especie de imperio histórico islámico

Irak y el califato de Ibrahim

Se puede hacer una evaluación del estado actual del IS en base a los dos objetivos de cualquier grupo yihadista: la evolución de una insurgencia a una fuerza regular y el establecimiento de un Estado regido por la ´sharia´.

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El pasado 29 de junio, coincidiendo con el inicio del mes sagrado del Ramadán, el grupo yihadista Estado Islámico de Irak y al Sham (ISIS, por sus siglas en inglés) volvió a disputarle la atención internacional al Mundial de Brasil al anunciar el establecimiento de un “califato” entre las provincias de Diyala, en Irak, y Aleppo, en Siria. En un comunicado redactado en árabe, inglés, alemán, francés y ruso, el grupo militante anunció, además, que cambiaba su nombre a “Estado Islámico” (IS) y que su líder, Abu Bakr al-Baghdadi, sería ahora conocido como Ibrahim, el nuevo califa al que todos los musulmanes del mundo debían jurar lealtad.

La declaración del califato corona un fulgurante proceso de expansión territorial del IS, que comenzó en Siria a finales de 2013 y agarró impulso a principios del mes pasado con la toma de Samarra, Mosul -segunda ciudad de Irak-, Tikrit y la refinería de Baiji, la mayor del país. Al día de hoy, el Estado iraquí ha perdido su integridad territorial y el control de sus fronteras con Siria y Jordania. El avance del IS hacia Baghdad parece cuestión de tiempo, y dado que la capital representa la puerta hacia la parte chií -y rica en petróleo- del país, el escenario es poco menos que apocalíptico.

La reacción internacional no se ha hecho esperar. El ejército sirio ha bombardeado objetivos del IS en Irak; Irán ha activado sus milicias chiíes en el país y ha enviado armas, tropas y una flota entera de aviones caza; Rusia ha contribuido con aviones y personal militar; y Estados Unidos (EU) está proporcionando armamento y hasta 500 soldados mientras considera otras opciones, como ataques aéreos o con drons. (La geopolítica, en efecto, hace extraños compañeros de cama.)

A priori, todo lo anterior parece pintar un panorama imposible de empeorar. Sin embargo, un análisis más detenido sugiere la existencia de una brecha significativa entre percepción y realidad en la crisis actual. Sin descartar la posibilidad de que las cosas se salgan de control -como sucedió hace 100 años en Europa para estas fechas-, es importante entender que, por más brutal y aterrorizante que sea la propaganda del IS en las redes sociales, y por más sombrías que sean las declaraciones de los políticos, (aún) no parece haber grandes sismos geopolíticos a la vista.

De Zarqawi a Baghdadi

El mejor punto de partida es la historia del IS, que comienza con un hombre llamado Abu Musab al-Zarqawi. Nacido en Jordania y entrenado en Afganistán, Zarqawi llegó a Irak a finales de 2001 y lideró un grupo militante que en octubre de 2004 cambió su nombre a Al Qaeda en Irak (AQI). El renombramiento no logró ocultar lo que siempre había sido una relación tensa entre Zarqawi y Osama Bin Laden (OBL).

Para los líderes de AQ, la brutalidad de Zarqawi y su uso indiscriminado de la violencia era contraproducente y debía detenerse. Así se lo hicieron saber en una carta en 2005. Pero Zarqawi siguió a lo suyo. Tras sus exitosos ataques contra fuerzas estadounidenses -la prioridad de AQ-, se concentró en su verdadero objetivo: instigar una guerra civil entre suníes y chiíes, algo que logró en febrero de 2006, con su atentado en la mezquita chií de al Askari, en Samarra.

Zarqawi no viviría para ver los efectos de su atentado, pues fue asesinado por un ataque aéreo estadounidense ese junio. Para entonces, AQI ya era visto como un grupo excesivamente violento y más extranjero que iraquí. Tras la muerte de Zarqawi, su sucesor -el egipcio Abu Ayyub al-Masri- intentó enmendar sus errores cambiando el nombre de AQI a Estado Islámico de Irak (ISI) y aceptando el liderazgo de un iraquí. El rebranding nunca funcionó, el ISI se debilitó y, a principios de 2010, sus dos líderes principales fueron asesinados en Tikrit.

