josep fontana, historiador

´Los ricos juegan a lo mismo, pero los pobres ya no se rebelan´

El catalán, maestro de historiadores, reflexiona sobre el fracaso de las promesas post-1945, la profunda crisis sociopolítica de nuestro mundo y la falta de alternativas válidas para enfrentarla
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Josep Fontana (Barcelona, 1931) es uno de los más importantes, sino el más importante, historiador de España. Su carrera académica se desarrolló principalmente en universidades en Barcelona y Valencia, aunque ha dado cursos y conferencias como profesor invitado por casi toda América Latina. Su obra, que se aproxima a los 30 títulos y comprende libros de investigación histórica, síntesis y teoría de la historia, ha sido traducida a más de 15 idiomas.

Fontana se ha convertido en uno de los historiadores esenciales del presente. Pasó más de tres lustros preparando su magnum opus Por el bien del imperio, una monumental historia del mundo desde 1945 que supera las mil 200 páginas (y 200 en notas bibliográficas) y fue publicada en 2011. Dos años después, publicó El futuro es un país extraño, un pequeño libro –“una reflexión sobre la crisis social de comienzos del siglo XXI”, en sus propias palabras– en el que concluyó que “la tarea más necesaria a que debemos enfrentarnos es la de inventar un mundo que pueda ir reemplazando al actual, que tiene sus horas contadas”.

En Por el bien del imperio, usted abre haciendo mención a las promesas de la Carta del Atlántico de 1941 [firmada por Franklin Roosevelt y Winston Churchill, en la que se enuncian “ciertos principios comunes” sobre los cuales “descansan las esperanzas de lograr un porvenir mejor para el mundo”]. Sobre sus resultados, añade, “la frustración no puede ser mayor”. ¿Podría explicar el porqué de esa frustración?

Cito este documento simplemente como una referencia, aunque es sabido que hubo quienes, como los argelinos, se lo tomaron en serio, esperando que los franceses les concediesen la libertad. Lo cierto es que todo lo que rodeaba a la guerra contra el fascismo se envolvía en vagas promesas de un futuro de democracia universal.

Los años mostraron, sin embargo, que las esperanzas no iban a cumplirse, como consecuencia de factores como, por citar uno solo, el temor de Estados Unidos (EU) a las independencias de las antiguas colonias europeas, que está ampliamente documentado durante las presidencias de Truman y de Eisenhower, con episodios tan lamentables como la negativa de Truman a tomar en serio las ofertas de Ho Chi Minh, o el asesinato de [Patrice] Lumumba por instigación de Eisenhower.

En El futuro es un país extraño, hace mención a la noción de algunos historiadores de que el ser humano está en constante progreso. ¿Cómo se siente usted con respecto a esa idea?

La idea de progreso a que me refiero es la que interpretaba la historia de las sociedades humanas como un ascenso incontenible desde el atraso, la pobreza y la barbarie hasta la plenitud de un mundo más libre, más próspero y más justo.

Nadie puede negar los avances en algunos terrenos, como el de la ciencia; pero en lo que se refiere a la eliminación de la pobreza, tantas veces prometida, estamos lejos de lograrla, y la desigualdad creciente de nuestras sociedades es difícil interpretarla como un signo de progreso. Y ¿cómo situar en esta historia el hecho de que el siglo XX haya sido el más bárbaro de todos los tiempos en materia de matanzas, masacres y genocidios?

Usted ha escrito también sobre el “contrapeso” que hizo la existencia de la Unión Soviética para las luchas sociales y laborales en el mundo capitalista. En estos términos, cómo se explica la evolución socioeconómica del mundo desde su colapso?

El problema no es tanto el fracaso de la URSS como el fin de las esperanzas puestas en formas alternativas de organizar la sociedad que nacen con el triunfo de la Revolución francesa.

