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CHRIS HEDGES, PERIODISTA Y ESCRITOR

´La desobediencia civil es lo único que nos queda´

Las grandes corporaciones, asegura, han llevado a cabo ´un golpe de Estado en cámara lenta´ en Estados Unidos, y van camino de hacerlo a nivel global. A la población solo le queda rebelarse contra el sistema.

Para Chris Hedges (Vermont, 1956) todo comenzó en Latinoamérica. “En los 80 había demasiada represión en esos países”, dice por el teléfono. “Los escuadrones de la muerte mataban entre 700 y mil personas al mes en El Salvador. [Efraín] Ríos Montt masacraba cientos de personas a la vez en pueblo tras pueblo en las tierras altas guatemaltecas. [Augusto] Pinochet derrocó a un gobierno elegido democráticamente e instaló una sucia dictadura militar. Las juntas argentinas habían ´desaparecido´ a más de 30 mil de sus propios ciudadanos... era un momento histórico en que los actos represivos –apoyados por el gobierno de mi país– eran tan atroces e indignantes que eran difíciles de ignorar para cualquiera que se preocupara por este tipo de cosas”.

Como un joven reportero, sintió la necesidad de “darle sentido” a lo que estaba ocurriendo, y de “darle voz a aquellos que llevaban a cabo actos de resistencia”. Esa necesidad lo llevó a cubrir las guerras centroamericanas y, eventualmente, desembocó en una carrera de casi dos décadas como corresponsal de guerra alrededor del mundo, reportando desde más de 50 países.

La mayor parte de esos años los pasó trabajando para The New York Times, y sus experiencias lo llevaron a escribir War Is a Force That Gives Us Meaning (La guerra es una fuerza que nos da significado), finalista del premio National Book Critics Circle en 2002. Ese mismo año formó parte de un equipo ganador de un Pulitzer –por su cobertura del terrorismo global–, y recibió el Premio Global de Periodismo de Derechos Humanos, otorgado por la ONG Amnistía Internacional.

En mayo de 2003, cuando la guerra de Irak aún se consideraba “misión cumplida” en Estados Unidos (EU), Hedges declaró que “nos estamos metiendo en una ocupación que, si la historia sirve de guía, será tan dañina para nuestras almas como para nuestro prestigio, poder y seguridad”. Sus comentarios fueron criticados por The New York Times, que incluso emitió una reprimenda pública. Poco después, Hedges abandonó el diario.

Hedges se convirtió entonces en miembro senior del Nation Institute en Nueva York, y comenzó a escribir una columna semanal (publicada los lunes) en el prestigioso website Truthdig.com. Además, continuó escribiendo libros –11 más, incluyendo el best seller American Fascists (Fascistas americanos) y el recién publicado Days of Destruction, Days of Revolt (Días de destrucción, días de revueltas)– y ganando premios, como el de mejor periodista online –en 2009 y 2011–, otorgado por el Los Ángeles Press Club.

A través de sus columnas y su intenso activismo –fue una de las principales figuras del movimiento Occupy Wall Street, por ejemplo–, Hedges se ha convertido en uno de los mayores críticos de las políticas nacionales e internacionales del Gobierno estadounidense. Aparte de Truthdig, ha escrito para Harper´s Magazine, The New Statesman, The New York Review of Books, Adbusters, Granta, y Foreign Affairs

>>> ¿Como moldeó sus opiniones esa experiencia en las zonas de guerra del planeta?

Estando en guerras como la de El Salvador, y luego en lugares como Gaza, Palestina, fui forzado a confrontar los mecanismos del imperio. Cómo funciona, lo que hace, y la disparidad entre lo que hace y lo que dice hacer. Cuando estás en el terreno, por ejemplo, la idea de que el Gobierno estadounidense tiene algún interés en llevar democracia a países como Irak es expuesta como una mentira.

Y ves el trabajo sucio del imperio, la manera como una violencia y opresión horrorosas son usadas para obtener poder y, en última instancia, ganancias económicas. El robo de recursos naturales o la dominación de América Latina a lo largo de la historia estadounidense, en la cual se ha colocado a dictadores como [Anastasio] Somoza o Pinochet en el poder porque estaban dispuestos a oprimir a su propia gente y permitir que corporaciones estadounidenses saquearan los recursos de sus países.

Mi experiencia en esos lugares fue una especie de educación, y me enseñó muchísimo sobre mi país, lo que era, lo que hizo, y expuso la disparidad entre lo que creemos ser y lo que realmente somos.

>>> En su libro War Is a Force That Gives Us Meaning usted plantea una forma particular de entender la guerra, y su rol en la sociedad y en la mente humana. ¿Podría explicarla?

