al borde la guerra civil

Egipto y el genio de la lámpara

La caída de Morsi y los enfrentamientos que le siguieron han roto el breve arreglo entre los militares y la Hermandad Musulmana. Ambos, junto a la oposición, deberán calibrar sus acciones para ahuyentar el fantasma de una guerra civil a la argelina.
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Hace una semana, decíamos en este espacio que Egipto podía sacar a Brasil de los titulares mundiales. Las protestas del domingo 30 de junio, organizadas por el movimiento rebelde Tamarod –aunque apoyadas por un amplio y diverso sector de la sociedad egipcia– para pedir la dimisión del presidente Mohammed Morsi en su primer aniversario en el poder, tenían el potencial de convertirse en una de esas chispas que provocan grandes incendios.

Y vaya si lo han sido. No solo fueron las manifestaciones más grandes de la historia egipcia –algunos estimados llegaron a hablar de 14 millones de personas en las calles– sino que se convirtieron en el epicentro temporal de los terremotos que siguieron (y siguen). El Ejército le dio 48 horas al presidente para llegar a un compromiso con los manifestantes. 

Pasado ese tiempo, Morsi fue derrocado y detenido el miércoles, junto con gran parte del liderazgo de la Hermandad Musulmana. La pregunta, entonces, pasó a ser si lo que había ocurrido era una revolución o un vulgar golpe de Estado. El mundo intentaba responder cuando llegó el viernes. Y con él las oraciones, y tras ellas la respuesta de los Hermanos (ikhwan, en árabe): su guía general (Presidente), Mohammed Badie, protestó contra la remoción forzosa del primer presidente democráticamente electo del país, exigió su liberación y restitución en el cargo y exhortó a los suyos a permanecer en las calles –“pacíficamente”, por supuesto– hasta que eso sucediera.

Lo que siguió fue el escenario que todos temían. Al momento de escribir, 37 personas han muerto en la violencia callejera. Canales internacionales como Al Jazeera y CNN transmiten en vivo y sin parar los enfrentamientos entre civiles en el puente 6 de Octubre, en pleno centro de El Cairo. Sus pantallas, divididas, muestran masivas concentraciones anti y pro Morsi en la Plaza Tahrir y el distrito cairota de Nasr City, respectivamente. Los analistas y corresponsales diseccionan cada detalle del pasado y el presente. Pero todos terminan en lo mismo: Egipto está al borde de una guerra civil.

La caída de Morsi: causas inmediatas

Es imposible predecir qué pasará en el llamado “país del Nilo”. Escribir acerca de una situación tan grave y en pleno desarrollo conlleva un nivel considerable de riesgo para cualquier tipo de análisis. Lo que sí es posible, no obstante, es identificar las dinámicas sociales, económicas y geopolíticas, personales e impersonales, que definen el presente. Entendiéndolas, el futuro seguirá siendo una incógnita, pero una menos misteriosa.

En primer lugar debemos considerar las causas inmediatas de la caída de Morsi. La primera, y quizá más importante, es el fracaso de su gestión en 365 días al frente del país. Este fracaso, a su vez, se puede atribuir a dos razones específicas: para empezar, el ya expresidente no logró ganarse la lealtad de las fuerzas de seguridad interna del país, lo que provocó la pérdida de respeto y credibilidad a ojos del Ejército, que se vio obligado a intervenir en varias ocasiones en lugar de la policía. En segundo lugar, Morsi no pudo establecer una relación productiva con el órgano judicial. Muchos de los jueces habían sido nombrados por el expresidente Mubarak, y las cortes egipcias se esforzaron por frenar el avance de la nueva Constitución y otras iniciativas. Cuando el presidente intentó cambiar la edad de jubilación de los jueces y, peor aún, cuando intentó ponerse por encima del alcance de los magistrados, consiguió unificar a todas las facciones políticas que, por cualquier motivo, estaban en contra del gobierno de los ikhwan. Morsi, dijeron, pretendía convertirse en un dictador e “islamizar” a Egipto a la fuerza.

El fracaso de la gestión de Morsi estuvo marcado por las luchas que se libraron a lo interno del Estado egipcio, pero sobre todo por su incapacidad de resolver –o al menos aparentar que lo hacía– los problemas estructurales que afectan al país, principalmente en el aspecto económico. En este sentido, la situación es bastante simple, y va más allá de Morsis y Mubaraks, de islamistas, secularistas y cualquier otra ideología: Egipto, simple y sencillamente, no tiene cómo alimentar a sus hijos. La población egipcia ha aumentado en un 50% desde 1990 –de 56 a 84 millones– y la ONU calcula que superará los 100 millones para el 2030. A la vez, la economía se ha estancado, especial –pero no exclusivamente– desde que la “revolución” de 2011 ahuyentara a turistas e inversores extranjeros, dos de sus grandes pilares.

