las contradictorias relaciones del líder venezolano con el mundo árabe y musulmán

El orientalismo de Chávez

La ambigüedad marcó el legado del presidente venezolano en una de las regiones más inestables del mundo.

Fuera de América Latina, quizá en ningún otro lugar se sufrió la muerte de Hugo Chávez como en la región comprendida entre Casablanca y Teherán (la llamada región MONA: Medio Oriente y norte de África).

Para muchos de los árabes, turcos, persas, musulmanes y cristianos que allí habitan, el presidente venezolano fue un defensor implacable de sus causas, una voz que cuestionaba y se oponía a las políticas estadounidenses e israelíes cuando incluso sus propios líderes preferían callar.

Sin embargo, no todo fueron elogios para el fallecido líder bolivariano. Chávez, a su propia manera, exhibió una interpretación propia de la realidad del resto del mundo, en especial del MONA. Esta interpretación podría equipararse a lo que el académico Edward Said llamó “orientalismo”, o el sistema de prejuicios y actitudes que condicionan la manera como occidente concibe –e interactúa con– el oriente.

El particular orientalismo de Chávez, que vio al MONA como una especie de Latinoamérica en árabe, cuyo principal problema era el “imperialismo” estadounidense, le trajo éxitos y fracasos. Comencemos por los primeros.

Ejemplo mundial

La simpatía por Chávez en la que quizá sea la región del mundo más castigada de las últimas décadas no se basaba solo en la vehemencia con la que el venezolano defendía sus causas. Para muchos, fue lo que hizo en su propio patio lo que sirvió de inspiración.

En la última década el Gobierno venezolano invirtió unos 772 mil millones de dólares en gasto social, y los resultados no se han hecho esperar: la pobreza se redujo a la mitad; y la pobreza extrema en 70%. La desigualdad cayó 54%, convirtiendo a Venezuela en el país menos desigual de Latinoamérica.

La desnutrición pasó de 21% a 5%, y la desnutrición infantil cayó de 7.7% a 2.9%. La mortalidad infantil se redujo a la mitad. El 96% de la población tiene acceso a agua limpia, y ahora hay tres veces más doctores por habitante que los que había en 1998.

En términos de educación, la Unesco ha declarado al país libre de analfabetismo, y los venezolanos son los terceros que más leen en Latinoamérica. La educación es gratis, y el país es segundo en la región y quinto en el mundo en proporción de estudiantes universitarios. Por mucho que se critique la era chavista, es imposible disputar los siete puestos –en 10 años– que ha ganado Venezuela en el índice de desarrollo humano de la ONU. Para muchísima gente en el tercer mundo, los logros del chavismo son rayos de esperanza a los que agarrarse, la muestra de que otro camino es posible.

´Superchávez´

El tema Chávez-MONA tiene raíces largas. En 2000, Chávez fue uno de los pocos líderes mundiales en visitar –y apoyar– al presidente iraquí Saddam Hussein. En ese momento, Irak arrastraba una serie de sanciones que, según la ONU, terminaron causando la muerte de medio millón de niños.

En enero de 2009, mientras las bombas israelíes destrozaban Gaza, Chávez expulsó al embajador israelí de Caracas, refiriéndose al Estado judío como el “brazo asesino” de EU.

Entre los países musulmanes con embajadas israelíes, solo Mauritania hizo lo mismo. “Maldito seas, Estado de Israel, terroristas y asesinos”, dijo un exaltado Chávez a mediados de 2010, un par de días después del ataque israelí a la flotilla humanitaria que iba hacia Gaza.

Intervenciones de ese tipo le valieron un estatus de superhéroe en la región. Su retrato empezó a aparecer con frecuencia en protestas y manifestaciones. Calles, restaurantes y niños fueron bautizados con su nombre. Hassan Nasrallah, secretario general de la organización político-paramilitar libanesa Hizbulá, se refirió a él como “nuestro hermano Chávez”.

Una encuesta de 2009 halló que el venezolano era el líder no árabe más popular en esa parte del mundo. Pero no fueron sólo palabras: recientemente, por ejemplo, Venezuela se convirtió en el primer país del mundo en abolir las visas para ciudadanos palestinos. No es de extrañar, entonces, que poco después de su retorno a La Habana, en diciembre, decenas de cristianos palestinos rezaran por su salud en la Basílica de la Natividad en Belén.

La decepción

Pero el récord de Chávez en el MONA no fue ni mucho menos perfecto. Para la región, existieron dos Chávez: el primero maldecía a Israel y a EU, y apoyaba las causas de los que morían anónimamente, día a día, enterrados bajos las bombas, fuera en Bagdad, Beirut o Gaza. El segundo, mucho más complicado, fue el que se alió con los Gaddafi y Ahmadineyad de la región. El que se mantuvo callado mientras los egipcios protestaban en la plaza Tahrir. Y el que, hasta el día de su muerte, se rehusó a pronunciar la más mínima crítica al régimen sirio, involucrado en una guerra que ya supera los 70 mil muertos y el millón de desplazados.

