ALREDEDOR de 110 TIBETANOS SE HAN AUTOINMOLADO DESDE 2009

La lenta agonía del Tíbet

Los tibetanos denuncian un ´genocidio cultural´, mientras que los chinos aseguran estar trayendo prosperidad a la zona.
DESESPERACIÓN. Policías nepaleses intentan controlar a un manifestante tibetano en una protesta afuera de la embajada china en Katmandú, en 2008. DESESPERACIÓN. Policías nepaleses intentan controlar a un manifestante tibetano en una protesta afuera de la embajada china en Katmandú, en 2008.
DESESPERACIÓN. Policías nepaleses intentan controlar a un manifestante tibetano en una protesta afuera de la embajada china en Katmandú, en 2008.

En el mundo existen pueblos condenados a atesorar la memoria de sus desgracias. Cuando el presente humilla y el futuro ignora, el recuerdo de la catástrofe se convierte en una cuestión de supervivencia, aunque el precio a pagar sea alto. 

“Los recuerdos no pueblan nuestra soledad”, escribió el novelista francés Gustave Flaubert. “Antes, al contrario, la hacen más profunda”. Presa de ese círculo vicioso de soledad y recuerdo, el Tíbet parece ser uno de esos pueblos. 

Y es en este mes cuando los fantasmas del pasado vuelven para darle una vuelta más a su particular rueda del tiempo. El 10 de marzo de 1959 estalló en Lhasa, capital tibetana, una rebelión contra la ocupación china, que había comenzado nueve años antes. 

Solo una semana después, el XIV Dalai Lama –líder espiritual y político del Tíbet– huyó al exilio acompañado de unos 80 mil tibetanos, cruzando a la India el 30 de marzo y estableciendo poco después un gobierno en el exilio (Autoridad Central Tibetana, o ACT) en Dharamsala, un pueblito en las faldas del Himalaya. 

Desde entonces, la ACT y miles de exiliados tibetanos en todo el mundo utilizan este mes–particularmente el día 10– para intentar, una vez más (y ya van 54), que el clavo ardiente de la memoria ayude a salvar el abismo del olvido. 

CHOQUE DE NARRATIVAS

La historia ofrece pocos argumentos claros para sustentar la independencia del Tíbet. En los últimos ocho siglos, el “techo del mundo” ha sido controlado, en mayor o menor medida, por los vecinos chinos o mongoles.

No fue hasta 1911, con la caída de la dinastía Qing, que el Tíbet disfrutó de casi 40 años de independencia de facto, ayudado por la revolución de Xinhai, la ocupación japonesa, la Segunda Guerra Mundial y, finalmente, la guerra civil entre republicanos y comunistas. Cuando estos últimos se impusieron, en octubre de 1949, una de las prioridades era la invasión –o recuperación– del Tíbet, cosa que hicieron un año después.

El objetivo era claro: “liberar a los tibetanos de la teocracia feudal dirigida por el Dalai Lama”. El resto, como dicen, es historia. Solo en el aspecto humano, según calcula la ACT, unas 200 mil personas se han refugiado en la India y más de un millón han muerto víctimas de la represión china.

En el fondo de la cuestión tibetana existe un choque de narrativas difíciles de reconciliar. Los tibetanos son ampliamente vistos en China –léase por la mayoría étnica Han, a la que pertenecen el 95% de los habitantes del país– como un pueblo atrasado y primitivo, al que los chinos intentan traer civilización y desarrollo.

En palabras de Zhang Qingli, exsecretario del Partido Comunista Chino (PCC) en la región autónoma tibetana (RAT), “el comité central del PCC es el verdadero Buda para los tibetanos”. Para el escritor chino Huang Ping, esta actitud está enraizada en lo más profundo de la idiosincrasia de su gente. “Los chinos se ven a sí mismos como todos iguales, y por ende ven a todos los demás, como los 'indios' o los 'africanos', de la misma manera”.

Una de las consecuencias de esto, explica el periodista británico Martin Jacques en su brillante libro Cuando China gobierne el mundo, es que “China se enfrenta a un profundo problema para comprender las diferencias étnicas en el mundo”.

Las políticas chinas en el Tíbet, consecuentemente, han estado basadas en la creencia de su propia superioridad. En el Tíbet, Beijing ha seguido una estrategia de represión y asimilación forzada.

Para dividir y vencer, el PCC ha puesto áreas eminentemente tibetanas (partes del Tíbet histórico) bajo jurisdicción china, en las provincias de Sichuan, Qinghai y Gansu (ver mapa). Y para cambiar el balance étnico, el Gobierno central ha promovido una masiva migración Han a las áreas tibetanas.

