El invierno amenaza las precarias vidas de los refugiados en Afganistán

En Kabul hay 60 mil personas refugiadas, la mitad de ellas son niños. En el pasado invierno murieron 30 personas.

El invierno llegó a Kabul y en decenas de campamentos de refugiados de la capital de Afganistán se propaga el temor y la angustia.

La nieve, la lluvia helada, el frío y el hambre se convertirán en los próximos meses en la compañía diaria.

En el barrio pobre de Jarahi Kamber viven unas mil 150 familias en precarias viviendas construidas por ellas mismas. La mayoría de estas personas son refugiados en su propio país, desplazados por la violencia y los rebeldes radicales islámicos. Algunas de ellas no sobrevivirán al invierno.

Uno de estos desplazados en Hadshi Dost Mohamed. Con su dos esposas y 18 hijos, este hombre de 42 años huyó hace cinco de la provincia sureña de Helmand. Desde entonces, la familia se las tiene que apañar en Kabul.

Con la venta de frutas gana por día lo equivalente a unos dos euros (2.64 dólares). “Estamos muy preocupados y no sabemos qué hacer”, explicó. “Cada noche es una pesadilla para mí. Tengo mucho miedo al invierno”.

En los 53 campamentos de refugiados en Kabul viven unas 60 mil personas, de las cuales la mitad son niños. Al menos 30 personas murieron de frío en el pasado invierno en Afganistán. Entonces, las temperaturas cayeron hasta los 17 grados bajo cero. Muchas de las víctimas eran niños refugiados.

Las organizaciones de ayuda y el gobierno prometieron ayuda, pero el mal manejo hizo que esta no llegue a muchos de los que la necesitaban.

Este año habrá mejoras, afirmaron miembros de grupos de ayuda. Más de dos millones de afganos están en riesgo de sufrir frío extremo, indicó la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas.

“Las personas en los campamentos (de refugiados) están en mayor peligro”, dijo Magdalena Babul, miembro de la organización Ayuda Alemana Contra el Hambre. “Lo más importante son la vestimenta, mantas y material para los alojamientos”.

Desde hace cuatro meses, Khan Murad, de 60 años, vive con su mujer y sus 12 hijos en el campamento de refugiados Ada Masar. En este terreno privado se apiñan 92 familias en chozas de barro.

Después del invierno deberán buscar un nuevo sitio para vivir. “No tenemos dinero, no tenemos ropa”, relató su esposa Jhodsha Gul, de 45 años. “En la noche hace tanto frío que no podemos dormir. Quemamos botellas de plástico, bolsas, neumáticos viejos o zapatos para calentarnos a nosotros y a los niños”, indicó. Su rostro está negro de hollín y suciedad.

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