El hombre que inventó a George W. Bush

Trabajador encarnizado, con una enciclopedia política y electoral en la cabeza, Karl Rove se ha hecho de una fama de truculento

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Karl Rove (derecha) observa mientras el presidente Bush (fuera de la imagen) habla con los reporteros en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca el 20 de julio de 2003. La Casa Blanca tildó de “ridículo” que se sugiera que Rove filtró información confidencial en un esfuerzo para desacreditar a un crítico de la política de Bush respecto a Irak. La mujer a la izquierda no fue identificada. Karl Rove (derecha) observa mientras el presidente Bush (fuera de la imagen) habla con los reporteros en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca el 20 de julio de 2003. La Casa Blanca tildó de “ridículo” que se sugiera que Rove filtró información confidencial en un esfuerzo para desacreditar a un crítico de la política de Bush respecto a Irak. La mujer a la izquierda no fue identificada.

Karl Rove (derecha) observa mientras el presidente Bush (fuera de la imagen) habla con los reporteros en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca el 20 de julio de 2003. La Casa Blanca tildó de “ridículo” que se sugiera que Rove filtró información confidencial en un esfuerzo para desacreditar a un crítico de la política de Bush respecto a Irak. La mujer a la izquierda no fue identificada.

Nadie cree que George W. Bush haya podido llegar a la Casa Blanca por sus propios medios. Eso es imposible. Hubo necesidad de que lo ayudaran, lo empujaran, lo jalaran hasta allá. Alguien tuvo que inventar a ese improbable presidente. En Washington, todo el mundo sabe el nombre de este manejador de hilos, del creador de marionetas: Karl Rove. A él se le atribuye toda la inteligencia que se le niega a aquel de quien oficialmente solo es el consejero.

Tres días antes de la convención del Partido Republicano en Nueva York, donde se designó oficialmente al presidente en funciones como candidato para un mandato más, en tres salas de cine de esa ciudad se programó el estreno de una película llamada El cerebro de Bush, basada en un libro aparecido hace un año. Los autores de esta obra, James Moore y Wayne Slater, conocían bien el tema. En particular Slater, quien dirigió la oficina del Dallas Morning News en Austin, la capital de Texas, el estado donde hace más de 20 años empezó todo para Rove y su pupilo.

La tesis de El cerebro de Bush es sencilla: Karl Rove es el “copresidente’’ de Estados Unidos. Con él, la estrategia electoral está a las órdenes de la mayor potencia del planeta. La política comercial, la fiscal, la social, el ambiente, la educación y, sobre todas las cosas, la política exterior y la guerra, están dictadas por un imperativo que domina todos los demás: ganar las próximas elecciones, es decir, llenar las arcas de campaña, agradar a los granjeros de Iowa y a los siderúrgicos de Pennsylvania, atraer a las urnas a los bautistas del sur y a los inmigrantes cubanos de la Florida. “Karl Rove tiene una influencia en la política y la acción pública que los estadounidenses no habían conocido nunca antes y que les es difícil admitir’’, señalan Moore y Slater.

El interesado no niega esta influencia, pero jamás ha sido atrapado en falta de respeto hacia su jefe. Es demasiado inteligente para hacerlo.

Sobre todo, él admira sinceramente al hombre a quien ayudó a ser presidente de Estados Unidos y del que quiere hacer presidente reelecto dentro de dos meses. En su opinión, George W. Bush es el único político republicano que puede instalar duraderamente a su partido en la Casa Blanca.

“¿Cuándo empezó usted a soñar en la campaña presidencial?’’ se le preguntó un día a Karl Rove. “El 25 de diciembre de 1950’’, respondió. Ese es el día que nació, en un medio muy modesto en el oeste de Estados Unidos, hijo de un prospector de minerales y de una mujer que se consagró al hogar y a sus cinco hijos. El día que Karl cumplió 19 años, su padre decidió irse definitivamente de la casa. Poco después, el joven se enteró de que él y su hermano mayor no eran hijos de aquel hombre. De ahí le surgió mucho reconocimiento para el geólogo que los crió como si hubieran sido sus propios hijos. Su madre se suicidó a principios de la década de 1980.

