Ingrid; relato de una vida peligrosa

Cuando conocí a Ingrid en Miami hace unas semanas, tuve la impresión de que se iba a meter en problemas

Cuando llegué a la casa, el mensaje era urgente: “Secuestraron a Ingrid Betancourt”. Y apenas murmuré: “ya sabía que esto iba a pasar”. Luego me enteraría que quienes habían secuestrado a la candidata presidencial en Colombia no eran sus antiguos enemigos –políticos bien acomodados y narcos– sino los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Por alguna extraña razón, cuando conocí a Ingrid en Miami hace unas semanas, tuve la impresión de que se iba a meter en problemas. Rápido. Tanto es así que al terminar la entrevista que le hice para la televisión norteamericana, decidí guardar con candado esas cintas. Por si las necesitaba en el futuro. No tuve que guardarlas mucho tiempo.

Uno puede estar o no de acuerdo con Ingrid Betancourt. Pero no se puede quedar indiferente frente a ella. Hay pocos como ella en el turbio y tibio océano de la política latinoamericana. Ingrid Betancourt dice lo que piensa. Y eso le ha costado caro.

Ella fue una de las pocas que acusó en su cara al ex presidente Ernesto Samper por haber recibido 6 millones de dólares del narcotráfico para su campaña electoral. Cargos, dicho sea de paso, que Samper sigue negando. “Samper es un gran mentiroso”, me dijo. Y sobre las amenazas de muerte que recibió poco después de sus denuncias, la candidata aseguró sin bajar la mirada: “Yo estoy convencida de que las personas que estaban con Ernesto Samper quisieron matarme a mí”.

Ingrid tiene palabras igualmente fuertes contra los actuales candidatos a la Presidencia de Colombia:

–Sobre el liberal Horacio Serpa: “¿Cómo una persona que estuvo alcahueteando lo que estaba sucediendo en el gobierno de Samper puede hoy en día decir que quiere luchar contra la corrupción?”.

–Sobre los supuestos vínculos del independiente Alvaro Uribe con los paramilitares: “Yo diría que Alvaro Uribe tolera los asesinatos en Colombia como un método de enfrentar la guerrilla”.

–Sobre la candidata Noemí Sanín: “No ha dado la talla. Le quedó grande su aspiración; prometió independencia y terminó aliada del peor bandido de la clase política”.

Del actual presidente Andrés Pastrana tampoco tiene muy gratos recuerdos. En su libro La rabia en el corazón –que fue un bestseller en Francia y boicoteado temporalmente en Colombia– Ingrid recuerda cómo Pastrana traicionó un pacto anticorrupción que había hecho con ella. “Lo que hizo (Pastrana) fue ligarse con los bandidos”, me dijo.

En conclusión, Ingrid se atreve a decir cosas que nadie en Colombia se atreve a decir. Por eso ha tenido varias amenazas de muerte. Por eso sus hijos (Melanie y Lorenzo, de 16 y 13 años respectivamente) viven en otro país para estar lejos del peligro. Por eso los colombianos han votado por ella de forma abrumadora y sin precedentes cuando entró al Congreso y más tarde al Senado. Por eso –aunque las encuestas la situaban antes del secuestro en un lejano cuarto lugar para las próximas elecciones presidenciales de mayo– sus contrincantes políticos no se podían dar el lujo de mentir en su presencia sin que ella apuntara su dedo acusador.

La de Ingrid es el relato de una vida peligrosa. Y es, sin duda, la figura más irreverente, refrescante y atrevida de la política colombiana. Aunque para algunos su estilo y estrategia pueden resultar ofensivos.

En su primera campaña, cuando era una absoluta desconocida en la política de Colombia, llamó la atención repartiendo condones en la calle. La corrupción es el sida de la política en Colombia –solía repetir para justificar su inusual repartición de preservativos– y hay que protegerse. Y no ha dudado en usar huelgas de hambre y un lenguaje directo, sin rodeos, para tumbar reputaciones e injusticias. Eso la ha puesto en la mirilla. Literalmente.

–“¿Quién la quiere matar?”, le pregunté durante la entrevista.

–“Yo creo que es una alianza entre el narcotráfico y la clase política”, contestó. “Yo tengo enemigos muy fuertes que están sentados conmigo en el Congreso y (que) no tienen ningún inconveniente en pagar sicarios” (o asesinos a sueldo). Pero durante la entrevista no percibí que se sintiera amenazada por la guerrilla. Por eso mi sorpresa cuando me enteré de quiénes eran sus captores.

Los guerrilleros de las FARC se equivocaron garrafalmente al secuestrar a Ingrid Betancourt. Primero, por usar métodos terroristas; los civiles nunca deben ser tocados en un conflicto militar. Nunca. Eso sólo lo hacen criminales, terroristas y desesperados. Y segundo –y esto es lo más importante– por su visión miope y de corto plazo; les servía más Ingrid criticando abiertamente las contradicciones de Serpa, Uribe y Sanín, que escondida en algún lugar de la selva colombiana.

Ojalá que sus secuestradores entiendan lo relevante que esta mujer de 41 años puede ser para el futuro de una Colombia en paz, con más justicia social y menos corrupción. Ahora –y esto es lo más importante– lo que me preocupa es la vida de Ingrid. ¿Por qué? Porque he seguido su carrera desde 1996 y estoy seguro de que ni siquiera en cautiverio Ingrid se va a quedar callada.

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