las estructuras que sostienen nuestro mundo, al desnudo

Reenfocando el ´Snowdengate´

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Tras cuatro semanas atrapado en el aeropuerto internacional Sheremetyevo de Moscú, Edward Snowden y su destino siguen cautivando la atención mundial. El último giro de su particular odisea ha sido su pedido –a inicios de la pasada semana– de asilo temporal en Rusia, un estatus legal que le permitiría entrar al país y buscar la mejor manera de llegar a alguno de los tres Estados –Nicaragua, Venezuela o Bolivia– que le han ofrecido asilo de manera oficial.

Por varias razones, el caso de Snowden y sus revelaciones es extremadamente significativo, pues superpone debates que desnudan las estructuras –físicas e ideológicas– que sostienen nuestro mundo. El primero de ellos es la caracterización del propio exanalista de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Para algunos, el hombre es un whistleblower, un individuo de principios que decidió revelar a su país y al mundo una serie de informaciones secretas que –en su opinión– debían ser debatidas democráticamente. Snowden, alegan sus defensores, abandonó una vida idílica –profesional, personal y económicamente– para acudir a la prensa –y no, enfatizan, a los servicios de espionaje de ningún gobierno ni a un website sin criterios periodísticos como Wikileaks– para publicar solo aquellos documentos que cumplieran la doble condición de informar al público sin perjudicar la seguridad nacional de Estados Unidos (EU). Su temor a ser capturado, torturado o ejecutado, no obstante, lo ha llevado a diseñar un mecanismo de “hombre muerto” por el cual esos documentos saldrían a la luz pública si algo le llegase a suceder).

Para otros, Snowden es un traidor. Si fuera realmente un whistleblower, sostienen, se habría quedado a enfrentar el sistema legal de la Constitución que dice proteger y del país que dice amar. Sus argumentos, además, no descartan la venta –o extracción sin su anuencia o consentimiento– de los secretos que guardan sus laptops por parte de China o Rusia, por lo que sí ha puesto en peligro a miles de compatriotas. Y por encima de todo, ¿quién es él para decidir lo que es dañino o no para la seguridad nacional estadounidense? Tras ponderar algunos de estos argumentos en el Geopolitical Monitor, Alexander Holstein concluía que “lo más probable es que sea simplemente un narcisista interesado, un loco suelto que cree conocer mejor que nadie cuáles son los intereses del pueblo estadounidense”.

El dilema de Snowden, como Prometeo o Judas, es complejo e intenso, pero no debe eclipsar el aún más importante debate sobre el contenido de sus revelaciones. Básicamente, Edward Snowden destapó al mundo la capacidad de su gobierno a través de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) de almacenar –y monitorear selectivamente– todas las comunicaciones humanas hechas a través de medios electrónicos. Para muchos, especialmente los no estadounidenses, el impacto de sus revelaciones reside en la capacidad en sí: después de todo estamos ante la primera prueba incontestable de que habitamos un mundo orwelliano, en el que la noción de privacidad quizá haya muerto. Para otros, lo verdaderamente significativo no es la capacidad –dado el estado de la tecnología, lo extraño sería que no lo pudieran hacer– sino la manera como se ha estado haciendo.

Entre lo legal y lo ético

Empecemos por los segundos, y hagámoslo considerando lo que el Gobierno estadounidense admite hacer con esa capacidad tecnológica. En un artículo en la revista Foreign Policy, Stewart Baker ilustraba con un ejemplo la necesidad de la NSA de utilizar los metadatos de las llamadas telefónicas (duración, hora, localidad, etc.) en sus esfuerzos antiterroristas. El escenario hipotético –que involucraba un ataque terrorista en EU planeado desde Yemen– muestra que sí hay circunstancias que justificarían la necesidad gubernamental de obtener ese tipo de información. Sin embargo, en palabras de Baker, “el gobierno debe permanecer obligado a monitorear exclusivamente a aquellos de quien sospecha legítimamente”. El problema, entonces, es de carácter legal.