Lo que impresiona en Karl Rove es la precocidad de su interés por la política y su adhesión al conservadurismo. A la edad de 9 años, cuando John F. Kennedy seducía a los jóvenes estadounidenses, él estaba en favor de Richard Nixon, lo que le valió una pelea con un vecino más fornido, que lo mandó al suelo de un puñetazo.

¿La discordia entre sus padres y la falta de vida religiosa lo inclinaron hacia el orden? En todo caso, él eligió el derecho, pero no encontró a Dios. A diferencia de Bush, quien asegura que “Jesucristo le cambió el corazón”, el consejero, aunque atento a las reacciones de los electores protestantes y católicos, no oculta que no es creyente. “No estoy seguro de haber encontrado la fe alguna vez’’, respondió prudente a una pregunta del New York Times.

Al ritmo del peregrinar de su padrastro, el joven Rove, nacido en Colorado y crecido en Nevada, maduró en Salt Lake City, la capital de Utah y de los mormones.

En el liceo, era un auténtico nerd, un matado, pero sin las buenas calificaciones, aunque eso no le impidió ser elegido presidente de los alumnos, única elección que ha ganado para sí mismo.

En 1969 ingresó en la Universidad Estatal de Utah. Después habría de frecuentar varias más, sin lograr arrancarle un diploma a ninguna.

En ese tiempo estaba ocupado con los Republicanos Universitarios, la organización estudiantil del Partido Republicano de la cual se convirtió en uno de los “permanentes’’ desde 1971, con el título de director ejecutivo.

Enviado a Illinois en 1970 para participar en una campaña electoral, él se presentó en las oficinas de un candidato demócrata para ofrecerse de voluntario. Ahí tomó papel membretado e hizo unas invitaciones en las que prometía “cerveza gratis’’ y “muchachas’’ en una recepción que se organizaría días después en la ciudad. Las invitaciones fueron repartidas en los barrios bajos y el evento fue invadido por marginados y borrachines. Dos años después, en una sesión de formación de militantes en Kentucky, Rove se jactó de esa mala broma y les explicó a los participantes otros “trucos’’ del mismo género.

En 1973, el director ejecutivo de los Republicanos Universitarios se presentó como candidato a la presidencia de la organización. Flanqueado por otro ardiente polemista, Lee Atwater, que llegaría a ser asesor de Ronald Reagan y Bush padre, Rove recorrió los caminos del sur, en un viejo Ford, para ir a la búsqueda de los votos, de universidad en universidad. En un hotel de Missouri se habría de realizar una convención en la que debatirían él y su rival, Robert Edgeworth, situado claramente más a la derecha dentro del partido.

Al final de la convención, después de batallas de procedimiento, golpes bajos de todo tipo y negociaciones imposibles, Edgeworth y Rove fueron declarados ganadores por sus respectivos partidarios.

El diferendo fue llevado ante el presidente del Comité Nacional Republicano, que no era otro que el mismo George Herbert Walker Bush. Entonces, un aliado de Edgeworth decidió comunicarle al Washington Post la grabación de las palabras de Rove en la sesión formativa de Kentucky. En medio del escándalo Watergate, es posible imaginar el efecto. No solo la Casa Blanca de Richard Nixon había infiltrado los locales de la campaña presidencial demócrata, sino que al mismo tiempo, un cuadro del Partido Republicano enseñaba a los jóvenes a espiar al partido adverso. Se esperaba que Rove fuera descartado en ventaja de Edgeworth, pero lo que ocurrió fue lo contrario. Bush padre le dio la presidencia de los Republicanos Universitarios a Rove y expulsó a su rival del partido por haber denunciado a un camarada ante la prensa.

El lazo que se tejió en ese tiempo entre Rove y la familia no se rompería nunca. Casado con una rica heredera texana, que lo abandonó tres años después, Rove se instaló en Houston para dirigir el Comité de Acción Política, creado por Bush padre de conformidad con la legislación electoral post-watergate, para financiar la candidatura presidencial a la que se preparaba para 1980.

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