'GENOCIDIO CULTURAL'

Pero el verdadero objetivo chino parece ir más allá de la estabilidad y el control. Mary Beth Markey, presidenta de la ONGInternational Campaign for Tibet, aseguró recientemente que la situación en el Tíbet “no es un caso discreto o episódico de violaciones de los derechos humanos. Desde el principio, el objetivo ha sido la destrucción de la cultura tibetana”.

En este sentido, los tibetanos esbozan un monstruo de tres cabezas que intenta destruir su identidad. Dada la centralidad del budismo en la identidad tibetana, la primera cabeza es la represión religiosa. La aversión del PCC hacia el budismo tibetano no es nueva.

En la Gran Marcha de 1935, soldados del Ejército Rojo destruyeron numerosos monasterios en el Tíbet oriental, y durante la Revolución Cultural (1966-76), más del 90% de los monasterios tibetanos fue destruido.

La represión religiosa en el Tíbet sigue en pie. En cada monasterio (donde es obligatorio mostrar banderas chinas y fotografías de Mao y otros líderes del PCC), un “comité de administración”, dominado por miembros del partido, regula el acceso al edificio y dicta lo que los monjes y monjas deben hacer, y cómo deben rezar.

En la gran mayoría de centros religiosos, además, se llevan a cabo campañas de “re-educación patriótica” en la que los religiosos deben estudiar y tomar exámenes para probar que se oponen al separatismo, y para asegurar que el Dalai Lama –cuya foto está prohibida en todo el Tíbet– intenta “destruir la unidad de la patria”. Los que se resisten son expulsados o arrestados.

De acuerdo el abad del monasterio Kirti, uno de los más importantes, el gobierno instaló cámaras de vigilancia y desplegó a más de 800 oficiales de seguridad dentro del monasterio en 2011.

La segunda cabeza del monstruo es el asentamiento forzado de nómadas tibetanos. Iniciadas en 1956, las políticas de asentamiento se aceleraron en los 90, cuando Beijing prohibió el pastoreo, alegando que el estilo de vida “primitivo” de los nómadas había traído degradación ambiental. Desde 2002, sin embargo, se han empezado a implementar programas masivos de asentamiento, confiscación y vallado de tierras.

Estas medidas requieren que los nómadas –cuyos números rondan los 2.5 millones– vendan su ganado a mataderos chinos y se muden a colonias residenciales construidas en lugares inhóspitos, antiguas cárceles, por ejemplo, usualmente sin electricidad ni agua potable.

“Consecuentemente”, lamentó el escritor tibetano Bhuchung D. Sonam, “el conocimiento acumulado por más de 9 mil años de civilización móvil se ha vuelto inservible”. Por último, quizá ninguna política amenaza la identidad tibetana con más claridad que la represión lingüística.

En 2010, las autoridades chinas aprobaron una ley para cambiar el medio de instrucción de tibetano a chino (mandarín) en todas instituciones educativas de la región. Más de 3 mil tibetanos protestaron sin éxito.

“Como el agua, el idioma tibetano sostiene al Tíbet como país y a nosotros como pueblo. Como el aire, alimenta nuestra religión, música, literatura e historia. Prohibir el tibetano es la manera definitiva de destruir nuestra cultura e identidad”, escribió Sonam. Woeser, una de las escritoras tibetanas más prominentes, concluyó que “estos cambios te dan solo dos opciones: rendirte o adaptarte. En cualquier caso, no va a quedar nada de ti. Tu individualidad va a desaparecer”.

AUTOINMOLACIONES

Muchos tibetanos optan por rendirse. Hace poco más de un año, una joven de 19 años llamada Tsering Kyi salió de un baño público envuelta en llamas, muriendo poco después. Venía de una familia nómada y había estudiado en unas de las escuelas que más protestaron la pérdida de la educación en tibetano.

Dos meses antes, mientras su vida se derrumbaba, le había dicho a un familiar: “Debemos hacer algo. La vida no tiene significado si no hacemos algo por el Tíbet”.

Desde 2009, más de 110 personas se han autoinmolado por la causa tibetana. La última ola comenzó, más concretamente, hace dos años, cuando el monje Rigzin Phuntsog se prendió fuego afuera del monasterio Kirti.

El uso de la autoinmolación como medio de protesta –especialmente en Asia– no es nuevo, pero varios factores pudieron haber llevado a Rigzin en esa dirección. Antes que nada, la naturaleza gráfica y dolorosa de sacrificio personal hacen de la autoinmolación una manera de llamar la atención sin perjudicar a los demás.

Logísticamente, además, las autoinmolaciones no requieren planeamiento, coordinación ni movilizaciones, cosas difíciles de llevar a cabo en un ambiente controlado. Finalmente, Rigzin se autoinmoló en plena Primavera Árabe, que a su vez había estallado por la autoinmolación de un vendedor de frutas tunecino llamado Mohammed Bouazizi.