En EU, la vigilancia doméstica es regulada por la llamada Corte FISA (o FISC). Creada en 1978 como producto de la Ley de Vigilancia de la Inteligencia Extranjera (FISA, en inglés), la FISC es un ente judicial top secret que supervisa solicitudes de vigilancia contra presuntos espías o terroristas dentro de EU por agencias como la NSA o el FBI. Su simple existencia expone la necesidad de control que surgió a propósito del espionaje doméstico en EU, y su fecha de creación –apenas tres años después del final de la guerra de Vietnam– da las primeras pistas para entender la compleja relación del Gobierno estadounidense con el control de las comunicaciones como parte de la seguridad nacional. Una relación cuyos orígenes se remontan a 1898 –cuando las primeras técnicas de espionaje masivo fueron usadas en la ocupación de las Filipinas– y que, tras el desastre de Pearl Harbor, el resultado de la Segunda Guerra Mundial –en el que la interceptación de comunicaciones alemanas y japonesas fue clave– y la paranoia de un ataque nuclear imprevisto por parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), fue convirtiéndose en una verdadera obsesión. Washington quería saberlo todo. Y para hacerlo, ergo, debía recolectarlo todo.

La FISC se mantuvo en su rol fiscalizador hasta el día en que todo cambió. Tras el 11-S, EU ha experimentado una especie de paranoia a la Pearl Harbor, pero esta vez con unas posibilidades tecnológicas casi ilimitadas y contra un enemigo global, invisible, invencible. Y así, la FISC se encontró autorizando la recopilación secreta de más y más información, lo que la llevó a estar en el ojo de varios huracanes. Ninguno, sin embargo, ha sido tan grande como el desatado por Snowden.

En un artículo reciente, en el que revelaba el alcance y evolución de la corte, el periodista Eric Lichtblau de The New York Times afirmaba que la FISC “se ha convertido (...) en una Corte Suprema paralela”. En este sentido, hasta el especialista legal del think tank Council on Foreign Relations –que suele ser pro establishment–, Matthew Waxman, admitió que “si bien entiende la necesidad de clandestinidad de la FISC, le preocupa mucho el concepto de ley secreta”. La FISC, hay que añadir, ha aprobado más del 99% de los pedidos de vigilancia que ha recibido desde el 11 de septiembre de 2001.

El caos conceptual

Para George Friedman, uno de los principales analistas geopolíticos de la actualidad, en el epicentro del dilema estadounidense entre seguridad y libertad yace un caos conceptual que tiene consecuencias trascendentales para nuestros días. Ese caos, explicó en su libro The Next Decade, tiene un origen muy sencillo: el terrorismo es una táctica de guerra, no un enemigo. Al declararle la guerra, por ende, el Gobierno estadounidense “elevó un tipo de ataque a una posición que ha marcado su estrategia global”.

Para Friedman, la violación de los derechos ciudadanos, al igual que las capacidades de vigilancia de la NSA, no son temas trascendentales en sí mismos. A lo largo de la historia estadounidense, argumentó en un ensayo reciente, esos derechos se han suspendido en varias ocasiones, específicamente en tiempos de guerra. La diferencia, por supuesto, es que las guerras anteriores tenían enemigos específicos y criterios de victoria o derrota que permitían el levantamiento de esos períodos especiales. Ahora, escribió, “Edward Snowden está acusado de ayudar a un enemigo que nunca ha sido designado de manera legal. Cualquiera que contemple el terrorismo es un enemigo. Y después de todo, ¿cómo se define el terrorismo? ¿Y cómo se distingue del crimen?”.

Las preguntas son complejas, pero sus respuestas comienzan con un hecho incontestable: el terrorismo es imposible de erradicar. En consecuencia, los programas que denunció Snowden –y la violación a los derechos ciudadanos que conllevan– tampoco se van a detener. Para Friedman, “la cuestión crítica es si el peligro del terrorismo es suficiente para ignorar el espíritu de la Constitución. Si lo es, entonces se debe declarar formalmente la guerra o un estado de emergencia. El peligro de esos programas de vigilancia es que la decisión de implementarlos fue tomada sin el debido proceso. Ese es el punto en el que los gobernantes socavaron la Constitución, y el público estadounidense es responsable por permitírselo”.

Toda esta parafernalia de constituciones, cortes y legalidades es, a su vez, asunto exclusivamente estadounidense. Dicho de la forma más cruda posible, la justificación estadounidense para recoger y utilizar la información del resto del mundo no existe porque, simple y sencillamente, no hace falta. El debate para ellos es entre lo legal y lo ético. Para nosotros el tema es mucho más complejo, y de muchísimas maneras, mucho más real. No es casualidad, por ejemplo, que el mismísimo Snowden haya justificado sus acciones no en términos legales, sino simplemente porque se rehúsa “a vivir en una sociedad donde cada expresión de creatividad, de amistad o de amor es grabada”.