En ese contexto emergió Abu Bakr al-Baghdadi. De él se sabe poco. Su verdadero nombre es Ibrahim al-Badri, nació en Samarra en 1971, posee un título universitario y fue prisionero de los estadounidenses entre 2005 y 2009. Inicialmente, Baghdadi no fue capaz de cambiar el sino del ISI, pero al año siguiente (2011) ocurrió algo que cambiaría todo: explotó la guerra civil en Siria.

No es exagerado decir que la guerra siria le salvó la vida al ISI. La “rama” que el ISI fundó en Siria se convertiría en Jabhat al-Nusra (JN), representante oficial de AQ en Siria. Liderado por el sirio Abu Muhammad al-Golani, envió cientos de hombres a recibir entrenamiento “secreto” por parte de instructores estadounidenses en Safawi, al norte de Jordania.

Las fricciones entre JN y el ISI habían existido siempre, pero llegaron a su clímax a principios de abril de 2013, cuando Baghdadi anunció que el ISI pasaba a llamarse ISIS -incluyendo el término clásico al-Sham, que hace referencia al área entre el Mediterréaneo y al Éufrates- y que, por ende, absorbía por completo a JN. Tomado por sorpresa, Golani rechazó el anuncio y apeló a Ayman al-Zawahiri. Igual de sorprendido, Zawahiri ordenó al ISIS volver a Irak y dejarle el teatro sirio a JN. Ante esto, Baghdadi hizo lo que nunca nadie había hecho en 25 años de yihadismo: desafió una orden directa del líder de AQ. El ISIS prevaleció, asegurando territorio en Siria que le permitió -en alianza con el liderazgo sunía y antiguos miembros del régimen de Saddam Hussein- su espectacular avance en Irak.

Evaluando al IS

Conociendo la historia, podemos hacer una evaluación del estado actual del IS en base a los dos objetivos de cualquier grupo yihadista: la evolución de una insurgencia a una fuerza regular y el establecimiento de un Estado regido por la sharia.

Con respecto al primero, la historia del IS ilustra la aplicación de varios principios fundamentales de la teoría insurgente. Uno de ellos es el de la “guerra larga”: tras experimentar avances entre 2004 y 2006, el IS sufrió cinco años de pérdidas tremendas. Sin embargo, su paciencia dio frutos, y tras la retirada estadounidense -y su participación en la guerra siria- ha progresado militarmente al punto en que puede combatir simultáneamente contra los ejércitos sirio e iraquí. Sus capacidades, escribió el analista Scott Stewart, ya son superiores a los de muchos ejércitos de países pequeños, lo que lo convierte sin lugar a dudas en el grupo yihadista más poderoso del planeta.

Además de eso, el IS parece comprender bien dos principios insurgentes -maoístas- a los que AQ nunca dio importancia. Mientras que AQ parece querer vencer exclusivamente a través de actos terroristas, el IS es perfectamente consciente de que la victoria definitiva debe ser militar. En segundo lugar, y más importante aún, el IS parece comprender bien que las victorias militares acarrean la responsabilidad de gobernar, algo que ya parece estar haciendo -estableciendo reglas claras, cobrando impuestos y hasta regalando Coranes a la entrada de las ciudades que controla- y que lo asemeja mucho más al Viet Cong o a Hezbollah que a AQ. Para algunos expertos, de hecho, este énfasis en gobernar -al ofrecer una noción clara de ciudadanía y sentido de comunidad en una región huérfana de ambas- es la base del atractivo del IS entre personas que ni son ni habían sido nunca extremistas.

La historia es muy distinta desde el punto de vista religioso. La clave reside en la palabra “califato”, que procede de la palabra árabe para “sucesor” y hace referencia a aquellos que gobernarían la comunidad musulmana (ummah) tras la muerte del profeta Muhammad. Como institución con jurisdicción (religiosa) sobre todos los musulmanes, el califato existió oficialmente desde la muerte del profeta en 632 hasta su abolición formal por parte de la República Turca en 1924. En la práctica, sin embargo, llevaba muerto al menos desde el siglo XIII.

Desde el punto de vista religioso, entonces, la resurrección del califato por parte del IS es controversial en el mejor de los casos y ridícula en el peor. Si bien algunos grupos minoritarios han abogado por su restauración, lo cierto es que el 99% de los musulmanes del mundo no piensan en califatos ni en califas. El islam suní se organiza como el cristianismo protestante, con las autoridades circunscritas a los límites nacionales. No es de extrañar, entonces, la cantidad de autoridades musulmanas que están saliendo a criticar a Baghdadi y sus delirios de grandeza. “Baghdadi proclamándose califa es como el líder del Ku Klux Klan proclamándose sacro emperador romano”, escribió el académico Juan Cole.