No soy un pacifista. Creo que hay momentos en que la represión es tan intensa que no queda otra opción. Era así en Sarajevo [durante la guerra en Bosnia 1992-1995], en donde estábamos completamente rodeados por los serbios, aguantando un bombardeo abrumador y un incesante fuego de francotiradores que dejaba 45 muertos y dos docenas de heridos al día. Nosotros sabíamos que si los serbios superaban las barricadas que rodeaban la ciudad, el sistema de trincheras, un tercio de la ciudad sería masacrado, y el resto desplazado a campos de refugiados. Fue lo que pasó en el valle del Drina y en Vukovar, así que no estábamos especulando.

En momentos como ese, entiendo por qué uno utilizaría la violencia para defenderse, y sin embargo, eso no te salva del veneno de la violencia. Eso es algo que aprendí como corresponsal de guerra: que incluso la violencia empleada en una causa supuestamente justa contamina a aquellos que la utilizan. Cuando asumes la tarea de defenderte mediante la violencia, esta termina convirtiéndose en el lenguaje de comunicación.

Para mí, la violencia siempre es trágica. Pero, aún así, hay momentos en la existencia humana en los que uno tiene derecho a defenderse.

>>> En este sentido, usted ha descrito la vida de una manera freudiana, como una lucha entre Thanatos y Eros...

Creo que Freud tiene razón, y que tanto a nivel individual como de sociedad luchamos contra las fuerzas gemelas de la vida y la muerte: Eros, que representa el amor, y Thanatos, que por supuesto es el instinto de la muerte. Y creo que, en todo momento, una de las dos se encuentra en ascenso.

Si tuviera que describir la cultura estadounidense, diría que está obsesionada con la muerte. Tanto en términos de su uso de fuerza letal para expandir el imperio, como en el asalto al ecosistema, un asalto que tiene el potencial de destruir la vida humana en nombre de la ganancia. Hoy, las fuerzas de la muerte están encarnadas en compañías como Exxon Mobil, que dan más importancia a sus ganancias que a la santidad de la vida. Y las personas que abrazan la guerra están, en esencia, abrazando a Thanatos. Abrazando a la muerte.

>>> Recientemente ha escrito mucho sobre la sociedad estadounidense y sus problemas. ¿Podría explicarnos qué sucede en EU y cómo afecta al resto del mundo?

EU se ha transformado en lo que el filósofo político Sheldon Wolin llama un sistema de “totalitarismo invertido”. No es el totalitarismo clásico: no se expresa a través de un demagogo o un líder carismático, sino que lo hace a través del anonimato del Estado corporativo.

En un régimen totalitario clásico hay un partido que derrumba una estructura en descomposición y la reemplaza con otra estructura. En el totalitarismo invertido tenemos fuerzas corporativas que se presentan como leales a la Constitución, a la política electoral, y a la iconografía y el lenguaje del patriotismo estadounidense, pero que internamente se han apoderado de todos los hilos del poder, dejando a la ciudadanía impotente. En pocas palabras, han llevado a cabo un golpe de Estado en cámara lenta.

Dentro del sistema político estadounidense, por ejemplo, no hay manera de votar en contra de los intereses de Goldman Sachs. Ni [el presidente Barack] Obama ni el Partido Republicano van a desafiar esos intereses. Eso es, en esencia, en lo que nos hemos convertido. Y precisamente porque el ciudadano es ahora impotente, estamos viendo una canibalización del país: aproximadamente un tercio de los estadounidenses vive en una categoría llamada pobreza o ´cerca de la pobreza´. Y la situación es cada vez peor.

A medida que los sindicatos se desmantelan, desaparecen los mecanismos mediante los cuales se defiende la ciudadanía y la clase obrera. La sociedad estadounidense se está convirtiendo en una tiranía oligárquica, en la que un pequeño porcentaje controla la riqueza y el poder, y escribe sus propias leyes y regulaciones.

Por supuesto, parte de los objetivos del Estado corporativo pasan por negarnos la habilidad de entender lo que está sucediendo. Lo podemos ver con la persecución a Bradley Manning o Julian Assange de Wikileaks. Lo podemos ver con la reciente toma de dos meses de registros telefónicos de la [agencia de noticias] Associated Press. Lo vemos con el uso de la Ley de Espionaje contra los que destapan los escándalos gubernamentales (whistleblowers). Lo vemos con el uso de una ley (FISA Amendments Act) que retroactivamente legaliza cosas que nuestra Constitución declaraba ilegales, como los pinchazos telefónicos sin orden judicial, el monitoreo y las escuchas a decenas de millones de ciudadanos.