El mundo de Snowden

En el contexto internacional, las revelaciones de Snowden han sido recibidas con una (¿sorprendente?) falta de indignación. No así el drama de su destino, que se ha convertido en una apasionante radiografía del orden internacional actual. Para muchos, el affaire ha puesto de relieve la existencia de un eje antiestadounidense liderado por Rusia y China, potencias que entienden la oposición a las posiciones norteamericanas como su rol natural. China ha sido la más beneficiada, pues albergó al muchacho y luego, magistralmente, logró pasarle la papa caliente a los rusos. Para Moscú, por otro lado, el caso Snowden representa un dilema existencial. Rusia tendrá que decidir –y hacerlo pronto, ya que a principios de septiembre está programado que Obama visite el país– qué clase de rol quiere jugar en el mundo, y por ende, qué clase de relación va a tener con EU.

Mucho dependerá de lo que decidan los rusos. Hasta ahora, el caso Snowden demuestra que no hay dónde esconderse del gigante norteamericano. Países como Francia, Portugal, Italia, España o Austria –otrora potencias imperiales– hicieron de peones –aun tras saberse víctimas del espionaje estadounidense– en la humillación que sufrió el presidente de Bolivia. Latinoamérica ha mostrado su independencia, pero también su división actual, con un trío de países –ideológicamente alineados– ofreciendo asilo al muchacho y los demás mirando para el otro lado. Y de todos los países de la región, quizá sea el nuestro el más señalado, al ser el único en rechazar una resolución en la Organización de Estados Americanos (OEA) condenando el incidente aéreo del mandatario boliviano.

Nuestro caso, además, ejemplifica la perversa dinámica en la que estos programas pueden caer. En un incidente quizá sin precedentes, y constatado por uno de los cables filtrados por Wikileaks, el presidente de Panamá le pidió a la embajadora de EU acceso a un programa de vigilancia –cuyas escuchas eran aprobadas por la Corte Suprema de Justicia– como “renta” por el uso de instalaciones panameñas por parte del Gobierno estadounidense.

La diplomática se negó, pero el episodio –unido a las revelaciones de Snowden– pone de relieve uno de los dilemas más importantes de nuestros tiempos. ¿Cómo controlar a –y vivir con– un gobierno que –más allá de consideraciones legales– tiene la capacidad de oírlo, leerlo y saberlo todo? Algunos intelectuales ya han empezado a unir los puntos. En un ensayo reciente, la escritora Rebecca Solnit hablaba de “la construcción de una infraestructura electrónica masiva que supera nuestra capacidad para manejarla democráticamente, y el retroceso en nuestra economía, en la que estamos recreando los abismos de clase que marcaron el siglo XIX. Ambos objetivos se entrelazan como serpientes haciendo el amor”.

Así, continuó Solnit, mientras que Snowden se rebeló por indignación, “tantos otros se están rebelando porque sus vidas se han vuelto imposibles. Y ahora que nos rebelamos, las nuevas tecnologías son amigas y enemigas. Si las imaginamos como el fuego que Prometeo robó a los dioses, funciona en ambos sentidos, para nosotros y para ellos, para crear y para destruir”.

Es muy probable que los mejores capítulos del affaire Snowden aún estén por verse. El tiempo dirá dónde y cómo termina su intento de escapar de las garras de la única superpotencia mundial. Pero por encima de eso, es innegable que el joven estadounidense –de apenas 30 años– se ha convertido en el último de una serie de casos que ejemplifican los dilemas más profundos del mundo en el que vivimos: los efectos de la globalización política y económica, el equilibrio entre seguridad y libertad, y sobre todo el rol de la tecnología en cada uno de ellos... Ese mundo aún no tiene nombre –eso le corresponderá a historiadores venideros– pero ya tiene víctimas: los Edward Snowden, Julian Assange, Bradley Manning e incluso el difunto Aaron Swartz, juntos o por separado, constituyen las caras visibles de una serie de conflictos que deberán ser resueltos en la mente y el corazón de cada ser humano.

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