Sarigua, paraíso fotográfico

Es uno de mis parques nacionales favoritos. Diverso y lleno de paisajes únicos. Acampar puede dar miedo, pero es una experiencia enriquecedora. Lo ideal es llegar en verano, en la tarde, dormir y salir al día siguiente antes de las 10:00 a.m., cuando el sol hace maravillas con el paisaje. El resto del día, el calor es agobiante.

“Pasa Parita y cogé a la izquie da, onde hay un chino”, me indicaron unos señores en una estación de gasolina. A unos 15 minutos está la sede de Anam del Parque Nacional Sarigua. Seguí la calle de la camaronera, que está dentro del parque y tomé un desvío hacia un plano donde acampé años atrás.

El sol caía mientras la fuerte brisa refrescaba la tarde. Llegué hasta los lagos artificiales donde cultivan el camarón, un oasis que atrae montones de aves. Mientras fotografiaba los “playeros”, pasó un grupo de cigüeñas. Más allá de las tinas está la albina, donde la vegetación es nula y el suelo rajado.

Seguí un rastro de ganado y terminé en unos potreros. La noche entraba y la preocupación de perderme, crecía. De repente, unas casitas. “¡Bueeenaaas!”, dije y lo que salió fue una jauría escandalosa. Más adelante salieron unos pelaítos y un señor. “¿Por aquí vive Senovio?”, pregunté. “Allá, alantito”, contestaron. ¡Qué alivio! Senovio es un legendario de Sarigua. Me llevó al área de las dunas, montículos de tierra esculpidas por el viento, justo al atardecer.

Me despedí de Senovio y monté campamento. Empezaron las sesiones de fotografía nocturna en las que unos troncos secos serían los modelos, y las estrellas, el fondo. Una cadena de aullidos le agregaron terror a la escena. “¿Coyotes?”, pensé con los pelos de punta. Unos capachos distrajeron el temor; son aves nocturnas que reposan en el suelo, y repentinamente dan una voltereta en el aire y caen de pie.

Con el cielo nublado me puse a buscar insectos. Es un poco tenso caminar entre la vegetación, a oscuras. No encontré mucho, solo polillas, algunas arañas y unos alacranes.

Una leve llovizna me mandó a la carpa, y el día siguiente llegó con un mini atardecer. En el horizonte, una tormenta con ganas de venir. Mientras fotografiaba un pequeño montículo de retazos de cerámica indígena antigua, apareció Senovio con una vasija de café. Justo lo que necesitaba. Fuimos hasta el estero. Unos patos se deslizaban sobre el agua, y entre la vegetación, una pareja de loros tenía una fuerte discusión. En la orilla lodosa vimos huellas de coyote. Luego encontramos más huellas, de conejo mulato y de armadillo. Cayó el agua, marcando la hora de regresar a casa.

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