La tristeza de Cristo

Guillermo Arias, S.J. Este año la consideración de la Pasión del Señor nos encuentra todavía mareados por la ola de escándalos de sacerdotes acusados de abuso sexual y diversas acusaciones de encubrimiento criminal. De muy poco sirve señalar que el porcentaje de sacerdotes acusados de tales depravaciones no es mayor que el del común de la población. Un solo caso ya apestaría demasiado.

El hecho comprobado de que la pedofilia es una enfermedad sicológica prácticamente incurable y que afecta casi por igual a personas heterosexuales y homosexuales, sean casados o célibes, no nos consuela. Que millones de menores han sido y son abusados por un familiar, un vecino o una empleada doméstica y no por un sacerdote, es un hecho. Tampoco nos alivia. No exagero en cuanto al número. Cualquier siquiatra o consejero escolar atiende una docena y más de estos casos al año. Incontables tragedias que jamás llaman la atención pública, a no ser que el degenerado sea célebre o millonario.

Esa es otra de nuestras desgracias. La Iglesia hasta hace muy poco era una de las instituciones sociales más poderosas económicamente. Digo que era, porque el embate de las demandas ha sido devastador. Han demandado y han sido compensados justamente bastantes afectados. Litigarán viciosamente muchos más. Hay demasiada gente aprovechada y sin principios soñando con ganar pleitos millonarios.

Si el único costo de tantas demandas fuera regresar a aquellos tiempos en que la Iglesia no tenía oro ni plata (He 3, 6) y su única riqueza era Jesucristo, no debiera preocuparnos. Aunque algo sí pudiera inquietarnos el impacto económico de todo esto en nuestros programas asistenciales.

Pero todas estas consideraciones palidecen ante el hecho de que el sacerdote para los fieles católicos representa a Jesucristo, el Buen Pastor. Cuando un sacerdote –hombre que fue vaciado como pastor en el sagrado molde de Jesucristo– se transforma en lobo rapaz, se produce un cortocircuito de proporciones y consecuencias inconmensurables. Cuando cualquier menor es abusado por quien debía haberlo protegido, se levanta imparable en nuestro espíritu una agitada marea de sagrada indignación: “Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le ataran una piedra de molino al cuello y lo arrojaran al fondo del mar” (Mt 18, 6).

Acompaña nuestra exasperación una inmensa tristeza. Unos meses antes de ser ejecutado por su integridad religiosa, santo Tomás Moro emprendió la redacción de un pequeño tratado titulado: Tristeza y agonía de Cristo antes de su pasión. La flagelación, la corona de espinas, los golpes e insultos, la cruz, eran el suplicio que le tenían deparado sus verdugos, pero en Getsemaní Jesús padece el tormento que El mismo se imponía. Al ofrecerse a cargar con nuestros pecados, aquella noche pesaban sobre su alma santísima todos los Auschwitz y Dachau, Gulags y mazmorras, prostituciones y violaciones, hambres y guerras, puñaladas y traiciones, infamias y abyecciones de la historia.

No podríamos aproximarnos de otra manera al misterio de esa noche en que Jesús “comenzó a ponerse triste y a sentir abatimiento” (Mt 26, 37) y a expresarlo sin reservas: “Mi alma está triste hasta la muerte” (Mc 14, 34). “Entró en agonía, comenzó a orar más intensamente y le entró un denso sudor sangriento que chorreaba hasta el suelo” (Lc 22, 44).

No es que se acobardara, no. Es que sintió abatirse sobre su alma la abrumadora mole de nuestros crímenes. No es que flaqueara el que habría de infundir valor heroico a incontables mártires. Entre ellos al propio Tomás Moro, que al subir al cadalso bromeaba con el verdugo: “Ayúdame a subir, que para bajar yo me las arreglaré”.

No estaba Jesús para bromas esa noche. San Pablo nos dice que “[a]l que no tenía que ver con pecado alguno, Dios lo trató como al pecado mismo para que por su medio nosotros podamos sentir la fuerza salvadora de Dios” (2 Cor 5, 21). El problema descomunal es que no acabamos de darnos cuenta de la naturaleza destructora de todo pecado grave. Sobre El pesaba toda la iniquidad y apenas si alcanzaba a respirar. Sólo quien además de hombre era Dios pudo soportar tanto. Al día siguiente Jesús –agotado– casi no llega al Calvario.

Una época y civilización que se engríe de coquetear con cuanto ofende a Dios y degrada al ser humano no debiera extrañarse tanto de la depravación de algunos de sus clérigos.

Por la pasión tan atroz de tu Hijo, Padre Dios, ten compasión de nosotros y del mundo entero...

El autor es colaborador de El Nuevo Herald y sacerdote del Seminario San Vicente de Paúl, en Boynton Beach

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