En el aspecto político, el asunto cambia un poco. A pesar de controlar territorio en dos países, es imposible aseverar que el IS tiene un califato. Más bien, lo que Baghdadi y sus hombres controlan es un emirato yihadista, algo que ya ha sido intentado por el Talibán afgano (1996-2001) y, con mucho menos éxito, por franquicias de AQ en Yemen y Malí. La realidad -la geografía y las diferencias culturales, étnicas e ideológicas- ha prevenido la formación de un solo ente político capaz de gobernar el gran Medio Oriente y probablemente seguirá haciéndolo.

Los dos contextos

Si el énfasis del IS en gobernar sugiere una evolución notable en el aspecto insurgente, su ídem en el califato apunta a la guerra intra-yihadista que se está librando en la actualidad. Al proclamarse califa -y exigir la lealtad de todos los musulmanes- Baghdadi le ha declarado la guerra a AQ y está obligando a todos los yihadistas del mundo a escoger entre el nuevo rey y el viejo.

La situación es fascinante, y en el fondo de la misma subyace algo tan simple como el cambio generacional. El liderazgo de AQ está basado en los ataques del 11-S, que ocurrieron cuando gran parte de los yihadistas actuales eran niños. OBL está muerto y cuando miran hacia Zawahiri ven a un hombre viejo, una figura mayormente simbólica que, encima, habla un lenguaje anticuado y teórico. Baghdadi, por contra, se proyecta como un hombre de hechos cuyo grupo, además, está explotando su presencia en las redes sociales de una manera digna de estudio.

La pregunta, por supuesto, es qué va a pasar ahora. Para muchos analistas, AQ se verá obligado a responder con un ataque espectacular en el mundo occidental. Atacar al IS, argumentan, podría ser contraproducente.

Otros, sin embargo, apuntan a rumores de una reconciliación durante el Ramadán, algo que sin duda beneficiaría al IS. En todo caso, el futuro del yihadismo dependerá en gran medida de lo que suceda con el califato declarado por el IS.

Precisamente por eso, el IS debe ser visto en su contexto inmediato: el de la rebelión suní postelectoral en Irak. Esa rebelión, a su vez, tiene sus raíces en dos grandes errores cometidos por los estadounidenses tras la invasión de 2003: la destrucción del aparato estatal de Saddam Hussein y la disolución de las fuerzas armadas. Ambas cosas crearon un ambiente perfecto para la consolidación del poder chií -previa guerra civil-, algo llevado al extremo en la gestión del primer ministro Nouri al-Maliki.

En este panorama, el IS no es más que una herramienta utilizada por el liderazgo sunita -apoyado por los países del Golfo- para presionar a Baghdad. De hecho, ideologías como la de Baghdadi -y la de Zarqawi antes que él- nunca han tenido arraigo en Irak, un país relativamente secular. Si los suníes aceptan al IS y sus ideas, realmente, es porque prefieren vivir con ellas a seguir bajo el gobierno de Maliki.

Al final, sin embargo, la decisión es de los líderes suníes. Así como han apoyado al IS es muy probable que puedan destruirlo, tal y como ocurrió tras el “despertar suní” de 2009 en el que grupos como el IS fueron aplastados. Si se les permitió sobrevivir, de hecho, fue para ser utilizados en casos como el actual.

Para que eso suceda, los iraquíes deben llegar a un entendimiento que permita a los jeques volverse contra el IS. Eso, a su vez, tiene muy pocos visos de suceder hasta que no se elija un nuevo primer ministro capaz de salvar las distancias que separan a unos y otros.

La situación es urgente, pero los iraquíes aún están a tiempo de resolverla. Mientras más cerca esté el IS de Baghdad, más aumentan las posibilidades de una guerra civil, algo que inevitablemente involucraría a Irán. Cada día que Irak pasa sin un nuevo Gobierno aumenta más el riesgo de que el IS realice un movimiento en Jordania -una línea roja para EU e Israel-, Arabia Saudí o Líbano, acercando un poquito más la posibilidad de una guerra regional. Si los iraquíes no actúan ya, podrían enfrentarse a un escenario como el del Líbano, que vivió por 15 años (1975-1990) una de las guerras civiles más absurdas y brutales que se recuerden– con califato o sin él.

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