crisis.

La democracia contra la república

En América Latina, la paradoja es moneda corriente. Buena parte del profundo consenso social sobre la democracia, se debe al recuerdo vivo de las atrocidades autoritarias. Serios sondeos de opinión indican que su valoración resulta directamente proporcional a la intensidad de su pérdida. La Argentina constituye el mejor de los ejemplos.

Al mismo tiempo, el malestar y la insatisfacción frente a las promesas incumplidas y los dobles (y triples y cuádruples) discursos de los gobernantes, sigue en aumento. Ecuador y Bolivia constituyen buenos ejemplos. Hubo y seguramente habrá otros. Aclaro que no estoy haciendo referencia aquí al debate que genera la pregunta, que a fuerza de repetida ya se volvió banal: ¿cuanta pobreza resiste nuestra democracia? Ahí está la India para recordarnos, que mucha más de la que hoy tenemos.

A lo que me refiero es a saber cuánta manipulación, cuánto clientelismo, cuánta falta de transparencia y de controles puede soportar nuestra democracia. En otras palabras, a saber qué futuro, si no logran constituirse en repúblicas, pueden tener nuestras democracias.

No nos enfrentamos sólo al problema de lo que ha sido denominado democracia plebiscitaria, entendida como la acción aplastante de las mayorías aritméticas . El uso espurio de los recursos oficiales, el manejo vía publicidad de los medios de comunicación, la inexistencia o debilidad de los mecanismos de control del Estado, la cooptación de los movimientos de derechos humanos y el vaciamiento de los partidos políticos, convierten, muchas veces, al plebiscito democrático en una caricatura. Pero si es verdad que "algo huele a podrido en Dinamarca", también es verdad, parafraseando la propia frase de Shakespeare, que algo huele a podrido en la sociedad y no sólo en el gobierno de "Dinamarca". El hastío y la indignación social tienden a manifestarse al borde del precipicio, a veces después. Que lo digan si no los argentinos y los ecuatorianos, para usar ejemplos recientes.

Es probable que la debilidad de las instituciones tenga un fuerte origen social y por ende un cierto consenso. Sobran pruebas que confirman que la condena colectiva frente a los comportamientos discrecionales de los gobernantes que burlan explícitamente el funcionamiento de las instituciones, se dirige mucho más a los eventuales contenidos, que al mero principio de atropello a las reglas de juego. Un burdo economicismo distribuido equitativamente entre proyectos ideológicos enfrentados, conspira ulteriormente para restar valor al carácter estratégico que posee el respeto riguroso de los funcionamientos institucionales.

Por obvio, hemos perdido de vista en América Latina el carácter revolucionario de nuestras constituciones. Hagamos la prueba. Pongámosle a una potencia industrializada de primera línea, la institucionalidad y sobre todo la cultura institucional de la mayoría de nuestras democracias y en poco tiempo la potencia tendrá el PBI de una república bananera. Nuestra pobreza económica es heredera directa de nuestra pobreza de ciudadanía. La superestructura que determina la infraestructura. Marx cabeza abajo. Sobran los ejemplos que confirman el carácter patético de pretender embutir en los dilemas ideológicos clásicos de izquierda y derecha buena parte de los conflictos de poder que asolan a nuestros países. No son estas las contradicciones centrales con las cuales la democracia debe hoy hacer las cuentas. Cualquier monarquía constitucional europea es mucho más republicana que nuestras democracias plebiscitarias. El problema central y al mismo tiempo estratégico, radica en el manejo de la cosa pública y en el respeto de las minorías políticas: en ser o no una república.

El tema no es nuevo y ha sido señalado desde perspectivas diversas. "La democracia se ha quedado sin enemigos y amenaza a volverse contra sí misma", es la frase síntesis que mejor da cuenta de la situación actual (véanse los trabajos de politólogos notables como Ulrich Beck y Marcel Gauchet).

En el magnífico "El General en su Laberinto", de García Márquez, un Bolívar en el fin de su carrera y de sus días, observa su ejército despedazado y en diálogo con un sargento le pregunta sobre el porqué de la baja moral de la tropa. No es la moral mi general responde el sargento, es la gonorrea.

Ambición de poder desmedido hay en todas partes, reglas de juego y una cultura institucional que lo impida, no.

No es el autoritarismo, es la falta de República.

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