medio oriente.

Perspectiva Sharon va por buen camino

Las entrevistas de los políticos israelíes con los inquilinos de la Casa Blanca suelen convertirse en acontecimientos mediáticos. Y ello, por la sencilla razón de que a Israel le interesa hacer hincapié en el apoyo del establishment de Washington, mientras que a la Administración estadounidense o, mejor dicho, a las Administraciones, les resulta muy grato ofrecer la imagen de "amigas del pueblo judío". En ambos casos, la noticia destaca por su carácter electoralista. De hecho, aunque los interlocutores no lleguen siempre a una total sintonía, las disensiones suelen quedar relegadas en un segundo, véase tercer plano.

El reciente encuentro del primer ministro israelí, Ariel Sharon, con el presidente Bush, celebrado en el rancho de Crawford (Texas), puso de manifiesto las embrionarias aunque no irrelevantes diferencias entre la Administración republicana y las autoridades de Tel Aviv. Embrionarias, sí, puesto que durante su primer mandato, el inquilino de la Casa Blanca se limitó a escuchar las razones del viejo general, sin molestarse siquiera en contrastar la versión ofrecida por el político hebreo con los argumentos de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Aparentemente, Bush lo tenía claro: ninguna objeción procedente del entorno de Yasser Arafat (¡ay, el "abominable" Arafat, que la propaganda militar israelí tildó, durante la guerra de 1982, de "caudillo de los terroristas") podía pesar en la balanza frente a la agresiva y sumamente eficaz retórica sharoniana.

Sin embargo, George W. Bush trató de complacer a sus caprichosos aliados saudíes, al aludir, en un par de ocasiones, a la necesidad de apoyar la creación de un Estado palestino. Pero el discurso presidencial resultaba ambiguo, poco convincente, en comparación con el sinfín de concesiones reales hechas a las exigencias de Tel Aviv.

En efecto, durante el encuentro celebrado hace un año en la Casa Blanca, el Presidente accedió a las demandas de Sharon, manifestando públicamente que la solución del conflicto israelo-palestino debía tomar en consideración las "nuevas realidades" en la zona, es decir, la prolongada presencia hebrea en los territorios ocupados y colonizados por el Estado judío. La postura de Bush generó un profundo malestar en las capitales árabes. Los gobernantes, que usan y abusan de la coartada palestina para mantener férreos sistemas represivos, fueron incapaces de justificar ante la opinión pública de sus respectivos países su apoyo a Estados Unidos, un país que se disociaba de la búsqueda de una solución equitativa del conflicto.

Tras el fallecimiento de Arafat, que coincidió con la victoria electoral de Bush, la Casa Blanca puso en marcha un titubeante operativo Palestina. Se trataba de potenciar la figura del nuevo líder de la ANP, Mahmud Abbas, personaje poco carismático, que contaba, sin embargo, con el apoyo de Israel. Abbas debía comprometerse a acabar con la "violencia terrorista" (¿sólo hay "terroristas palestinos"?) es decir, de asumir el papel de gendarme de su pueblo. Pese a los esfuerzos desplegados por el nuevo raís, quien logró negociar una tregua con los movimientos radicales, los representantes del estamento castrense hebreo están descontentos: los grupúsculos islámicos se rebelaron contra la muerte (nada accidental) de tres jóvenes de Gaza, asesinados por las fuerzas de ocupación hebreas, disparando cohetes artesanales contra el territorio israelí. El ministro de defensa hebreo, Shaul Mofaz, no dudó en afirmar que a Abbas la situación se le había "ido de la mano" y que no parecía contar con los dotes de mando exigidas por Tel Aviv. Paralelamente, Ariel Sharon lograba el apoyo de Bush a la retirada de Gaza, operativo éste a la vez estratégico y mediático, que pretende eclipsar la ausencia de resultados concretos en la aceptación/aplicación por parte de los contrincantes de la Hoja de Ruta. Con su frase: "he dedicado toda la vida a defender a los judíos y ahora, por vez primera, tengo que protegerme de ellos", el Primer Ministro hebreo logró el efecto deseado: convertirse en… víctima de los radicales.

Pero, ¿qué pretende ocultar este viejo militar, castigado en reiteradas ocasiones por insubordinación a los altos mandos del ejército israelí? Pues bien, Sharon pretende hacernos olvidar que la retirada de Gaza no cuenta con un plan de reasentamiento claramente definido, que las indemnizaciones de los colonos se pagarán con dinero estadounidense, que la política de colonización llevada a cabo por las autoridades de Tel Aviv en Cisjordania tiende a aislar total y definitivamente los barrios palestinos de Jerusalén, que el desmantelamiento de las colonias ilegales está compensado con la constante expansión de los asentamientos legales, vedada y condenada por la Hoja de Ruta, que Israel se apresta a reclamar la soberanía "permanente" sobre los asentamientos de Cisjordania "pase lo que pase".

Pese a la inesperada regañina de Bush, el viejo general estima que las diferencias con Washington son… "insignificantes". Ni qué decir tiene que para los radicales de Tel Aviv, Ariel Sharon va por buen camino.

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