LOS FALKLANDESES EXIGEN RESPETO A SU DERECHO DE AUTODETERMINACIÓN

Una apuesta por el triunfo de la voluntad

PRINCIPAL. Stanley, la capital de las islas Falklands/Malvinas, es una comunidad pequeña y apacible en donde los lugareños se conocen desde la infancia y los visitantes se destacan como un grano de pimienta en un salero. CORTESÍA/Luis Alberto Velászquez PRINCIPAL. Stanley, la capital de las islas Falklands/Malvinas, es una comunidad pequeña y apacible en donde los lugareños se conocen desde la infancia y los visitantes se destacan como un grano de pimienta en un salero. CORTESÍA/Luis Alberto Velászquez
PRINCIPAL. Stanley, la capital de las islas Falklands/Malvinas, es una comunidad pequeña y apacible en donde los lugareños se conocen desde la infancia y los visitantes se destacan como un grano de pimienta en un salero. CORTESÍA/Luis Alberto Velászquez

El asunto geopolítico y la discusión bizantina en la que el resto del mundo está enzarzado, no tiene sentido alguno para los falklandeses, como se autodenominan los habitantes de las islas Falklands/Malvinas.

Son falklandeses son británicos y no tienen duda alguna, al contrario, se sienten orgullosos de su herencia, del estilo de vida que distingue a su comunidad y que ven amenazado por lo que consideran “pretensiones infundadas” de Argentina.

No importa lo que se diga en los foros internacionales, ellos hacen planes para el futuro, pues no se conciben de otra forma ni en otro lugar, porque “este es mi sitio”, como dejó sentado en una canción una falklandesa de séptima generación.

Jamie Fotheringham, encargado del desarrollo de políticas del Gobierno de las islas, explica que por el momento las cosas marchan bien. Son económicamente autosuficientes. Es decir, no dependen de subsidios económicos de Londres, como tampoco le pagan tributo.

Todo lo que generan las islas se queda en las islas, aseguran tanto Fotheringham como Dick Sawle, Barry Elsby, Gary Short y Mike Summers, los cuatro asambleístas entrevistados. “Nosotros administramos nuestra riqueza porque no somos una colonia”, remató Elsby.

La única cosa en la que dependen de Londres es en materia de seguridad y en la representación diplomática.

Por ahora viven holgadamente de su floreciente industria pesquera, que aporta el 60% de sus ingresos. El resto proviene del campo y el turismo.

En las islas, que albergan a 3 mil personas según el último censo (2011), hay pleno empleo. De hecho, casi todos los adultos tienen más de uno. “Más que por el dinero mismo [aunque la vida es cara porque todo se importa desde Chile y el Reino Unido], es porque la oferta de mano de obra está muy limitada”, explicaba Rosmarie King.

Es muy común que la solícita joven que le atiende en el counter de la oficina de turismo sea la misma que conduce el taxi que le lleva a un restaurante, en donde usted se encuentra con la misma sonrisa que en la mañana le atendió en la tienda de recuerdos.

Con la confirmación de que hay yacimientos de petróleo con valor económico y el aumento del interés en la vida silvestre que atrae cada año más turistas, la falta de mano de obra es uno de los principales retos que enfrentan los isleños y que le toca a Fotheringham encontrar cómo solventarlo.

Pero están optimistas. Fotheringham explica que están trabajando en un plan migratorio que les permita reclutar trabajadores y una migración en forma controlada para que no destruya su modo de vida.

Ya tienen estudios sobre los impactos del desarrollo, los buenos y los malos, indicó Fotheringham.

Los funcionarios afrontan este desafío bajo la premisa de que todo crecimiento implica cambios, y ellos no se sentarán a esperar a que los atropellen, sino que los encausarán.

Por ejemplo, la explotación petrolera, que se espera comience en 2013, se llevará a cabo en alta mar, así que los trabajadores no tendrán mayor impacto en la ciudad de Stanley, que aunque alberga a casi toda la población local (de los 3 mil pobladores, 2 mil 700 están asentados en Stanley), es un poblado de tendencia más bien rural, apacible y muy seguro, en donde todos se conocen desde siempre.

Han buscado asesoría en Noruega y Escocia sobre cómo ellos manejaron la situación para aprender de su experiencia, y sobre todo de sus errores, para no repetirlos, explica Short.

De todos modos, estiman que los primeros dos años se necesitarán unas 70 personas, algo “manejable”.