A pesar de la evidente falta de éxito, las autoinmolaciones han logrado capturar la imaginación de muchos fuera del Tíbet. “A través de la autoinmolación, los tibetanos dicen simbólicamente que están tan vivos como un cadáver aguardando ser cremado.

Al prenderse fuego están realmente cremándose, y a la vez burlándose de sus opresores que, incapaces de controlar sus mentes y corazones, intentarán por siempre controlar sus cuerpos”, escribió recientemente el periodista pakistaní Ajaz Ashraf.

Las autoridades chinas han intentado parar la ola de autoinmolaciones con una multitud de tácticas: castigando a los familiares de los suicidas, ofreciendo recompensas para quien ayude a abortarlas, obligando a los tibetanos a firmar declaraciones prometiendo que no se quemarán, aumentando la edad mínima para convertirse en monje (muchos de los suicidas fueron monjes jóvenes), desplegando más seguridad en los monasterios, sometiendo a la región a un bloqueo informativo e incluso, sin aparente sentido de ironía, enlistando a muchos monjes en equipos de bomberos. Al momento de escribir este análisis, la última víctima fue una joven mujer llamada Kunchok Wangmo.

Curiosamente, las autoridades chinas cremaron su cuerpo, entregaron las cenizas a sus familiares y luego detuvieron a su marido por negarse a atribuir su muerte a problemas domésticos.

El caso de Kunchok ilustra la ambigüedad de las informaciones saliendo del Tíbet. La agencia de inteligencia STRATFOR, en uno de sus informes, recordaba que no está confirmado que todas las autoinmolaciones tuvieran intenciones de protesta. A la vez, la inconsistencia de los reportes crea dudas sobre “si algunos de estos individuos usó la autoinmolación como medio de suicidio sin consideraciones políticas”.

Según STRATFOR, al menos 11 de las autoinmolaciones no se ajustan al patrón de las que fueron hechas a modo de protesta.

LOS LÍMITES DE LA PROSPERIDAD

Para los tibetanos, especialmente para la ACT, las autoinmolaciones suponen un profundo dilema. Si bien el Dalai Lama ha llegado a culpar al “genocidio cultural” de Beijing por los sacrificios, desde Dharamsala toman una posición más moderada.

“Exhortamos a los tibetanos a no tomar medidas drásticas como la autoinmolación. A pesar de ello, estas han continuado, y sentimos la obligación moral de explicarle al mundo que son actos de protesta política, exigiendo la restauración de la libertad en el Tíbet y el retorno del Dalai Lama a Lhasa”, explicó a este analista la ministra de Relaciones Internacionales de la ACT, Dicki Chhoyang, el año pasado.

En ese momento, la cuenta mortal iba por 44. Beijing, por su parte, culpa al Dalai Lama de fomentar las protestas, y considera que las autoinmolaciones son “terrorismo disfrazado”. Un reciente editorial del China Daily aseguraba que el tema del Tíbet “no existía” y que era una ficción “inventada por los británicos”. “La banda del Dalai no puede lavarse las manos.

Decenas de personas han escogido un camino sin retorno. Alguien debe tomar la responsabilidad”, dijo Qiangba Puncong, subjefe del PCC en la RAT. A día de hoy, no obstante, el Gobierno chino no ha presentado evidencia alguna que relacione al Dalai Lama o la ACT con las autoinmolaciones. Desde el punto de vista chino, las autoinmolaciones no tienen razón de ser.

Recientemente, el cónsul de China en Nueva York, Sun Goxiang, explicaba que “el Gobierno central le da una gran autonomía al Tíbet. Además, disfrutan de más políticas preferenciales que otras provincias chinas. Creo que este tipo de apoyo realmente beneficia a los tibetanos, y ellos también lo ven así”. Para el PCC, el tema se reduce a lo económico.

Cuando el nuevo presidente chino Xi Jinping recibió una carta de tres metros de largo firmada por 108 lamas tibetanos, respondió que “el Tíbet debe encontrar una manera de mantener estabilidad y crecimiento económico a largo plazo, para que puedan convertirse en una sociedad moderadamente próspera junto al resto del país para 2020”. En este aspecto, la región tibetana ha mantenido un crecimiento anual del PIB del 12%, y los ingresos han aumentado en 10% anual en los últimos seis años.

En el próximo lustro, el Gobierno chino invertirá 47 mil millones de dólares en el Tíbet, mayoritariamente en infraestructura. Este mismo año, unos 194 proyectos construirán más de 5 mil kilómetros de autopistas que conectarán a 258 pueblos del área.

