conflicto histórico

Israel y los palestinos, táctica y estrategia

Israel carece de opciones aceptables para resolver sus problemas de seguridad, y el tiempo no parece estar de su lado.

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El retiro de las tropas israelíes de Gaza el domingo pasado y el establecimiento de un alto el fuego poco después trajeron la primera pausa significativa en más de un mes de conflicto. La relativa tranquilidad de la semana, en consecuencia, ha servido para llevar a cabo un ejercicio tan viejo como la guerra misma: la comparación de daños sufridos y objetivos alcanzados.

La muerte y la destrucción causadas por la mayor conflagración en los territorios palestinos desde la segunda Intifada (2000-2005) están bien documentadas. Pero, ¿qué hay de los objetivos? Cuando comenzó, el propósito de la Operación Margen Protector fue descrito como “detener el terror que los ciudadanos israelíes enfrentan a diario”. Para ello, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) bombardearon más de 4 mil 800 objetivos, destruyendo los túneles en el perímetro de Gaza -unos 32, de los cuales 12 conducían a Israel- y reduciendo el arsenal de cohetes de Hamas. Según las FDI, más del 70% de los cohetes fue destruido o lanzado a Israel.

¿Significa esto que la operación cumplió sus propósitos? La respuesta, por fuerza, debe ser negativa. El liderazgo de Hamas sigue intacto, al igual que la mayor parte de su red subterránea. La organización islamista, además, sigue en posesión de más de 3 mil cohetes. Al día de hoy, se puede decir con toda seguridad que Israel no ha acabado con la capacidad ofensiva de Hamas, de lo que se desprende que no ha “detenido el terror” y no ha cumplido su objetivo declarado. “¿Qué logramos con Margen Protector?”, rezaba un tuit emitido el jueves por las FDI. “La respuesta es simple: Hamas es ahora más débil. Israel es ahora más seguro”.

La dinámica post-2006

La autoevaluación de las FDI es especialmente significativa, pues pone de relieve la dinámica que ha caracterizado el conflicto en los últimos años. Desde su fundación en 1987 -con la complicidad de la inteligencia israelí-, Hamas utilizó tácticas insurgentes y terroristas que dependían de la entrada en contacto de los militantes con la población y el personal militar israelí. Para 2006, una mezcla de circunstancias -la barrera que encierra a Gaza, la retirada israelí el año anterior y el bloqueo impuesto tras la victoria electoral de Hamas ese enero- desembocó en una realidad estratégica nueva: Gaza estaba aislada. No solo de Israel, sino del mundo entero.

En la otra frontera, mientras tanto, Hezbollah había demostrado la efectividad del lanzamiento de cohetes hacia el Estado judío. Ante su nueva situación, Hamas -que tomó el control de Gaza en junio de 2007- adoptó la táctica, lo que le dio aún más importancia a la complejísima red subterránea que -ante el bloqueo y la constante vigilancia israelí- ya crecía por toda la franja. En concreto, Hamas desarrolló tres tipos de túneles: los de contrabando, para introducir toda clase de cosas (desde comida hasta armas); los estratégicos, para comunicación interna y almacenamiento de armas; y los ofensivos, para infiltrarse en territorio israelí y atacar o capturar a sus soldados.

Esa ha sido la situación desde entonces. Por un lado, los militantes palestinos trabajan a destajo para ampliar la red subterránea y conseguir la mayor cantidad y calidad de cohetes posible. Por el otro, los israelíes trabajan a destajo para evitarlo. Mientras, el bloqueo continúa y cada cierto tiempo hay una escalada de violencia que termina en una operación de las FDI. Ocurrió en 2008-2009, 2012 y 2014. A menos que ocurran eventos dramáticos en los próximos días, es casi seguro que habrá otra más adelante.

