las elecciones más grandes de la historia

India y su trágica decisión

De cara al 4 de mayo, nada podría darnos más perspectiva que los comicios indios, que arrancaron el lunes 7 y concluirán dentro de un mes.

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Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito.
Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito.

Stephen Hawking, quizá el científico más famoso del mundo, cree que todos los habitantes del planeta deberíamos tener al menos una idea de cómo funciona el universo y nuestro lugar en él. “Es un deseo humano básico”, escribió. “Y también pone nuestras preocupaciones en perspectiva”.

Mientras que la necesidad de perspectiva es innegable –y urgente– en países como el nuestro, escudriñar los secretos del universo sea quizá mucho pedir a solo tres semanas de unos comicios que se antojan cruciales. Afortunadamente, a medio camino se encuentra la India. Y nada podría darnos más perspectiva que sus elecciones, que arrancaron el pasado lunes y terminarán el 12 de mayo, más de una semana después de que los panameños hayamos votado.

La democracia colosal

Hablar de la India es complicado. Existe una línea invisible que divide a quienes la conocen de quienes no, a quienes la identifican exclusivamente con miseria, atraso y caos y quienes, como escribió Mark Twain, reconocen en ella al país “más extraordinario bajo la luz del sol”.

Este análisis, por supuesto, comulga con las ideas de Twain. Es difícil no hacerlo al considerar –sin prejuicios– un subcontinente que va de los Himalayas al océano Índico, dividido en 29 estados y 7 territorios habitados por mil 236 millones de personas pertenecientes a todas las etnias, lenguas, religiones y culturas que ha dado la humanidad. La India, escribió el genio estadounidense, “es la madre de la historia, la abuela de la leyenda y la bisabuela de las tradiciones”. Jorge Luis Borges lo resumió de manera más simple: “la India es más grande que el mundo”.

Semejante país, semejante democracia, arroja números casi imposibles de asimilar: casi 815 millones de personas acudirán a 930 mil puestos de votación para escoger a los 543 miembros de la Lok Sabha –cámara baja del parlamento– de entre más de 10 mil candidatos pertenecientes a más de mil 500 partidos. El electorado indio, además, ha aumentado en más de 100 millones de personas desde los comicios de 2009. Más de 160 millones de indios acudirán a las urnas por primera vez, y en total más personas votarán en estas elecciones que en las seis últimas elecciones estadounidenses juntas. Al momento de escribir estas líneas, más de 100 millones de indios –en casi 20 estados distintos– ya han ejercido el sufragio en 3 de las 9 fechas programadas (lunes 7, miércoles 9 y sábado 12). Los resultados serán oficiales el 16 de mayo y la nueva Lok Sabha será convocada el primer día de junio. Por si no quedó claro, las elecciones indias son –de lejos– el ejercicio democrático más grande de la historia.

Rahul y el Congreso

Al igual que en Panamá, las elecciones indias –decimosextas desde la independencia en 1947– se adivinan pivotales de cara al futuro. Para entender por qué, hay que comenzar por considerar al Congreso Nacional Indio (CNI), el partido sin el que la historia de la India no se puede entender.

El CNI, fundado en 1885, es el partido de los padres de la nación –Nehru, Gandhi, Patel y compañía– y el que ha gobernado la India durante 49 de los 67 años de su vida independiente. En lo más profundo de su espíritu lleva la idea de una India secular y abierta a la inabarcable diversidad y complejidad de su población; una idea que, si bien no pudo impedir la partición del Raj británico, ha mantenido la integridad territorial del país desde entonces. La India de hoy, en otras palabras, es la que el CNI ha construido.

El CNI ha gobernado el país a través de una dinastía política que comenzó con el primer ministro del país, Jawaharlal Nehru. Si el partido ha estado en el poder durante la mayor parte de la historia del país, ese poder ha sido ejercido –directa o indirectamente– por uno de sus descendientes, comenzando por su hija Indira (de 1966 a 1977 y de 1980 hasta su muerte en 1984), siguiendo con su nieto Rajiv (de 1984 a 1989) y culminando con la italiana Sonia Gandhi, viuda de Rajiv y jefa del CNI prácticamente desde la muerte de su marido, en 1991.

Sonia, que ha rechazado ser primera ministra hasta en dos ocasiones (¿qué otro país le ofrecería el poder a una extranjera?), ha sido el eslabón entre su difunto esposo y el próximo príncipe de la dinastía, su hijo Rahul. Pero la magia de los Nehru parece haberse acabado. Rahul Gandhi, de 43 años, es un pésimo candidato: carece de carisma, prácticamente no habla en público y se conoce muy poco de sus ideas. Su único aliciente para reclamar el poder es pertenecer a la dinastía política más importante del país. El joven político, en definitiva, representa muy poco de lo bueno –el universalismo y la moderación– y prácticamente todo lo malo –la corrupción, el nepotismo y la parálisis política y económica– del CNI.