Se podrían delinear dos etapas claras en la relación entre el comandante venezolano y el MONA.

La primera estuvo definida por su simpleza, por la claridad, a ojos de Chávez, de las diferencias entre buenos y malos, oprimidos y opresores. Esta etapa duró, aproximadamente, hasta las elecciones iraníes de 2009.

Desde ese momento, los cambios en la región se sucedieron a una velocidad y con un nivel de complejidad que Chávez, aparentemente, fue incapaz de seguir.

En esas elecciones, Chávez no mostró ni un ápice de simpatía con el llamado Movimiento Verde, cuyos miembros protestaban en las calles de Teherán por un cambio en la República Islámica. El Gobierno venezolano denunció los intentos “desestabilizadores” por parte del “imperio”, y se quedó tan tranquilo. Quizá por estas actitudes, a Ahmedineyad no le importó meterse en un problema en casa al asegurar que un día Chávez “regresará”, junto a Jesús y el Mahdi (redentor del chiísmo).

Luego llegó la Primavera Árabe, y nada volvió a ser igual. “Antes de la Primavera Árabe, eran los liberales pro-occidente que no gustaban de él. Pero después, muchos de los que habían coreado su nombre cambiaron su parecer. Su apoyo a Gaddafi y Bashar al Assad hizo que, para muchos árabes, Chávez se convirtiera en otro líder arrogante que priorizó sus intereses y los de los tiranos sobre los del pueblo”, escribió el periodista Alí Hashem.

La Primavera Árabe, un fenómeno del que aún muchos analistas no saben qué concluir, agarró al venezolano mal parado. No acertó con ninguno de sus análisis. Para usar un término beisbolístico, el presidente venezolano se ponchó.

Pobres análisis

Para el académico norteamericano Juan Cole, Chávez “imaginaba que el socialismo, el antiimperialismo y el antiamericanismo eran lo mismo”. Sus pobres análisis le llevaron a realizar verdaderos contorsionismos diplomáticos. “Parece que fue incapaz de pensar que los Jamenei, Assad y Gaddafi no estaban interesados en los mismos ideales que él. Quizá los veía como similares a Evo Morales o Rafael Correa”, escribió Cole en una reciente columna.

Pero los árabes y persas no fueron los únicos. Más allá del MONA, Chávez ayudó y defendió a otros dictadores. Robert Mugabe (Zimbabwe), Teodoro Obiang (Guinea Ecuatorial), Aleksander Lukashenko (Bielorrusia) e incluso el fallecido dictador ugandés Idi Amin han sido elevados a los altares por la retórica chavista. Según el periodista Patrick Galey, “el único hilo conductor de la política exterior de Chávez [en estas regiones] parece haber sido la animadversión hacia la política exterior estadounidense”. La idea de que el antiamericanismo –supuesto, en muchos casos– de ciertos países podía justificar décadas de dictaduras, violencia, represiones, torturas y abusos a todos los derechos imaginables parece haber figurado prominentemente en la mente de Chávez.

El análisis de las relaciones de Chávez y el MONA es importante porque ilustra los límites de la ideología, la superficialidad de los principios y las consecuencias de un análisis falto de rigor y objetividad. El manejo de la ambigüedad, es verdad, nunca ha sido el fuerte de la izquierda. Y sin embargo, para evaluar el legado de Chávez hace falta una paleta llena de tonalidades intermedias. Como apuntó el analista Bhaskar Sunkara, “el gobierno de Chávez fue autoritario y democrático, demagógico y participatorio, todo a la misma vez. La historia es así de desordenada”. Solo así, desde el desorden de la historia, se puede entender a un hombre capaz de maldecir “desde el fondo de sus vísceras” al Estado de Israel y, a la vez, estallar en llanto por la muerte de criminales como Muammar Gaddafi o Saddam Hussein.

Amistades inofensivas

Vistas en perspectiva, las políticas de Venezuela con respecto a todos –o la mayoría–de estos países tienen poca o ninguna relevancia práctica. Venezuela jamás tendrá condiciones que le permitan proyectar poder al otro lado del mundo.

Por ende, y a pesar de la verborrea y la grandilocuencia, la cooperación entre Venezuela e Irán es mínima, y en el resto de los casos –Bielorrusia, Siria, Libia, Palestina– aún menor.

Un sector del establishment estadounidense intentó sembrar el pánico intentando introducir el terrorismo y las armas nucleares a la relación entre persas y venezolanos, pero (afortunadamente) sin consecuencias significativas. A pesar de las intenciones de unos y los miedos de otros, la geografía, como dijo Napoleón, sigue determinando el destino de las naciones.

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