Crecimiento demográfico y estancamiento económico combinados representan la peor de las pesadillas; y si a eso agregamos que el país tiene la necesidad de importar gran parte de su comida –y casi todo lo demás, petróleo incluido–, podemos entender que estamos ante una verdadera bomba. Por ahora, sus reservas extranjeras (apenas 14 mil 420 millones de dólares a finales de abril) y una serie de préstamos bilaterales mantienen el país a flote. La situación, especialmente a medio y largo plazo, es de absoluto terror. Y cuesta discernir qué podrá hacer para solucionarla quien sea que suceda a Morsi.

Pobreza y centralización de poder

La situación económica egipcia es especialmente grave en la actualidad, pero solo como parte de una constante de pobreza histórica que se remonta a los tiempos de los faraones. Egipto, un país dos veces más grande que Francia, cuenta apenas con un área arable –en forma de fideo, a ambos lados del Nilo– del tamaño de Bélgica (22 veces más pequeña). Su particular geografía, entonces, no solo lo hace ser un país pobre –para colmo de males, gran parte del Nilo no es comercialmente navegable– sino que además obliga a quien quiera gobernarlo –sean entes aborígenes, como los faraones, o extranjeros, como los romanos, otomanos o británicos– a centralizar el poder.

La última iteración política de esta realidad es la República de Egipto, establecida en 1952-53 tras la “Revolución de los Oficiales Libres”, liderada por el coronel Gamal Abdel Nasser. De corte secular y con el ideal de la unión de los países árabes, Nasser convirtió al Ejército en el vehículo que modernizaría el Egipto poscolonial. Muchas cosas cambiaron entre la era de Nasser y el advenimiento de la Primavera Árabe, incluyendo geografía –la República Árabe Unida, unión de Siria y Egipto, existió entre 1958 y 1961–, presidentes –Anwar Sadat (1970-1981) y Hosni Mubarak (1981-2011)– y alineaciones políticas –con la URSS hasta 1978-79, luego con Estados Unidos–, pero nada alteró el rol del Ejército como administrador (in)directo del Estado egipcio.

Fuera del aparato estatal, un cambio gradual pero importantísimo estaba ocurriendo en Egipto y en la región. A medida que las dictaduras seculares-militares que gobernaban la región –de Saddam Hussein a Muamar Gadafi– perdían legitimidad y estabilidad, aquellos que creían que el islam tenía la respuesta para los problemas políticos del mundo musulmán aumentaban su credibilidad entre las masas populares. El movimiento islamista había nacido en 1928 con los Hermanos Musulmanes egipcios. Tras décadas de trabajo en las bases de una sociedad donde el 40% de la población vive con menos de 2 dólares al día y donde el analfabetismo raya el 45%, solo su inhabilitación política los separaba de un poder legitimado por la mayoría.

Ese dique se rompió, en Egipto, en 2011. La revolución que depuso a Hosni Mubarak no pudo alterar al carácter fundamental de la república –el Ejército sigue siendo la mano que mece la cuna– pero, visto lo visto, pudo haber plantado la semilla de ese cambio. Porque desde 2011, los militares egipcios se han visto jalados en direcciones distintas por dos prioridades que, en el Egipto de hoy, son opuestas: por un lado la necesidad de trabajar con la mayor fuerza política del país –ya que ni pueden ni quieren gobernar directamente– y, por otro, su papel de equilibrista de fuerzas en una sociedad dividida. De garante de la estabilidad del país.

La primera de esas necesidades trajo como consecuencia el breve entente entre militares e ikhwan. Pero, como vimos, la mala gestión islamista y la presión de los problemas estructurales egipcios llevaron a los militares a ponerse del lado opositor. Por eso, la naturaleza del golpe del miércoles se convirtió en un tema de acalorado debate. En cierta manera, el ejército egipcio se ha convertido en un administrador de la ira popular, bailando un extraño vals con el pueblo en el que los actores políticos de la sociedad son material de quita y pon.