Al Gobierno, explica Fotheringham, le preocupa más cómo distribuir las ganancias para que la entrada de todo ese dinero no arrase con su estilo de vida. Igual nota tocaron los asambleístas.

En su momento, los cinco explicaron que la idea es usar ese flujo de fondos en mejorar la infraestructura del país. Empezando con la construcción de carreteras, pues fuera de Stanley las vías son todas de terracería.

Las comunicaciones son otro renglón que, reconocen, requiere de atención. Por ejemplo, actualmente la internet está servida por una banda que no puede ser llamada apropiadamente ancha, pues apenas tiene un mega. Y el único aeropuerto con capacidad para manejar vuelos internacionales es el de la base militar de Mount Pleasant.

Esta es una preocupación mayor porque el Gobierno entiende que, hoy por hoy, la internet es clave, sobre todo para una comunidad tan geográficamente aislada.

Educación es otro asunto clave, dice con énfasis Fotheringham. Aunque la educación en la isla es de primera calidad (las escuelas dan envidia de la sana), no cuentan con universidades. Los isleños terminan la secundaria y tienen que viajar a Reino Unido para cursar una carrera universitaria. El gobierno de las islas cubre el costo de aquellos estudiantes que aprueban un examen que identifica un alto nivel de aprovechamiento.

Y, en el ínterin, explica el funcionario, “estamos ´seduciendo´ a investigadores a las islas y con ellos a sus instituciones” a través del Instituto de Investigación Ambiental del Atlántico Sur, a cargo del Dr. Paul Brickle, doctorado en la Universidad de Aberdeen, un hombre sencillo, casado con una isleña de séptima generación, Karen Steen, la subdirectora de la escuela primaria.

De esa manera, explicó, se estimula el sector educativo mientras se trabaja en investigaciones que ayuden a proteger y explotar adecuadamente los recursos.

Un reto mayúsculo que está tan ligado al futuro como al pasado son las 165 mil minas antipersona que todavía contaminan las islas.

Este problema tiene un fuerte componente político, muy difícil de manejar porque el Gobierno argentino no les reconoce como interlocutores. El asambleísta Mike Summers explica que “casi todo lo que tiene que ver con las Falklands está vinculado al asunto de la soberanía, lo que dificulta el acercamiento, incluso cuando había acuerdos como el de desminado [1999] que Argentina incumplió”.

Y hablando de Argentina, ¿cómo lidiar con ella y sus reclamos?

Sawle, con la tranquilidad de quien por mucho tiempo navegó en las ríspidas aguas del Atlántico sur, apuntó: “desde hace mucho hemos lidiado con las presiones de Argentina... así como a pesar del viento incesante hemos prosperado, es igual con la amenaza argentina.

Un poco más radical, Summers señala con tono impaciente: “Somos isleños, no nos arredramos ante eso. Nosotros tenemos la mira en el largo plazo. La llamada ´crisis´ ha oscilado a lo largo de los años y siempre dependiendo de lo que pasa en Argentina, no en las islas. Los políticos [argentinos] son los que mueven el tema. Es una bandera política”.

En un estallido casi visceral, añade: “Es la estupidez de los argentinos [la que les hace] pensar que podrán cambiar nuestra forma de pensar pegándonos con un palo en la cabeza. Eso no va a pasar”, sentenció.

Elsby, más cerebral, apunta que “la propaganda argentina va encaminada a acumular apoyo político” y está convencido de que “cuando los gobiernos y pueblos de Latinoamérica y el resto del mundo vean las oportunidades de negocios, las puertas se abrirán”.

EL REFERENDO

Los isleños celebrarán un referendo en marzo de 2013 que esperan le deje claro al mundo qué es lo que ellos quieren sea su futuro.

Por supuesto, nadie tiene la menor duda de cuál será el resultado, aunque todavía no se ha terminado de formular la pregunta. Tarea espinosa porque debe ser simple, clara y no tendenciosa.

Elsby explica que quieren afinarla bien, de tal manera que no se deje lugar para malentendidos ni se alimente sospecha alguna de manipulación.

En una reunión con el gobernador Nigel Haywood, este expresó su respaldo a los pasos cautelosos del gobierno local y concuerda que definir la pregunta es clave.

Pero lo más importante, señala, es que ellos apoyarán cualquier resultado que arroje la consulta.

¿Incluso si los isleños optaran por la independencia?

Por supuesto, dice. Y abunda que es un hecho que la época imperial del Reino Unido quedó atrás. Ilustra el punto sacando a colación el caso de Escocia, que realizará un referendo para definir si se separa del reino y ha quedado muy claro que su decisión se respetará.

