el sucesor de chávez, ante una bomba de tiempo

Venezuela escoge malabarista

Los comicios prometen ser una repetición de los de octubre, aunque no se descartan sorpresas. El ganador, sin embargo, tendrá muy poco margen de maniobra para afrontar los problemas del país.
PALABRA. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito. PALABRA. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito.
PALABRA. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito.

“Es como un déjà vu otra vez”, dijo célebremente la leyenda beisbolística Yogi Berra, al ver a dos bateadores distintos jonronear en turnos consecutivos. En Venezuela, que es el segundo exportador de jugadores a las Grandes Ligas, la frase de Berra captura exactamente las sensaciones con las que propios y extraños llegan a estas elecciones: en su segundo turno al bate en solo seis meses, se espera que el chavismo vuelva a sacar la pelota del parque. La oposición, por el contrario, se lo pondrá complicadísimo al lanzador, y esperará la pelota adecuada. Lo normal es que vuelva a poncharse, pero, como dijo Berra, esto no se acaba hasta que se acaba.

En los últimos 30 años, sólo dos presidentes latinoamericanos –Daniel Ortega, en Nicaragua, e Hipólito Mejía, en la República Dominicana– han fracasado en sus intentos de reelección. La dura estadística es quizá el más poderoso indicador de lo que se puede esperar hoy. No solo porque el espacio entre comicios –solo seis meses, con la muerte del presidente hace apenas 40 días– ha sido demasiado corto como para generar grandes cambios, sino porque, por encima de todo, quienes voten por Nicolás Maduro lo estarán haciendo realmente por Hugo Chávez.

La campaña

Lo de hoy es una reelección en todo menos en nombre, y esa circunstancia ha marcado a fondo la campaña más corta de la historia de Venezuela. Maduro ha intentado presentarse como una especie de chamán proletario, mediador entre cielo y tierra, que sacrificará todo por ganar la guerra de clases y, así, continuar la obra de su cuasidivino predecesor.

En solo nueve días, Maduro no solo ha invocado a los espíritus del imperialismo, la burguesía y hasta la homofobia para descalificar a Capriles, sino que además ha asegurado poseer facultades extraordinarias, como la capacidad de comunicarse con un pajarito y de hacer caer maldiciones a aquellos “miembros del pueblo” que no voten por él.

Capriles, por su parte, ha respondido con igual ferocidad a los insultos personales –algo que no hizo hace seis meses–, tildando a Maduro de enchufado, títere (cubano), ignorante y vago. El gobernador de Miranda ha prometido un chavismo light –menos politizado e ideológico, pero más eficiente y moderno– y, a la vez, ha entrado de lleno al revival de la religión en política venezolana, luciendo hasta dos rosarios al cuello en sus actos de campaña, y mostrando imágenes de la virgen en sus entrevistas televisadas. “Por momentos”, escribió la agencia DPA, “los discursos místicos eclipsaron los problemas económicos del país”.

Pero todo eso es pasado: esta misma noche sabremos quién será el próximo presidente de Venezuela. Para la mayoría de las personas, la elección de uno u otro candidato traerá cambios radicales. La realidad, sin embargo, es que la Venezuela del domingo será la misma que la del lunes, y serán las realidades impersonales del país las que marcarán el destino del vencedor.

En términos más concretos, el próximo presidente venezolano se enfrenta a una bomba de tiempo, con una economía devastada, escasez de ciertos alimentos (y de dólares con qué importarlos), una inflación casi fuera de control, una industria petrolera cada vez más ineficiente y una situación escandalosa de seguridad. Todo ello, además, aderezado por un potencial enorme de inestabilidad social que limitará enormemente el margen de maniobra disponible.

Economía y petróleo

La prioridad del próximo presidente deberá ser la economía. El modelo chavista ha fracasado incluso a ojos de sus arquitectos: el Gobierno tuvo que hacer dos devaluaciones del bolívar a solo semanas de la elección presidencial. El nuevo mandatario recibirá una economía donde empiezan a escasear ciertos alimentos, con un déficit público de 70 mil millones de dólares (22% del PIB), una deuda externa rondando los 100 mil millones, y una tasa de inflación aproximándose al 30%.