Las encuestas parecen indicar que, para la mayoría de los indios, el CNI –en el poder desde 2004– ha fracasado, quizá definitivamente. Más del 80% considera que la inflación, el desempleo y la desigualdad son problemas severos. El 70% opina que el país va en la dirección equivocada, y el 63% está a favor de sacar al CNI del poder.

La India de hoy

La actitud reflejada en las encuestas encuentra fundamentos sólidos en las cifras socioeconómicas del país. El crecimiento ha caído por debajo del 5% –cifra que, en un país que pronto tendrá al 20% de la población laboral del mundo, equivale a una recesión– mientras que la inflación a los precios del consumidor promedió 10.28% en 2009-2012. La rupia, moneda nacional, llegó en 2013 a su punto más bajo en la historia. El déficit en cuenta corriente batió un récord de 4.8% en 2012-2013 y las inversiones extranjeras cayeron en 29% en 2012.

A la frustrante situación india se unen unos niveles casi inimaginables de corrupción. Según encuestas, el 96% de los indios cree que este flagelo está atrasando al país, y el 92% cree que ha empeorado en el último lustro. Al menos seis de los 30 ministros más importantes han sido reemplazados tras enfrentar cargos de corrupción. Hasta el 30% de los 543 parlamentarios han sido acusados formalmente, y 76 de ellos enfrentan cargos serios, como asesinato o secuestro. En un estudio realizado recientemente, The Economist ha estimado que durante el último gobierno del CNI se han pagado sobornos de entre 4 mil y 12 mil millones de dólares.

Todas estas cifras son, a su vez, reflejo de una realidad mucho más dramática. Mientras que se espera que el número de millonarios aumente en 66% para 2018, y que el número de ´billonarios´ (con el billón inglés) pase de 60 a 123 en los próximos nueve años, un reciente estudio halló que hasta el 56% de los indios –unos 680 millones de personas– “carecen de los medios necesarios para cubrir sus necesidades esenciales”. La cifra es más de 2.5 veces superior a los 270 millones que oficialmente viven por debajo de la línea de la pobreza. El 26% de la población es aún analfabeta y solo un 32% posee un inodoro, lo que equivale a mil millones de personas defecando a diario al aire libre.

La corrupción de la clase política india, por supuesto, tiene poco de nuevo. Pero el repudio masivo que ha generado sí carece de precedentes. La insatisfacción del electorado no es solo producto de la sensación actual de fracaso sino del éxito económico de las últimas décadas. A medida que ha aumentado el nivel de vida, las aspiraciones de los indios han ido cambiando. Usando las palabras del periodista Shekhar Gupta, la India está abandonando la “política del reclamo” –exigirle al Gobierno– por una “política de aspiración”. Al hacerlo, se le ha dado un vuelco fundamental al panorama político. “En vez de apelar a la casta, religión o cualquier identidad étnica, el foco de estas elecciones se centra en temas de gobernanza”, escribió Alyssa Ayres en el Council on Foreign Relations.

El ascenso de Modi

Como abanderado de esta tendencia aparece Narendra Modi, candidato del opositor BJP y gran favorito para ser el próximo primer ministro de la India. Su ascenso comenzó en 2001, cuando se convirtió en ministro jefe del estado occidental de Gujarat, de 60 millones de habitantes.

Su plataforma política ha transformado a Gujarat en una historia de éxito. Hoy, las costas gujaratíes cuentan con algunos de los puertos de contenedores más avanzados del subcontinente y Ahmedabad, su mayor ciudad, es uno de los motores económicos del país. Gujarat tuvo un 1% de desempleo en 2012-2013, un aumento del 1200% en agricultura y ha visto la creación de 37 nuevas

universidades. Por si eso fuera poco, Modi tomó un estado con mil 200 millones de dólares de déficit en 2001 para dejarlo con 770 millones de superávit en la actualidad. Entre 2004 y 2012, Gujarat ha crecido en un promedio de 10% anual y ya produce el 25% de las exportaciones indias.

Para desgracia del país, Narendra Modi tiene un lado oscuro que iguala o supera sus logros. Para empezar, tiene fama de político despiadado, y se teme que podría convertirse en una especie de Vladimir Putin indio. “O compra a sus oponentes o los asesina”, ha llegado a decir de él Arvind Kejriwal, el exministro jefe de Delhi que ahora compite como tercera opción con su partido anticorrupción Aam Aadmi (hombre común).