Para entender el porqué de estos ciclos es necesario considerar la situación desde el punto de vista israelí. Al enfrentar el problema de los cohetes y los túneles, Israel tiene dos grandes limitaciones. La primera es la inteligencia: no es capaz de detener la entrada de los cohetes a Gaza y tiene un panorama incompleto de los puntos de ensamblaje, almacenamiento y lanzamiento. En cuanto a los túneles, no tiene la capacidad para observar su desarrollo y debe intuir sus localizaciones y tamaños de manera indirecta.

Ambas amenazas, por supuesto, están íntimamente ligadas. Israel sabe que la mayor parte de los puntos de almacenamiento de cohetes se encuentran en túneles ubicados en áreas densamente pobladas. Y eso nos lleva a la segunda limitación: resolver el problema acarrearía una invasión y una ocupación extendida de la franja, algo que aumentaría no solo las víctimas civiles palestinas sino la exposición de los soldados israelíes a la muerte y al secuestro, resultando en un costo gigantesco en todos los aspectos.

´Cortando la hierba´

El liderazgo israelí, entonces, se encuentra atrapado en un dilema insoluble. La amenaza gazatí lo obliga a actuar, pero los costos de eliminarla son –por ahora– inasumibles. Ante esta disyuntiva, Israel se ha dedicado en los últimos años a lo que las FDI llaman “cortar la hierba”: operaciones periódicas en la franja cuyo objetivo es diezmar a Hamas mediante la destrucción de los puntos de lanzamiento de cohetes y los túneles que conducen a Israel.

Así planteado, es difícil comprender la enorme devastación y la desproporcionada cantidad de muertes de civiles. Para ello, es necesario considerar el segundo objetivo de “cortar la hierba”: el castigo a la población gazatí. La enorme cantidad de víctimas civiles, los ataques a escuelas, hospitales y mercados y algunos actos imposibles de justificar militarmente –como la destrucción de la única planta eléctrica de la franja– han llevado a muchos analistas a preguntarse si las FDI no estarán aplicando la llamada “doctrina Dahiya”, nacida en 2006 cuando las FDI destruyeron el barrio que le servía de fortín a Hezbollah en Beirut. Lo que ocurrió allí, declaró el mayor general Gadi Eizenkot, “sucederá en todos los pueblos desde donde se le dispare a Israel. (...) Aplicaremos fuerza desproporcionada y causaremos grandes daños y destrucción allí. Desde nuestro punto de vista, estos pueblos no son civiles sino bases militares”.

Pero no es solo Israel el que realiza sus quehaceres domésticos cada cierto tiempo en Gaza. Para Hamas, el punto es demostrar que puede atacar a Israel cuando quiera, perturbando la vida diaria de sus ciudadanos y manteniendo al país a la defensiva. Y aunque la gran mayoría de los cohetes no causa daño alguno, lo verdaderamente importante es el hecho de que fueron introducidos a Gaza bajo las narices israelíes. Algún día, temen unos y esperan otros, armas más letales podrían llegar a la franja de esa manera.

La dinámica del conflicto entre Israel y Hamas, entonces, está determinada por los fallos de la inteligencia israelí, ya sea a la hora de impedir la entrada de cohetes a Gaza o de obtener un panorama detallado de la red subterránea de Hamas. De hecho, fuentes militares han confirmado que los túneles de Hamas son mucho más numerosos y sofisticados de lo que se había pensado. Lo que emerge, escribió Shane Harris en Foreign Policy, “es un patrón en el que la inteligencia israelí parece entender la amenaza, pero carece de detalles específicos para saber cuándo, dónde y cómo el enemigo va a atacar”.

A largo plazo

Descrita la situación, es el momento de mirar hacia el futuro. ¿Dónde acaba todo esto? Para responder a esa pregunta, hay que comenzar reconociendo que, en la actualidad, Israel goza de una seguridad prácticamente inmejorable. “Su economía es superior a la de sus vecinos, los palestinos son débiles y están divididos, y nadie en la región supone una verdadera amenaza”, escribió George Friedman.