Mientras ha habido alternativas que podían contraponerse al orden social establecido, con el propósito de derribarlo y reemplazarlo, el miedo ha servido de base para negociar acuerdos de mejora de las condiciones de trabajo y vida de la mayoría. Cuando ya no las hay, cuando los propietarios se sienten seguros en su dominio ¿para qué seguir haciendo concesiones?

El empeño de los defensores de los intereses empresariales en acabar con el estado de bienestar, con el razonamiento de que de este modo podrán rebajarse los impuestos sobre las empresas y se incentivará el crecimiento económico es una falacia: lo único que se está incentivando son los beneficios de los bancos y las grandes corporaciones.

Varios historiadores, analistas y economistas han hablado de “la revuelta de los ricos”, y cada vez se vislumbra un mundo dividido por clases, entre los que tienen y los que no. ¿Qué piensa al respecto?

Los “ricos” siempre han jugado a lo mismo, contenidos tan sólo por el miedo a la “revuelta de los pobres”, que son los que ahora no se rebelan. Pero vea lo que ha escrito recientemente [el periodista estadounidense] Chris Hedges: “La lucha de clases define la mayor parte de la historia humana. Marx tenía razón”. A lo que sigue un llamamiento para enfrentarse “a las élites empresariales gobernantes” que concluye con: “Ha llegado el tiempo de empuñar las horcas”.

¿Qué rol han jugado y juegan en la actualidad los países con “modelos alternativos” –de Norcorea y Cuba a Venezuela, Bolivia o Ecuador, pasando por Irán– en el contexto global?

Son casos muy distintos, que no se pueden comparar entre sí, y que, en todo caso, no se presentan como modelos válidos para los países económicamente desarrollados.

¿Coincide con [el académico de la Universidad de Princeton] Sheldon Wolin en que EU se ha convertido en un “totalitarismo invertido” en el que las corporaciones controlan el país?

Admiro y comparto lo que anunció Wolin en 2008, y me sorprende la poca atención que se le ha prestado. Contrasta, por ejemplo, con casos como el de [el historiador italiano] Luciano Canfora, otro intelectual al que admiro, que cuando ha denunciado la mentira de la democracia parlamentaria actual, ha sido objeto de insultos y censuras. Algo es algo; por lo menos se han enterado de que existe.

Por otro lado, EU parece cada vez más afectado por el ascenso de una facción ideológicamente radical (el Tea Party). ¿Cómo cree que encaja esta ideologización de la política de EU en el contexto anterior?

Cuando uno ve que esa “facción radical” está financiada y promovida por los grandes intereses empresariales norteamericanos se da cuenta de que no son ellos el enemigo a batir: son elementos del mismo proyecto empresarial, que no sirven para construir nada nuevo, pero contribuyen a hacer imposible cualquier reforma sensata que pudiera mermar los beneficios de sus patrocinadores. Cuando corresponde analizar una de estas supuestas revoluciones conservadoras conviene repetirse la pregunta de Séneca: cui prodest? ¿A quién beneficia?

¿Cree que EU está dando señales de decadencia como potencia hegemónica global? ¿Ve factible la formación de un mundo multipolar en un futuro cercano?

No hay ninguna indicación de que, hoy por hoy, Washington no siga siendo capaz de controlar y manejar el mundo. Y la forma en que está aumentando su penetración militar en África y reforzando su predominio económico con los proyectos de acuerdos de comercio transpacífico y euroamericano parecen mostrar que sigue decidido a mantenerse ahí.

Otra cosa es que la suma de sus debilidades internas y de los esfuerzos de los demás por organizarse al margen de su tutela apunten a cambios a largo plazo. De momento parece que los grandes proyectos de establecer una hegemonía sobre las áreas del Pacífico asiático, y más en concreto sobre los mares que rodean China, han perdido parte de sus ambiciones iniciales.

¿Cómo interpreta los acontecimientos recientes en Oriente Medio, específicamente el reciente drama de las armas químicas sirias, el acercamiento entre americanos y persas y la retirada de Arabia Saudita del Consejo de Seguridad de la ONU?

