RECORDATORIO

Un filósofo auténtico y amigo verdadero

ROBERTO HERNÁNDEZ

Recuerdo vivamente mi encuentro con Roberto Hernández el domingo 5 de mayo, horas antes de su inesperada muerte. Habíamos convenido en discutir una reseña de su último libro. Pronto concluimos que sería más apropiada una entrevista o conversación sobre los temas de la antología en que se expusieran algunas ideas y presupuestos filosóficos de los puntos de vista que expresaba sobre temas centrales a sus ocupaciones en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Panamá.

Además de un carácter muy difícil, tres características podrían definir a Roberto: honestidad intelectual, integridad en el manejo de su patrimonio y valentía en la expresión de sus ideas. No era insociable, pero tenía pocos amigos. Las discusiones sobre temas filosóficos dominaban su interés. Habría aprobado sin reservas que yo divulgara en esta nota algunas ideas que defendió sin atisbo de duda hasta el último día de su vida.

Su concepción de la realidad era materialista, la idea de que el mundo está compuesto únicamente de materia. Sin embargo, los problemas asociados a la definición de “materia” le inclinaban a referir el término exclusivamente al ser humano. Tal vez un vocablo más adecuado sería “naturalismo”, ya que presumía que la naturaleza solo puede explicarse dentro de ella misma, sin apelar a explicaciones sobrenaturales, que debe llevar a grupos más numerosos las discusiones sobre ciertos problemas a los que concedía gran importancia. Por esa razón, dedicó la mayor parte de sus publicaciones a temas de filosofía práctica como ética y bioética.

Rechazaba el creacionismo, la teoría de que el mundo fue creado por una deidad. Negaba la dicotomía alma-cuerpo, la idea de que existe un alma o espíritu inteligente que sobrevive después de la muerte. Era ateo, no creía en la existencia de dioses ni demonios. No le importunaba el término “agnóstico”, aunque criticara la connotación peyorativa que suelen dar a esas expresiones, ciertos creyentes que asumen supersticiones que equiparaba a la magia. Defendía una ética autonomista de inspiración kantiana, según la cual las personas deben ser capaces de dictar sus reglas de conducta, sin predominio de la autoridad religiosa o libros.

Dos consideraciones le movían a rechazar enconadamente la moralidad católica. Una, la falsedad y el carácter supersticioso que atribuía a su doctrina y ritos, reforzados desde una edad en que los niños no tienen uso de razón. Otra, las terribles consecuencias derivadas de una ética que impone obligaciones que acarrean la muerte, como la prohibición de usar contraceptivos que ayudan a prevenir la transmisión del VHI. La postura se originaba en el rechazo de una ética deontológica, fundada en la idea de que la conducta debe regularse conforme a ciertos principios absolutos que aprueban o prohíben ciertos actos, sin importar las consecuencias. Consideraba agravante el hecho de que el acatamiento obligatorio procedía de una institución que reclama inmunidad al error teológico. Otras creencias como las de un dios “trinitario”; de un dios “hecho carne” que murió y resucitó o la transubstanciación, simplemente le parecían irracionales y frecuentemente eran objeto de burla.

Nunca permitió que la imagen social o las convenciones gobernaran su forma de pensar o de actuar. Fue auténtico y amigo verdadero.

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