El Gobierno venezolano, además, lleva en piloto automático desde hace más de un año –debido a dos campañas políticas seguidas– y ha pospuesto todas las decisiones económicas importantes que ha podido. Esto hace que, desde el lunes, la absoluta prioridad pase a ser la implementación de una serie de medidas que contribuyan a reducir –o al menos, hacer más eficiente– el gasto público. Esas medidas incluirían una subida de impuestos, del precio de la gasolina y/o una nueva devaluación del bolívar.

Cualquier análisis de la economía venezolana, y más en la era de Chávez, tiene su alfa y omega en el petróleo. En su forma más simple, la ecuación es sencilla, y fue descrita por Rory Carroll, el excorresponsal del diario británico The Guardian en Caracas: “si los precios del petróleo permanecen altos, o incluso si aumentan, el nuevo presidente tendrá margen de maniobra para implementar los impopulares ajustes de manera selectiva y gradual. Si los precios del crudo caen, tendrá suerte si termina su período”.

En los últimos 15 años, Hugo Chávez convirtió a PDVSA en su santo grial: el petróleo representa el 95% de las exportaciones –era el 80% en 1999– y casi dos tercios de los ingresos fiscales (50% hace 14 años). Hoy, la petrolera maneja desde importaciones de alimentos hasta la construcción de casas, y es la pieza clave–quizá la única– de todo el entramado económico y político construido por Chávez.

Los precios del petróleo han acompañado, pero la petrolera luce cada vez peor. La ineficiencia es cada vez mayor y la producción está estancada en 3 millones de barriles diarios (bpd), cuando en 1998 era de 3.3 millones de bpd (Chávez había prometido llegar a los 5 millones este año). Como consecuencia, se proyecta que PDVSA solo podrá contribuir con el 60% del dinero que se tenía proyectado para 2013.

Lo que se requiere, según la experta en energía Luisa Palacios, “es devolver a la petrolera a su propósito principal –producir petróleo–y permitir una mayor participación de compañías extranjeras”. Pero además, Venezuela necesita urgentemente revisar lo que hace con el petróleo que extrae de su suelo. Hoy por hoy, el país solo recibe dinero a precios internacionales por menos del 60% de su producción (gran parte de la cual es comprada, irónicamente, por EU). “El resto es vendido, a precios increíblemente subsidiados, en el mercado local, o a Cuba y otros países latinoamericanos sin compensación monetaria inmediata y a China –a precios descontados– para pagar la deuda bilateral. El próximo presidente deberá cambiar dramáticamente la política energética”, añade Palacios.

Crimen y castigo

Los desafíos económicos están, a la vez, profundamente amarrados a unos desafíos sociales cada vez más grandes. Ninguno, sin embargo, es mayor que el de la creciente inseguridad en las calles del país.

Como fenómeno, la criminalidad no se originó en la era chavista. Sin embargo, ha sido durante la ´revolución bolivariana´ que ha llegado a niveles escandalosos. De acuerdo a cifras oficiales, Venezuela registró 16 mil homicidios y más de mil secuestros en 2012.

Solo esas cifras bastan para catapultar al país al ranking de los cinco países más violentos del mundo. Pero el Observatorio Venezolano de Violencia, una ONG local, da un panorama aún más preocupante. Según sus cifras, fueron 21 mil 700 las muertes por homicidio, dándole a Venezuela una tasa que dobla la de Colombia, un país que, conviene recordar, lucha contra dos insurgencias armadas.

A pesar de las cifras, la conexión entre la violencia y el Gobierno Nacional no ha calado unánimemente entre los venezolanos. Chavistas y opositores reconocen la gravedad del problema, pero la atribuyen a causas distintas. Este comportamiento responde a lo que la socióloga venezolana Verónica Zubillaga llamó “la paradoja de la revolución bolivariana”: mientras que los estándares de vida en sectores populares (sobre todo para mujeres y niños) han aumentado considerablemente, la violencia, la corrupción y el abuso policial han seguido una evolución similar.