Lamentablemente, las estúpidas intromisiones [estadounidenses] en un mundo que no han entendido nunca, desde el derrocamiento de [el primer ministro iraní Mohamed] Mossadeq [1953] para acá, han ido creando una serie de problemas sin solución, el más grave de los cuales ha sido incitar a una guerra santa entre chiíes y suníes que ha causado ya millones de muertos y que no se ve que tenga salida. ¿Qué sentido tenía comenzar apoyando a Saddam Hussein contra el Irán chií, para acabar después poniendo un gobierno chií en Irak?

Que ahora resulte que es posible un acercamiento a Irán, si Israel y el lobby israelí-americano lo consienten, y que Arabia Saudí se desmarque cuando ve que no se va a proseguir con la lucha a muerte contra los chiíes, no es más que una demostración de la irracionalidad de esta política. Uno de los últimos dislates que se pueden leer en la prensa norteamericana es que “los neocons promueven una alianza saudí-israelita”.

¿Cómo ve el futuro del proyecto europeo, especialmente a la luz de las recientes elecciones alemanas?

Mal. La Unión Europea no es un proyecto político ni cultural, sino un negocio financiero en gran escala al que, lamentablemente, estamos atados sin posibilidad de escapar.

¿Y Latinoamérica?

Todo lo que conduzca a una América Latina autónoma, que escoja su destino de acuerdo con sus propias expectativas, me parece bueno; pero hay demasiados signos de que el giro hacia la izquierda que se anunciaba va a tener muchas dificultades, no sólo para avanzar, sino incluso para mantenerse. Los ejemplos que nos ofrecen los retrocesos de Paraguay y Honduras nos avisan de que las peores aberraciones del pasado son todavía posibles.

En ese sentido, ¿qué le parece el daño que se están haciendo a sí mismos los gobiernos que se consideran de izquierdas?

Que algunos gobiernos de izquierdas cometen errores, es cierto; pero tengo dudas muy serias de que las alternativas que pretenden reemplazarlos puedan ser mejores para el conjunto de sus ciudadanos. Lo que significa es que, en todo caso, hay que seguir buscando nuevos caminos a la izquierda: en dirección hacia sociedades que tengan como primer objetivo el bienestar común.

¿Hemos sacrificado todo en el altar del “mercado”?

El problema no es “el mercado”, que siempre lo va a haber, sino la naturaleza de las reglas con que funciona. Lo que ha ocurrido es que nos hemos dejado convencer de que hay una especie de “mercado”, neutral y sin reglas, que nos garantiza un uso racional de los recursos y una distribución eficaz de los bienes que aspiramos a consumir, de modo que nos va a conducir a la felicidad sin necesidad de cambio social alguno.

Esa es una trampa que [el historiador británico Eric] Hobsbawm denunció en uno de sus últimos libros con estas palabras: “la soberanía del mercado no es un complemento de la democracia liberal, sino una alternativa. De hecho es una alternativa a todo tipo de política, ya que niega la necesidad de tomar decisiones políticas, que son precisamente decisiones relacionadas con intereses comunes o de grupo”.

Si el futuro es un país desconocido, ¿logra usted ver al menos algo que delinee lo que puede ser?

Son muchos los que en la actualidad ponen la esperanza de cambio en los avances de la economía cooperativa. Yo tengo mis dudas, porque su futuro depende de las reglas políticas con que se la puede favorecer o perjudicar.

La clave está en el poder y para disputarlo no veo, hoy por hoy, más esperanza que la que se pueda poner en los movimientos sociales, en las formas de organización horizontales con las que los ciudadanos pueden tratar de neutralizar el poder para frenar sus abusos.

¿Qué clase de mundo podemos esperar que salga del actual, con un profundo retroceso político y social, y cada vez más gente, menos recursos y un planeta menos habitable?

El mundo que hay que esperar es el que construiremos nosotros mismos. En un futuro que será muy distinto si se elabora sobre la resignación de creer que no hay cambio posible o sobre la aspiración a una sociedad más igualitaria y más justa.

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