –de España a las Filipinas– llamado califato que, eventualmente, llegará a ocupar el mundo entero.

Si bien todo esto suena muy bien sobre el papel, la realidad es distinta. Para empezar, el yihadismo sufre del mismo mal que todas las ideologías internacionalistas: la tensión entre lo nacional y lo trasnacional. Así, una porción importante de los yihadistas están mucho más concentrados en la conquista de territorio que en su uso como plataforma para un califato. Además, los yihadistas suelen discrepar en cuanto

a la práctica del –declarar a otro musulmán como no creyente o apóstata– y a la manera de implementar de la en los territorios conquistados.

Insurgencia y terrorismo

Por definición, los islamistas militantes son insurgentes: rebeldes armados en una guerra asimétrica contra un enemigo militarmente superior, usualmente un Estado o una combinación de ellos.

La insurgencia –también llamada guerra de guerrillas– ha sido teorizada, practicada y perfeccionada por siglos. Al nivel más básico, se fundamenta en la idea de atacar cuando y donde el enemigo se encuentra en su estado más débil, declinando hostilidades cuando no es así. La guerra insurgente es siempre larga, y los que la practican suelen tener el tiempo como aliado. Sobrevivir –y lograr que el enemigo se desmoralice, se arruine o, en el caso de una fuerza extranjera, se retire del país– es sinónimo de victoria. Las teorías insurgentes varían considerablemente –con Vladimir Lenin, Mao Zedong y el Che Guevara entre los principales ideólogos–, pero en el fondo todas tienen como norte la evolución militar de la insurgencia hacia una fuerza preparada para librar batallas convencionales y, por ende, decisivas.

En este sentido, el caso yihadista es fascinante. En su interpretación de la expansión del islam, los mujahideen entienden que, cuando el profeta Muhammad se estableció en Medina, sus fuerzas ejecutaron operaciones asimétricas hasta conseguir el poder necesario para conquistar La Meca y expandir el Estado islámico. Para los yihadistas, entonces, la insurgencia es mucho más que una cuestión de necesidad estratégica: el profeta es, de hecho, uno de los grandes líderes insurgentes de la historia.

Eso nos lleva al terrorismo, definido como el uso de violencia contra civiles con motivos políticos. El terrorismo es una táctica, y ha sido utilizada históricamente por grupos de todas las etnias, ideologías, nacionalidades y religiones, incluyendo Estados. Precisamente por ser una táctica, suele ser mejor evitar referirse a una persona o un grupo como “terrorista(s)”. Desde el punto de vista conceptual, un individuo que participa en un acto de terrorismo es tan terrorista como futbolista es el que practica ese deporte con sus amigos en el parque.

Otro aspecto clave del terrorismo es que suele ser empleado por el débil, ya sea como primer paso en una lucha armada –para moldear la opinión pública y conseguir apoyo– o como complemento a una insurgencia, para mantener al enemigo distraído. El terrorismo, por ende, tiene un lugar muy definido en la evolución de una rebelión armada. A medida que un grupo insurgente va haciéndose fuerte, suele concentrar sus ataques en objetivos militares que previamente no tenía capacidad de atacar.

La lógica del terrorismo es alcanzar el mayor impacto posible con el menor esfuerzo y/o riesgo. Para ello, se basa en el extraño poder que ejerce sobre la mente humana, diseñada para sentir más miedo por un evento como el 11-S que por un tsunami como el de 2004, que dejó 75 veces más víctimas.

El problema y la verdadera debilidad del terrorismo es que suele convertirse en un callejón sin salida. El terrorismo necesita de ataques espectaculares que requieren, a su vez, de altos niveles de organización y secretismo. Y ambas cosas se hacen más difíciles de mantener a medida que las autoridades reaccionan. Así, las organizaciones que lo practican comienzan a subdividirse en células autónomas y, eventualmente, a abogar por un modelo de “resistencia sin líder”. En la época moderna, este concepto fue articulado y documentado por supremacistas blancos en Estados Unidos (EU) a finales de los 80 y llegó a Al Qaeda hace unos diez años. Ahogada por los esfuerzos de Washington y sus aliados, el objetivo actual de Al Qaeda es más el de alentar pequeños ataques de individuos residentes en Occidente que el de organizar atentados épicos como los de Nueva York o Londres.