En el caso de las Falklands/Malvinas, señala, lo que los isleños piden es que se les respete su derecho a la autodeterminación, y para ello cuentan con el respaldo de Londres.

Sawle, por su parte, señala que lo que se quiere es que la voz de los falklandeses se escuche con claridad, para que la ONU, “la mayor defensora de la democracia en el mundo, entienda nuestro punto. No queremos ser colonia ni de Reino Unido ni de Argentina”.

Summers increpa: “¿Uds [ONU] apoyan el derecho humano a la autodeterminación de los pueblos? Pues eso es lo que piden los isleños, escúchennos”.

De pie en el fin del mundo

Esta entrega y la de mañana intentan compartir con los lectores de La Prensa algo de lo que vi y aprendí de este pedazo de tierra ubicado en el “fin del mundo”, al que sus habitantes consideran –con mucha razón– un pedacito del paraíso.

Es una tierra aislada, barrida por el viento que implacable vence a los árboles (todos foráneos) a los que obliga a rendirle pleitesía perpetua al impedir que crezcan erguidos. Es un viento que desafiante enfrenta a los hombres, que cuando lo tienen de frente se ven obligados a caminar de lado para abrirse camino, y si le dan la espalda deben clavar cada paso porque el menor descuido puede hacerles volar como una cometa.

Es un país que tiene el raro privilegio de disfrutar –o sufrir, según se mire– de un clima tan cambiante que puede hacerle experimentar las cuatro estaciones en un solo día.

Lo mejor es que las sorpresas no paran. Para mí la primera pista de que muchos de los preconceptos serían derribados, la recibí cuando viajaba del aeropuerto a la ciudad capital, Stanley.

Pensé que moriría en esa carretera de terracería a manos de un loco que manejaba a contravía, hasta que recordé que los británicos conducen por la izquierda. O, como me corrigió en broma y en serio un militar apostado en la base de Mont Pleasant, por el “carril correcto”.

La comunidad que encontré es completamente británica: desde el ubicuo té Earl grey hasta las cabinas de teléfono rojas, así como el buzón rojo con el anagrama de la Reina brillando en color oro. La libra de las Falklands, los letreros en inglés, el idioma de Shakespeare en el aire, obviamente matizado por los isleños, que aunque viven una vida sosegada hablan rapidísimo, en el tipo de excepciones que confirman la regla.

Este fue un viaje de sorpresas, de descubrimiento, que comparto en estas páginas.

Reclamo argentino del archipiélago

Las islas Falklands/Malvinas son un archipiélago de 750 islas ubicadas en el Atlántico sur, a unos 450 kilómetros de la costa de Argentina. Las dos islas mayores son la East y la West Falklands.

Entre todas suman un área de 12 mil 713 km2, más grande que Jamaica o Chipre, y poblada por 3 mil personas que se identifican como falklanders o falklandeses.

La disputa por la propiedad del archipiélago Falklands/Malvinas cobró notoriedad con el intento armado del Gobierno militar argentino de “recobrar” las islas en 1982. Una breve guerra (2 de abril al 14 de junio) segó las vidas de 912 personas (655 militares argentinos, 254 soldados británicos y tres isleños civiles).

Los políticos argentinos sostienen que su reclamo se remonta a 1820, pero los historiadores Graham Pasco y Peter Pepper aseguran que el asunto quedó solventado mediante el tratado Arana-Southern (Convenio de Paz) firmado el 24 de noviembre de 1849, y ratificado por ambas partes en Buenos Aires el 15 de mayo de 1850. Según Pasco y Pepper, mediante el Convenio de Paz, “Argentina aceptó que las Falklands eran legítimamente británicas y dejó de considerarlas como territorio argentino”. Pero en 1945 Argentina reavivó la cuestión elevándola a la ONU. Subió la voz en la década de 1960, cuando su representante José María Ruda se presentó ante el subcomité III de la ONU, parte del Comité de Descolonización. La diligencia de Ruda fructificó en la aprobación de la Resolución 2065.

Los historiadores citados aseguran que Ruda se valió de una serie de “errores” históricos favorables a la causa argentina, en detrimento de los deseos de los pobladores de las islas, que tenazmente se resisten a someterse a la soberanía argentina, que se consideran británicos hasta el tuétano y exigen que se les tome en cuenta en cualquier negociación. Sostienen que si les entrega a Argentina violentando sus deseos, se incurriría en otra forma de colonialismo.

