RECORDATORIO

RECORDATORIO: Forjador de sueños

RODRIGO ALBERTO MORENO TEJEIRA
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Si por indeclinables deferencias algunas veces, y otras por espontánea expresión de pena y solidaridad, he lamentado públicamente el fallecimiento de allegados caros y meritorios, cómo no voy a llorar, con discreción y orgullo, la despedida de mi mejor amigo.

Rodrigo era apenas 15 meses más joven que yo. Crecimos juntos, nos formamos bajo la misma ternura y exigencia moral familiar que todos los seis hermanos y hermanas tuvimos. Compartimos amistades y encaramos, felices, iguales sacrificios de superación; desafiamos retos y en el hogar de la parroquia se nos inyectó el infatigable virus de la educación y del servicio a la comunidad. La confianza total en el amigo cultivado paso a paso, sin dudas ni dobleces, fructificó en fuerza espiritual incomparable, que se vive y se extraña profundamente.

Rodrigo fue un forjador de sueños. La inspiración, que no necesariamente los recursos materiales de padre y madre humildes, lo llevó a altos grados de educación: desde economía, en la Universidad de Texas, hasta estudios de posgrado en economía social y salud pública en la Universidad de Gotenburg en Suecia, pasando por su maestría e internado en administración de Hospitales, en la Universidad Northwestern.

Yo recuerdo cuando se fue a Texas con una beca gestionada por un amigo, que al llegar allá se dio cuenta de que apenas pagaba la matrícula. ¿Y el albergue, y la comida, y los libros, y el transporte y tantas otras cosas esenciales para todo estudiante? ¿Regresar? No, dijo mi padre, con su habitual reciedumbre. Y fregando platos, sirviendo mesas, vigilando bibliotecas e inventando cuanta ocasión se presentara para ganar un real y sostenerse honradamente, regresó Rodrigo con su grado para comenzar temprano a fraguar su primer sueño: su familia. Esa familia ejemplar que ha estado a su lado siempre, como él estuvo siempre al lado del Niño Jesús, con su fe inconmovible.

Su preparación fue tan sólida, sus conocimientos tan prácticos y oportunos para un Panamá tan falto de visión de salud pública, que después de auscultar la situación hospitalaria del país, la Caja de Seguro Social le encomendó la ingente tarea de planear, organizar y administrar su primer hospital, en su momento el más grande y moderno de Centroamérica, y en Panamá el primero en servicio y confianza por mucho tiempo.

Su percepción social y de servicio, y su desempeño profesional ensimismaron a políticos, que lo llevaron, a sus escasos 30 años, al Ministerio de Trabajo, Previsión Social y Salud Pública. Cuando Rodrigo sintió en su labor dedicada y limpia, los innobles acosos perturbadores de la política partidarista, renunció al alto honor y dio con valor, públicamente, sus razones. Fue el momento de dedicar sus esfuerzos a su segundo gran sueño. Con un grupo escogido de médicos emprendió su mayor empresa: el Centro Médico Paitilla, que después de muchas luchas y tareas mereció admiración y confianza dentro y fuera del país. “En esta obra que ofrecemos a la comunidad panameña, dijo Rodrigo en su inauguración el 15 de julio de 1975, a sus 45 años, están cristalizados el anhelo y esfuerzos de pocos, por la restauración y preservación de la salud de muchos”. Una filosofía y una política administrativa que inspiró a este celebrado centro de salud e hizo una familia de su personal que hoy siente con dolor su ausencia.

La vocación docente que se hereda tiene más fuerza que el interés profesional. Por eso, Rodrigo laboró, sin otro fin que el de compartir sus conocimientos en altos centros del saber, dentro y fuera del país, y en la Santa María la Antigua, especialmente, brindó su capacidad y experiencias administrativas desde su junta de síndicos y su junta directiva, además que desde la cátedra.

Condecorado y reconocido por su valioso asesoramiento y relaciones provechosas por España, Perú, Estados Unidos, Federación Latinoamericana de Hospitales, Asociación Americana de Hospitales, en su patria múltiples organizaciones profesionales y cívicas también lo honraron como presidente de la Apede, Ejecutivo del Año, Club Rotario, Ciudadano de Calidad y muchos otros.

Su generosidad fue siempre sincera y silenciosa, desde la capilla de la Ermita en San Antonio, el barrio maternal en Penonomé, hasta el Instituto Don Bosco, pasando por muchas instituciones, sin dejar de alentar a estudiantes humildes, que como él aspiraron y exigieron que las cosas se hicieran siempre bien, como aspiraron y enseñaron siempre papá y mamá con su ejemplo convincente y su afecto enternecedor.

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