Sabemos, además, que nuestra información personal es almacenada a perpetuidad en supercomputadoras en Utah, y que la sección 1021 de la National Defense Authorization Act permite al ejército capturar a ciudadanos estadounidenses considerados “terroristas” y encerrarlos indefinidamente, y sin debido proceso, en instalaciones militares.

El lenguaje en el que estaba escrita esa sección daba margen para otras cosas, por lo que demandé al presidente y gané la demanda. La administración apeló, y estamos esperando el resultado. Pero todas estas cosas, juntas, indican que en estos momentos la democracia estadounidense es una ficción.

>>> La situación, además, se ve agravada por lo que usted llama la “traición de los intelectuales”...

Los intelectuales se han vendido. Han encontrado maneras de emplear su talento al servicio del Estado corporativo. No desafían las estructuras de poder, se esconden detrás de disciplinas académicas arcanas, con su propio lenguaje y jerga, convirtiéndose en figuras que no contribuyen al bien común o al enriquecimiento del discurso civil. Para mí, es una buena manera de obtener una cátedra de 10 años y un salario de 180 mil dólares anuales en la Universidad de Princeton, pero de cara a la sociedad eres completamente irrelevante.

>>> ¿Y los medios?

Los medios están completamente corporatizados. Se vendieron. Media docena de corporaciones controlan lo que los estadounidense ven y escuchan, e imponen una especie de uniformidad de opinión insulsa de manera muy efectiva. Y si te atreves a hablar abiertamente sobre las estructuras de poder, como lo hacen [el lingüista e intelectual] Noam Chomsky o [el excandidato presidencial] Ralph Nader, si desafías la manera como están construidas esas estructuras, y desafías el crimen y las actividades ilícitas a nivel corporativo, te conviertes en un paria. Te sacan del sistema, y tu voz no vuelve a ser escuchada.

>>> A propósito de eso, usted entrevistó recientemente a Julian Assange. ¿Qué piensa del trato que se le ha dado en los medios, sobre todo aquellos que publicaron sus Wikileaks?

Lo abandonaron. Y creo que fue muy corto de vista pensar que el aparato de seguridad y vigilancia va a quedarse tranquilo cuando termine de lidiar con Assange y [Bradley] Manning. La persecución contra ellos, en realidad, es la punta del iceberg. Es muy corto de vista por parte de los medios tradicionales no entender que esto es parte de un patrón.

>>> Usted menciona también el problema del “mito del progreso humano”. ¿Por qué es tan difícil salirse de este paradigma?

Porque esa es la visión utópica. La realidad nunca es un impedimento para lo que queremos, que es tener más y más sin costo alguno. Y, por supuesto, es el progreso industrial y tecnológico el que está matando al planeta. Esa verdad es extremadamente difícil de aceptar para cualquiera, especialmente para la gente del mundo industrializado, adicta a este estilo de vida.

Conocemos los hechos del cambio climático. Están ahí. Y aún así, observamos dos tipos de autoengaño: unos dicen que el cambio climático no existe, y otros aseguran que nos podemos adaptar... ninguno de los dos es cierto. Mi experiencia es que los seres humanos tienen gran dificultad para entender lo frágil que es el mundo a su alrededor, lo fácilmente que puede colapsar, y lo vulnerables que son hasta que esto ocurre.

>>> ¿Nos estamos convirtiendo, cada vez más, en el mundo que describió George Orwell en 1984?

Sí, la estructura del mundo en 1984 es una réplica del sistema de poder que se está reproduciendo no solo en EU sino a nivel global, en donde hay un círculo interno del 2-4% de la población, uno externo del 12% (el aparato de seguridad y vigilancia, los gerentes corporativos y el aparato de relaciones públicas) y luego el resto de nosotros, 85% más o menos, que somos peones, agarrándonos a lo que tenemos con la yema de los dedos.

>>> ¿Qué espera de los próximos años?

Creo que veremos más y más gente dándose cuenta de lo que está sucediendo. Veremos el ascenso de movimientos como Occupy y, a la vez, veremos un aumento de la fuerza de represión por parte del aparato de seguridad y vigilancia, que intentará destruir todas las formas de resistencia.

>>> ¿Lo veremos a nivel global?

El Estado corporativo es global: no tiene lealtad hacia ninguna nación o Estado. Si los trabajadores de México se organizan para que les suban los sueldos, las fábricas serán trasladadas a Bangladesh.

La desobediencia civil es lo único que nos queda. Eso es todo. A menos que reconstruyamos movimientos que desafíen a las estructuras de poder, estamos perdidos.

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