Desafíos ´a la medida´

Los temas anteriores determinarán en gran parte la gestión del próximo presidente venezolano. Sin embargo, cada uno de ellos encontrará desafíos particulares una vez alcanzado el poder.

De ganar Capriles, se espera que la inversión extranjera –o el intento de atraerla–sea una de las protagonistas del cambio que ha prometido. El “flaco”, no obstante, deberá conquistar a los inversores sin tocar el delicado balance político y social del país, algo que se antoja complicado.

Por otro lado, el ahora líder opositor deberá afrontar un gobierno lleno de chavistas –muchos de ellos radicales– y, a la vez, intentar mantener unidos a los elementos radicales y moderados dentro de su propia coalición.

Por su parte, Maduro tendrá un panorama tan o más complicado. En términos generales, se podría decir que el rol de Maduro deberá ser análogo al que actualmente juega Raúl Castro en Cuba: un sucesor que, sin el carisma del hombre fuerte, deberá realizar reformas sin alterar manifiestamente la doctrina ideológica oficial.

En el ámbito económico, el ´bigotón´ tendrá que reformar sin alejarse demasiado del camino chavista. En este sentido, se especula con que su primera decisión sería prescindir del ministro de Finanzas Jorge Giordani, uno de los principales arquitectos del sistema económico venezolano. En su reemplazo podría entrar José Alejandro Rojas, que ya ocupó el puesto y es considerado un hombre más pragmático.

Maduro también afrontará el complicado desafío de mantener la unidad del chavismo. Hoy por hoy, el país está gobernado por un triunvirato completado por el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, y el presidente de PDVSA, Rafael Ramírez. El problema, sin embargo, es que la arquitectura interna del chavismo está diseñada para ser encabezada por un líder absoluto e incontestable como Chávez. Como simple sucesor, es solo cuestión de tiempo que uno o varios chavistas desafíen la autoridad de Maduro. El excanciller deberá, por ende, iniciar negociaciones con todas las facciones y, más concretamente, promover el retorno de los límites a los términos presidenciales.

Las armas

Finalmente, el ganador de los comicios deberá sentarse a negociar con los que llevan las armas. Mucho se ha especulado con la relación entre Maduro y el ejército. Por ahora, no obstante, la relación parece sostenerse. Capriles, por su parte, tendría una tarea muchísimo más difícil. En la actualidad, por ejemplo, 11 de los 20 gobernadores estatales del país tienen formación militar.

Ambos, por otro lado, deberán manejar las acusaciones de corrupción, narcotráfico, tráficos de armas, apoyo a las FARC y minería ilegal que revolotean sobre los uniformados. Desde 2008, por ejemplo, el departamento del Tesoro de EU ha hecho una serie de acusaciones contra un número de altos oficiales venezolanos, incluyendo a los actuales gobernadores de los estados de Trujillo y Guárico, Henry Rangel Silva y Ramón Rodríguez Chacín.

Aún más delicado será el manejo de la relación con los ya famosos colectivos armados. Estos grupos, como los Tupamaros o La Piedrita, han manifestado abiertamente su compromiso con la ´revolución´ y han amenazado –incluso a Chávez– con recurrir a la violencia en el momento que el compromiso del Gobierno con el socialismo empiece a cambiar.

Deshacer, o incluso reformar, el sistema chavista será una tarea complicadísima, un acto de malabarismo donde las más que seguras acusaciones de neoliberalismo e imperialismo tendrán el potencial de revivir los peores fantasmas del pueblo venezolano. Al que gane esta noche le espera una bomba de tiempo. Como apuntaba un analista, “el cáliz está tan envenenado que muchas figuras de oposición esperan que Maduro gane para que el chavismo tenga que tragarse las consecuencias que están por venir”.

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