El genio, fuera de la lámpara

Establecidas las líneas del presente egipcio, una de las primeras interrogantes a responder sería el porqué de la conducta de los militares. En febrero, el comandante en jefe del ejército, Abdul Fatah al-Sisi, había advertido de un “posible colapso del Estado” si no cesaba la pelea política entre islamistas y opositores. Algunas de las acciones militares de esta semana –el ultimátum, e incluso el derrocamiento de Morsi– encajan en esa línea de imparcialidad, pero ¿qué explica la persecución subsiguiente contra la Hermandad Musulmana? ¿Cómo se entiende que el Ejército haya disparado contra manifestantes pro-Morsi el viernes? ¿Por qué, solo un año después de obtener un 52% de apoyo popular, los ikhwan son marginados a la fuerza del escenario político egipcio?

La pregunta invita a plantearse la posibilidad de que los militares hayan cometido un grave error, subestimando la fuerza de los Hermanos y pensando que no habría represalias significativas. La masiva respuesta del viernes, violencia incluida, parece confirmar esta pobre lectura de la situación.

Llegados a este punto, el futuro de Egipto dependerá de varios factores. Para empezar, pasará por lo que decidan hacer los Hermanos Musulmanes. Por ahora, parece que su compromiso con las reglas de la democracia y la no violencia sigue intacto. Algunos analistas afirman que el precio de montar una resistencia –armada o no– es demasiado alto, y que a la larga tendrán que volver al panorama político egipcio. Las escenas de violencia del viernes, sin embargo, parecen sugerir que no todo dependerá de lo que decidan los líderes de tal o cual facción. De alguna manera, el genio ya salió de la lámpara, y solo queda rezar.

Luego, por supuesto, está el Ejército, que se encuentra ante una gran encrucijada. Al remover a Mubarak, lograron congraciarse con la sociedad al completo. Al destituir a Morsi, se vieron obligados a tomar partido, lo que les ha creado enemigos y dañado, quizá irreparablemente, su reputación de ente imparcial. En el fondo, lo que se está dirimiendo es el futuro del orden de Nasser. En 2011, el Ejército egipcio se declaró democrático, y entró en un dilema existencial: ¿quería ser Turquía, y permitir que una fuerza islamista democráticamente elegida les fuera quitando, poco a poco, el poder? ¿o quería ser Pakistán, donde el Ejército tiene un país y no lo contrario?

Por lo visto, los militares se decidieron por lo primero, pero el experimento duró apenas un año. Y no debería extrañarnos: por naturaleza, un ejército es un ente internamente autoritario y antidemocrático. Por eso, su principal misión es la de salvaguardar el orden, no promover la democracia. Cualquier gobierno civil, en consecuencia, tendrá en su agenda la reducción del poder de las fuerzas armadas, y no está claro si eso forma parte de la hoja de ruta que estas tienen para el futuro político del país. Eso deja como alternativa el modelo paquistaní. El problema es que llegar allá, sobre todo después de la revolución de 2011, las elecciones de 2012 y el golpe del miércoles, requerirá de ríos de sangre.

Lo más triste del caso quizá sea que esos ríos de sangre ya corrieron en otros lugares, concretamente en Argelia, entre 1992 y 2002, y en Gaza (2006-2011). Para argelinos y palestinos, la cancelación forzosa de las victorias electorales islamistas supuso el principio de terribles conflictos civiles que se han cobrado cientos de miles de vidas y dejado heridas quizá imposibles de sanar. En Egipto, pues, se acaba de reforzar un precedente que, más allá de los destrozos que pueda causar internamente, puede afectar de manera crítica las actitudes de la multitud de movimientos islamistas que intentan abrirse paso políticamente por todo el mundo musulmán.

Finalmente, mucho dependerá de la actitud que tomen los actores externos, desde los vecinos –con especial atención a Israel– hasta las grandes potencias, principalmente Estados Unidos. Las convulsiones sociales que vive el mundo árabe son el resultado del colapso de un orden regional. Son el fin, dos décadas después, de la Guerra Fría en Medio Oriente. Y mientras que en otras partes del mundo se ha avanzado hacia arreglos políticos –que no económicos– más inclusivos y democráticos, las primeras sacudidas medio orientales no parecen augurar que lo que termine reemplazando al orden anterior vaya a ser necesariamente “mejor”. Después de todo, si Francia tuvo “el Terror”, Alemania a Hitler e Italia a Mussolini, ¿no es un poco descabellado pedirle a los Estados post-otomanos que fabriquen democracias instantáneas?

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