LA EXPERIENCIA VENEZOLANA

Aló, reelección: Mario Velásquez Chizmar

¿Aló, Presidente; aló, ciudadano o aló, Venezuela? A algunos les cuesta entender que los venezolanos transitan un complejo proceso de búsqueda de su propia aspirina. Y no son únicos en dicho esfuerzo. Es un intento legítimo. La historia venezolana reciente justifica contundentemente esa decisión.

El “socialismo del siglo XXI” no llegó al poder por las armas. Su triunfo se forjó con herramientas democráticas. Y los “defensores” tradicionales de la democracia, prefirieron huir de sus responsabilidades, y aún no logran recuperar el terreno perdido. No es fácil. El precio, fijado por la misma democracia, es alto.

En 1998, Hugo Chávez, con 56.2% del electorado, se alzó con la Presidencia; mientras la oposición, con Henrique Salas, sacó 39.9%. En 2000 aquél obtuvo 59% y la oposición, con Francisco Arias Cárdenas, 37.5%; Chávez volvió a triunfar en 2004 con 59.1% sobre un 40.9% en el referendo revocatorio. En 2006 Chávez, con 62.8%, repitió contra un Manuel Rosales que registró un 36.9%.

En octubre de 2012, Chávez, enfermo, se anotó 55.1% sobre 44.3% de Henrique Capriles. El pasado abril, el “hijo” del caudillo, Nicolás Maduro, alcanzó 50.7% frente al 48.9% de Capriles (AFP, El País, EFE). El chavismo está cayendo 14 años después, y sus adversarios subiendo. Resultado contradictorio. Pero el manual estalinista de la nueva izquierda latinoamericana rechaza desprenderse del culto a la personalidad. La institucionalidad ocupa el segundo lugar. Y sucede lo mismo con la nueva derecha. Dentro de las primeras innovaciones de estos gobiernos, está la reelección. No como un mecanismo de continuidad democrática, sino como fórmula para extender un estilo y modelo específico de desarrollo sociopolítico y de concentración del poder.

Todo proyecto de Gobierno levantado sobre la base de que su éxito dependa de una sola persona, está condenado a sucumbir tarde o temprano. Así lo ha dicho la historia. Y en Venezuela, Maduro parece un mal sucesor. Chávez, fiel a la tradición autárquica, nunca preparó su relevo ni construyó instituciones bolivarianas duraderas. Contra el tiempo, Maduro fue escogido por el caudillo, mediando su inoportuna eventualidad de morir, y por ser incondicional, no por su capacidad. Esto lo hace débil. Muerto el jefe, esta falencia es peligrosa. Formalmente, la faja presidencial se la puso exprimiendo un poco la Constitución. Y luego no pudo ganar las elecciones con un margen revolucionario.

Para empeorar las cosas, el precio del petróleo ya no brilla. Finalmente, se empeña en emular en gracia al patrón, sin lograrlo. Sus amenazas de radicalizar el proceso no se manifiestan como antes y solo destacan, con triste decepción, los grados nunca antes vistos de escasez y racionamiento.

Nadie puede negar los cambios positivos registrados en Venezuela. Ni negar que la democracia ha sido lesionada en ese país. Lo indiscutible es que no hay mejor herramienta democrática contra el natural desgaste gubernamental, que una elección periódica que garantice la alternancia en el poder y la estabilidad institucional.

Desde 1985, en América Latina, 17 gobernantes se lanzaron a la reelección, 15 lo lograron. Ricardo Martinelli es feliz con estas estadísticas. El final es conocido. Aló, ¿reelección?

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