A decir verdad, la narrativa china tuvo éxito en los primeros años, cuando la retórica de igualdad de clases caló entre muchos tibetanos pobres, que empezaron a alejarse de la cultura y creencias de los lamas, clérigos aristócratas. Sin embargo, el PCC no ha sabido reaccionar ante la evidencia de que ninguna retórica puede darle a los tibetanos –ni a ningún pueblo– una nueva identidad. “Y así”, escribió Francesco Sisci, corresponsal del Asia Times Online en Beijing, “los tibetanos han vuelto a encontrarse a sí mismos en las creencias y prácticas de la antigua aristocracia, contra la que muchos de ellos lucharon hace 40 años”.

Las autoinmolaciones, para Sisci, hablan del profundísimo descontento de los tibetanos, un descontento que va más allá de lo meramente material. “En muchos sentidos, los que se autoinmolan no aspiraban a una vida mejor. Si fuera así, habrían cruzado a Nepal o a la India. No, los que se mataron querían algo diferente. Para ellos, el valor de sus ideas sobrepasa cualquier ventaja material que Beijing pueda darles”, apuntó.

EL TRÁGICO FUTURO

A medida que arden más y más tibetanos, el silencio mundial se hace cada vez más ensordecedor. Y aparecen las dudas, al punto que muchos activistas empiezan a cuestionar los principios de no violencia establecidos por el Dalai Lama. “No le hemos hecho daño a un solo chino hasta ahora. Y aquí estamos. Para una lucha pacífica, creo que las huelgas de hambre y las autoinmolaciones son los últimos recursos.

¿Qué más? ¿Qué más podemos hacer?”, dijo a este analista Tsewan Rigzin, presidente delTibetan Youth Congress, hace unos meses en Dharamsala. La causa tibetana, para bien y para mal, ha estado monopolizada por la ultracarismática figura del XIV Dalai Lama, que desde el principio estableció la naturaleza no violenta de la lucha.Específicamente, el líder tibetano ha formulado la llamada “política moderada”, en la que Dharamsala propone una solución dentro del marco de la Constitución china.

En otras palabras, la ACT no busca independencia, sino autonomía religiosa y cultural. A la vez, el líder espiritual tibetano renunció hace poco a todos sus poderes políticos, convirtiendo a la ACT en un ente completamente democrático, liderado por el primer ministro Lobsang Sangay. El Dalai Lama, al igual que el fallecido papa Juan Pablo II, es uno de esos raros casos en los que un líder religioso se convierte en un ente geopolítico.

Su prominencia ha llevado la causa tibetana al mundo entero –particularmente gracias a su popularidad entre algunas celebridades– pero a la vez, al aglutinar todo el protagonismo sobre su persona, ha creado ansiedad sobre el futuro y la certeza de que después de él no habrá nada igual: la situación probablemente empeorará. Quizá lo más irónico de la causa tibetana es que las maneras pacíficas y democráticas exhibidas por su resistencia han resultado en una mínima atención y compromiso por parte del resto del mundo.

El tema de la sucesión del Dalai Lama le da un horizonte trágico al destino del Tíbet. La identidad del decimoquinto Dalai Lama es el primer interrogante, pues es probable que haya uno en Lhasa, nombrado por Beijing, y otro en Dharamsala.

El potencial para división es enorme, y la única persona capaz de armonizar a los tibetanos chinos con la diáspora habrá desaparecido del panorama. Cinco décadas de separación han hecho que las comunidades tibetanas en China y en el exilio tomen caminos distintos.

El próximo Dalai Lama, sea quien sea, no tendrá la suerte de haber sido parte de ambas. Mientras la cultura tibetana muere, para Beijing todo se reduce a un simple cálculo político.

La meseta tibetana y sus alrededores constituyen un cuarto del territorio chino, además de ser la fuente de agua para China, India y Bangladesh. El Tíbet es, encima, una de las ultraestratégicas “zonas colchón” que separan el corazón de China del resto de Eurasia, en específico del subcontinente indio, dándole seguridad y estabilidad. Salvo catástrofe en China, es altamente improbable que el Tíbet obtenga la independencia.

A la vez, las posturas de uno y otro bando no parecen estar tan alejadas. ¿Por qué no acepta Beijing la política moderada del Dalai Lama? La respuesta puede tener dos caras. Primero, el PCC quiere evitar crear precedentes que puedan alimentar aún más los sueños independentistas en Xinjiang o Taiwan. Y segundo, Beijing es perfectamente consciente de que el tiempo está de su lado.

La causa tibetana difícilmente tendrá más atención y momento que lo (poco) que tiene ahora. Quizá es ahora, entonces, de que Tenzin Gyatso, el XIV Dalai Lama, tome la iniciativa. De lo contrario, puede que llegue el momento en que al pueblo tibetano no le quede ni siquiera el agridulce placer de recordar sus propias desgracias.

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