Recuerdos dolorosos

Gus y Paula Reid son una típica pareja de isleños que considera suya esta tierra barrida por el viento. Ella es la sexta generación de su familia y él la cuarta.

Tienen tres hijos, dos varones ya grandecitos y una nena de 8 años, cuyos padres y hermanos consideran la princesa de la casa y ella está plenamente consciente de ello.

Paula, tenía 9 años cuando la guerra puso de cabeza su apacible vida y la hundió en un mundo de pesadilla, lleno de miedo e incertidumbre, en donde el cuco era legión, tenía fusiles y hablaba en un idioma extraño para ella, y del que solo entendía las amenazas.

Su familia vivía en Stanley, la ciudad capital de las islas, pero ellos habían ido hasta Goose Green porque una tía viajaría a la isla West Falkland y en ese poblado se tomaba el bote que la llevaría allá.

Siendo un puerto, era objetivo para los soldados argentinos.

A Paula no le gusta recordar esos eventos, aún le amargan la boca. Traga grueso, mira a Gus, su marido, y usa todas sus fuerzas para espantar los fantasmas que aún la acechan, de tal forma que su voz a duras penas llega a todo el salón, y los periodistas se inclinan hacia adelante para no perder palabra.

Los argentinos, explica, rodearon el pueblo y los arrearon hasta reunir a poco menos de 200 vecinos en la casa comunal. Apuntándolos con las armas los intimaban a una “reunión”, y los mantuvieron cautivos allí por 29 días, hasta que los soldados británicos los “liberaron”.

El mayor de los isleños atrapados tendría 90 años y el menor apenas unos meses.

Fue muy duro, comentó. No había donde dormir, no había comida. Únicamente los dejaban salir cinco minutos siempre bajo el ojo vigilante de guardias munidos de rifles.

Los primeros 10 días fueron los peores. Transcurridos los primeros tres días, cuando la situación se hizo muy precaria, se autorizó a una persona por familia ir a casa a buscar lo básico, “ni siquiera ropa”. El énfasis es totalmente justificado si se toma en cuenta el implacable clima en las islas en las que “hace calor” cuando se alcanzan los 15ºC. Una semana después cuando se hizo intolerable seguir comiendo corned beef (carne enlatada) frío, se le permitió a algunas de las mujeres cocinar una sola comida al día.

Uno de los aspectos más aterradores para Paula era que los soldados nunca les hablaron en inglés, con lo cual la brecha se hacía aún mayor entre ellos. Un chileno “local” se convirtió en el lazo de conexión y a través de él se comunicaban con los argentinos.

Pese a las condiciones, lograron mantener abierto un canal al mundo mediante una radio. Sintonizada en la BBC se enteraban del curso de la guerra fuera de su pueblito y su hacinada casa comunal. Y así supieron que los británicos estaban en camino hacia Goose Green.

Gracias a esa información pudieron arreglárselas para protegerse. Temiendo que habría combates allí, levantaron el piso de madera para evitar las balas.

Paula recuerda que la batalla por retomar Goose Green duró más o menos dos días. Los argentinos, dijo, defendieron la posición, pero tuvieron que rendirse y fueron liberados.

No había comida, habían estado pasando hambre, pero de quién sabe dónde, apareció algo de fiambre, pan y mantequilla con los que hicieron emparedados para darle la bienvenida a sus “héroes salvadores”. Así mismo, se materializó licor y pudieron celebrar.

Este recuerdo hace que los ojos de Paula brillen por un momento breve, pues un recuerdo doloroso se atraviesa.

Bueno, no es precisamente un recuerdo suyo. “Para mí este episodio es como un ´apagón´, yo no lo recuerdo realmente. Supongo que fue demasiado traumático. A mí me lo dijo otro de los isleños cautivo en Goose Green”.

Sacaron de la casa comunal a un grupo de isleños y los alinearon en la calle. Nadie sabía lo que iba a pasar, pero todos temían lo peor. Después de todo, en Argentina gobernaba un grupo de militares que asesinaron a miles de sus propios jóvenes.

El miedo a ser masacrados era tal, que uno de los hombres pidió ser muerto el primero para no ver a los demás morir.

A Gus, la guerra lo encontró en Stanley, así que “no la pasé tan mal como Paula”. Gus estuvo en Stanley por dos semanas, y luego, por razones de seguridad se fue al campo que estuvo más tranquilo y donde él y su familia ayudaron a los soldados británicos con comida caliente, baños, guiándolos. De hecho, en el campo, los finqueros ayudaron a los británicos a los que consideraban sus salvadores.

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