La yihad, hoy

Dicho eso, y establecidos los conceptos anteriores, podemos echar una mirada al estado del yihadismo en el mundo de hoy. Los expertos suelen dividir el movimiento yihadista en tres partes: Al Qaeda base (AQB) –el grupo de élite establecido por Osama bin Laden (OBL) como vanguardia de una “red de redes” con el propósito de establecer el califato global–, sus franquicias regionales –entes yihadistas que, por diversos motivos, han declarado su lealtad a AQB– y los individuos que –teniendo poca o ninguna conexión física con las dos anteriores– son inspirados a llevar a cabo ataques terroristas.

En general, podría decirse que AQB ha fracasado en sus objetivos. Desde el punto de vista político-religioso, el califato está tan o más lejos que en los días de su fundación. Y desde el punto de vista militante, la presión estadounidense ha obligado a sus miembros a esconderse y, por ende, a reducir su impacto operacional. Curiosamente, el inicio de su fin fue el 11-S: la invasión estadounidense a Afganistán acabó con el único emirato yihadista existente, y gradualmente destruyó la capacidad de coordinación y logística de sus miembros. La inspiración que buscaban con sus grandes ataques solo germinó en grupos que ya estaban luchando, y que adoptaron su nombre por distintas causas.

Desde la muerte de OBL en 2011, AQB es liderada por el egipcio Ayman al Zawahiri. Su falta de carisma y otros errores han llevado a muchos expertos a culparlo de su declive. Sin embargo, en cierta manera el destino de AQB era inevitable. Dirigir una organización con objetivos globales es complicadísimo incluso para una figura legendaria como OBL. Si encima esa organización es criminal, y por ende secreta, el riesgo de fragmentación –por peleas internas, falta de coordinación y demás– aumenta exponencialmente. Hoy, AQB es poco más que un ente simbólico, luchando por sobrevivir en el campo de las ideas. Si dejara de existir mañana, su impacto sería mínimo.

Luego están las llamadas franquicias. Su caso es un poco más complejo, pero en general podría decirse que tampoco han logrado derrocar regímenes. Más bien, se han especializado en aprovecharse de situaciones caóticas. Es el caso de Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) con la guerra civil en Yemen, de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) con el caos en Libia y Malí, de Al Shabaab en Somalia y, por supuesto, de las franquicias yihadistas en el teatro de Siria e Irak.

En todos estos casos, los grupos yihadistas –porque no quieren o pueden– han sido incapaces de organizar ataques fuera de sus áreas de influencia. AQPA, otrora la franquicia más fuerte –dirigida por Nasser al-Wuhayshi, muy cercano a Zawahiri–, no ha podido atentar contra Occidente desde 2010, y su mayor contribución a la yihad global es la revista Inspire.

Lo mismo podría decirse de grupos como AQMI o al Shabaab pero, al contrario de AQPA, estos tienen liderazgos mucho menos conectados con Zawahiri. Por ende, sus historias recientes han estado marcadas por conflictos internos que han lastrado aún más su capacidad de ataque a nivel regional –aunque al Shabaab continúa atacando en la vecina Kenia– y global.

Resumiéndolo todo está el enfoque prioritario en yihadistas solitarios y residentes en Occidente. A pesar de los esfuerzos ideológicos, es evidente que no se ha generado la ola de ataques con la que habrían soñado Zawahiri y compañía. El atentado de la maratón de Boston, sin embargo, es un poderoso recordatorio de lo que puede pasar si esa táctica se ejecuta apropiadamente.

Las conclusiones son claras. Primero, la yihad global no constituye una amenaza significativa al día de hoy. AQB ha sido reducida a la irrelevancia y las franquicias están concentradas en sus respectivos escenarios locales. Segundo, al abogar por el modelo de “resistencia sin líder”, la yihad global evidencia su debilidad (lo cual no significa que, de bajar la presión, puedan volver a sus niveles de coordinación). Y tercero, que los ataques individuales son inevitables y van a seguir ocurriendo (especialmente cuando los yihadistas occidentales en Siria, Libia y otros países comiencen a regresar). Ninguna sociedad –y mucho menos una democrática– puede protegerlo todo. El terrorismo –al igual que la violencia– son y seguirán siendo parte de la condición humana. Mientras antes lo aceptemos, mejor preparados estaremos para hacerle frente.

Finalmente, es importante entender que el islamismo militante ha sido, prácticamente desde su nacimiento, un instrumento utilizado por distintos actores –usualmente las grandes potencias– en luchas geopolíticas más amplias. Y es en la intersección de todos estos conceptos donde emerge y se encuentra hoy el Estado Islámico de Irak y el Levante, la organización yihadista más poderosa de la actualidad. Una organización que, mal que le pese a El País, dejó hace mucho tiempo de ser –si es que alguna vez lo fue– un simple “grupo terrorista”.

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