Adolescentes infractores

La responsabilidad que tienen los medios de comunicación social es muy grande y no parece ser asumida con prudencia y seriedad por la mayoría de ellos

Georgina Villarreal de Bordelon

Durante los últimos meses hemos sido testigos de una serie de debates que se han dado en torno a la delincuencia juvenil, las sanciones a los adolescentes infractores y el recrudecimiento de la violencia en las calles.

Ciertos sectores de la sociedad apoyan el aumento de las penas privativas de libertad para los adolescentes en conflicto con la ley penal, en el sentir de que el endurecimiento de esta medida disminuirá los índices de criminalidad juvenil. No obstante, la experiencia demuestra que tanto en Panamá como en otros países, el aumento de las penas de prisión no reduce tales índices, puesto que la acción de cometer un delito va más allá de lo dura o blanda que sea la sanción impuesta. La respuesta habría que buscarla en las causas de la delincuencia juvenil, que pueden originarse en la personalidad, la herencia o el ambiente social en el que se desenvuelve el adolescente.

La delincuencia juvenil no es un fenómeno nuevo, el problema data de mucho tiempo. Lo que sí ha variado es la percepción de la sociedad hacia estos jóvenes. Hay una gran diferencia entre los índices de delincuencia juvenil y la sensación de inseguridad que experimentan los ciudadanos, la cual es superior a lo que expresan las estadísticas sobre adolescentes infractores. Ello se debe en gran parte a la manera en que los medios de comunicación transmiten la información, acentuando las situaciones punitivas en las que se ven envueltos los jóvenes, anteponiendo esta información a otra clase de noticias nacionales e internacionales, y en no pocas ocasiones dándoles una connotación amarillista.

Todos tenemos derecho a la información y a que esta no se nos oculte, sin embargo, aparte de lo negativo de la situación, también hay cosas positivas que dar a conocer.

Todo este bombardeo de información negativa hace que nosotros, como ciudadanos, nos sintamos en medio de un ambiente de violencia y antivalores, que aunque sea parte de la realidad, se nos revela como hecho característico de nuestras vidas.

La responsabilidad que tienen los medios de comunicación social es muy grande y no parece ser asumida con prudencia y seriedad por la mayoría de ellos, puesto que constantemente promueven en los receptores el morbo, la negatividad y la desesperanza, provocando que la ciudadanía se suma en una actitud pesimista e impotente de la que es cada vez más difícil salir.

La delincuencia juvenil es un problema que requiere soluciones y actitudes positivas y todos hablan de cómo resolverla, sin embargo, la verdadera y permanente solución se encuentra en prevenir, antes de que se lleve a cabo el acto infractor, a través de la educación y la orientación a nuestros jóvenes que tanto lo necesitan. De igual manera, a los adolescentes que ya han infringido la ley, también hay que orientarlos y reeducarlos para que hagan algo positivo en bien propio y de la sociedad.

Por otra parte, no hay que dejar de lado el dolor de la víctima y esa sensación de impotencia ante el perjuicio físico, mental y espiritual, la pérdida de un ser querido e inclusive de la dignidad, puesto que al sentir vulnerados nuestros derechos nos embarga la ira y como víctimas también merecemos justicia.

Pero, ¿qué queremos de ese joven delincuente? ¿Queremos realmente que se rehabilite, que tome conciencia de lo errado de su actuar y se reincorpore a la sociedad como una persona productiva? ¿O queremos que al emerger del sistema penitenciario sea una persona con más maldad de la que ingresó?

La realidad de nuestras cárceles es desconocida para la mayoría de la población; el costo que representa para el Estado la manutención de los privados de libertad, costo en comida, capacitación, equipo médico y psicológico, entre otras muchas necesidades que deben ser satisfechas y que no lo son por falta de recursos económicos.

No nos oponemos en absoluto a que los adolescentes infractores cumplan con la sanción impuesta, ellos tienen una deuda con la sociedad que deben pagar, sin embargo, todos como sociedad deberíamos comprender el hecho de que al aumentar la pena privativa de libertad para los adolescentes infractores no nos libramos “del problema” por más tiempo, sino que “el problema” se agrava, puesto que la persona que salga de esa prisión no va a ser un adolescente infractor, sino un criminal consumado, lleno de odio y resentimiento, porque las cárceles son escuelas del crimen, donde los mayores enseñan a los más jóvenes las “artes” del delito, donde la droga y la inmoralidad pululan entre las literas de quienes con razón o sin ella incurrieron en conductas ilícitas, quizás por hambre, por miseria, por corrupción, por maldad o por diversas circunstancias, y a muchos de los cuales la vida misma ya ha castigado bastante. Entonces, ¿por qué castigarlos más y hacernos más daño a nosotros mismos como sociedad? ¿Por qué no diseñar y ejecutar programas que promuevan una verdadera reinserción y resocialización de los adolescentes infractores? ¿Por qué no poner en práctica programas educativos que promuevan los valores y el respeto al prójimo, antes de que el joven incurra en el delito?

Recordemos: la verdadera solución está en la prevención.

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