Todo eso palidece, sin embargo, con su fuerte nacionalismo hindú (o Hindutva). A lo largo de su carrera, Modi ha pertenecido a ciertos grupos y defendido ciertas ideas que le han dado una imagen de hombre exclusivo e intolerante. El pináculo de las acusaciones contra él proviene de su rol en las matanzas de 2002 en Gujarat, que dejaron entre mil 200 y 2 mil muertos, más del 60% de ellos musulmanes. Muchos acusan al entonces ministro jefe de permitir –en el mejor de los casos– y hasta patrocinar –en el peor– las más terribles matanzas intercomunales de los últimos 20 años. Y mientras que nada se ha podido probar en su contra, lo cierto es que –aún hoy, en plena campaña– Modi nunca ha querido discutir el asunto y se rehúsa a usar el casquete musulmán cuando es necesario, como hacen sus colegas.

Precisamente por el tema de las matanzas de 2002, la campaña de Modi ha sido excesivamente controlada en el aspecto mediático. El candidato da muy pocas entrevistas y el modelo de comunicación ha sido unidireccional. Lo mismo ha ocurrido, por otros motivos –principalmente por su incapacidad política– con Rahul Gandhi. Así, lo que solía ser una época llena de propuestas y debates se ha convertido en un duelo entre dos hombres que hablan poco, proponen menos e intentan que lo mejor de sus reputaciones prevalezca sobre lo peor.

En todo caso, el panorama parece estar claro. Pocos dudan de que un nuevo gobierno del CNI significaría más de lo mismo. La falta de liderazgo de Rahul acrecenta esta percepción, pues pocos lo imaginan reformando sus propias filas. Modi, por el contrario, intentará reformar profundamente una de las burocracias más densas del planeta. Su subida al poder no solo representará un nuevo paradigma en la política india sino un giro más preocupante hacia la personalización. La campaña actual, y la plataforma del BJP, giran en torno a Modi, y es un secreto a voces que el candidato va a su bola, cruzando las líneas que sea necesario para conseguir sus objetivos.

Realidades geopolíticas

Es ahí precisamente donde Modi puede darse el gran estrellón. Manejar la India desde Delhi no es manejar Gujarat desde Gandhinagar. Y si bien la política india ha visto emerger nuevas prioridades en el electorado, también ha visto una tendencia tan o más importante: la disolución de los otrora todopoderosos partidos nacionales en cada vez más partidos con enfoques eminentemente locales.

Así, gobernar la India se ha convertido en un arte en que la capacidad de hacer coaliciones lo es todo. Ese, irónicamente, es el peor escenario para el personalismo que Modi piensa llevar a Delhi. Si no comprende esta simple verdad, su estancia en el poder puede durar más bien poco.

En el tiempo que le dejen libre los laberintos del país más complejo del mundo, el próximo primer ministro tendrá que enfrentar un ambiente internacional cada vez más complicado. La retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán, unido a un débil Pakistán, aumentarán las amenazas a la seguridad del país. Bangladesh está en semicaos, al igual que Nepal. La sociedad de Myanmar, otro país vecino, parece estarse desintegrando en líneas regionales. Sri Lanka recién sale de su guerra civil y se inclina abiertamente hacia China, el otro gigante con el que India va a chocar cada vez más.

El ascenso de China podría hacer que India profundice sus lazos con Japón, que buscará en Delhi un contrapeso a Beijing. El acercamiento estadounidense a Irán podría abrir enormes horizontes para un país con unas necesidades energéticas tremendas. Los persas, además, serán clave para contrarrestar la alianza sino-pakistaní y darle a Delhi acceso a los mercados de Asia Central, que son el patio trasero de una Rusia en plena construcción de su esfera de influencia.

El 16 de mayo, el planeta entero estará pendiente de la India. Mientras que las líneas maestras están delineadas –descenso del CNI y ascenso del BJP y otros partidos– es casi seguro que ningún partido alcanzará por sí solo los 272 escaños necesarios para formar un gobierno. Las proyecciones ponen al BJP y sus aliados ganando entre 180 y 259 escaños, lo que lo obligaría a pactar con algún partido regional para gobernar el país. El CNI, mientras, obtendría los peores resultados de su historia con apenas 120 escaños.

Todo eso, sin embargo, está por verse. Lo único que queda meridianamente claro es que escoger entre un príncipe sin carisma que promete más de lo mismo y un ´modernizador´ cuya filosofía atenta contra las bases de la nación es una decisión trágica. La India, el ejemplo más hermoso de coexistencia y tolerancia de la historia, se merece algo mejor.

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