Partiendo de esa idea, y del principio de que es recomendable negociar desde una posición de fuerza, es difícil para muchos comprender cómo el Estado judío no ha hecho un mayor esfuerzo para llegar a un acuerdo con los palestinos. La respuesta va descubriéndose a medida que se analiza a conciencia la posibilidad de una solución de dos Estados. El primer problema sería la viabilidad de un Estado palestino, compuesto por dos territorios sin contigüidad territorial y que sería, para todos los efectos, un satélite económico de Israel (con todo lo que eso conlleva). Luego hay un tema de soberanía: para Israel, la creación de un Estado palestino soberano traería amenazas de seguridad que no está dispuesto a tolerar, y menos considerando la posición en la que se encuentra hoy. A medida que se estudian las posibilidades, escribió Friedman, “vemos que cualquier solución exigida por una parte sería intolerable para la otra”. En este sentido, añadió, “los extremistas de ambos lados son más realistas que los moderados”. La estrategia israelí, entonces, pasa por mantener su poder al máximo nivel y prevenir el surgimiento de nuevas amenazas. “Manejar” el conflicto, en otras palabras.

La estrategia palestina, por otro lado, es simplemente sobrevivir. La lógica es simple: a largo plazo, es tan difícil imaginar eventos que mejoren la posición israelí como fácil concebir situaciones que la empeoren. Dichos eventos van desde cambios radicales en la región hasta la llamada “bomba demográfica”, la posibilidad de que las altas tasas de natalidad entre los árabes israelíes (20% de la población) deriven en una amenaza democrática al carácter judío del país. Más allá de los detalles, el punto es claro: los 4.3 millones de palestinos en Gaza y Cisjordania –más los millones en campos de refugiados por toda la región– no van a esfumarse, y aunque Israel apuesta por aguantar el statu quo, lo cierto es que todo en la vida cambia.

Así las cosas, no debería extrañar a nadie que esta ansiedad se esté manifestando con creciente claridad en la sociedad israelí. Cerca del 90% de los judíos israelíes apoyó la última operación, y menos del 4% considera que el ejército utilizó una “potencia de fuego excesiva”. Las imágenes de israelíes observando el bombardeo y vitoreando le han dado la vuelta al mundo, al igual que las manifestaciones en las que se celebraba la muerte de niños palestinos. El académico Mordechai Kedar dijo recientemente que la única manera de acabar con el “terrorismo” palestino era amenazando con violar a sus mujeres. Yochanan Gordon, bloguero del Times of Israel, publicó un artículo titulado “Cuando el genocidio es permisible”, que tuvo que ser removido poco después.

Por el lado político, la guerra en Gaza ha intensificado el giro a la derecha que se venía dando, y hoy Benjamín Netanyahu luce como el miembro más liberal de su propio partido. La diputada Ayeled Shaked ha llamado abiertamente al genocidio de los palestinos, y el vicepresidente del Parlamento, Moshe Feiglin, publicó recientemente una carta que le envió al primer ministro en la que pedía la “conquista” de Gaza y la creación de campos de concentración para palestinos como paso previo a su expulsión a otros países.

Para Israel, las señales preocupantes no solo vienen de adentro. Una encuesta reciente reveló que más estadounidenses entre 18 y 29 años culpan a Israel del conflicto que a Hamas, un cambio radical con respecto a los encuestados mayores de 30 años. En un análisis, la revista Salon atribuía los resultados principalmente al progresivo debilitamiento del Holocausto nazi como justificación para las acciones israelíes.

Viéndolo todo en conjunto, es difícil encontrar motivos para el optimismo. Hasta Benny Morris, quizá el mejor historiador de Israel, ha colgado los guantes. “Las décadas de estudiar el conflicto (...) me han dejado con un profundo sentimiento de desesperanza. He escrito suficiente sobre un conflicto que no tiene solución”, dijo hace poco. “Lo único optimista que puedo decir –añadió– es que la historia del movimiento sionista y de Israel es tan inusual e impredecible que (...) aún puede sorprendernos para bien. Quizá. Anhelo esa sorpresa”.

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