Amargados, brujas y morbos congelados

Ante la avalancha de críticas, mofas e interrogantes sin respuesta, la pobreza argumentativa gubernamental descendió a niveles de espanto

Si por alguna casualidad alguien recogiera los diarios y noticieros de radio y televisión de los últimos 10 días, y los analizara para tratar de definirle un perfil a los dirigentes políticos panameños, llegaría a la desoladora conclusión que muchos de ellos padecen de una crónica pobreza de argumentos, de una aguda tendencia a la procacidad para referirse a sus adversarios, y de una seria escasez de recursos expresivos a la hora de ofrecer explicaciones. Es lo único que explica que la presidenta llame amargado a un dirigente de la oposición, o que un viceministro se refiera a toda una colectividad política como de ladrones, o que un alcalde descalifique a sus adversarias llamándolas brujas. Me resisto a considerar aceptable el uso de tales expresiones y pienso más bien que quienes las profieren denigran la política, y se hacen ellos mismos menos dignos de ejercerla.

Aclaro: no creo que la lucha política sea un té de señoras, y comprendo que a veces los apasionamientos dialécticos terminen en agresiones verbales. Pero hasta para ultrajar a un adversario se debe esperar de los dirigentes políticos un lenguaje menos rabanero. Más aún, para insultar no se requiere del talento que uno quisiera ver en sus dirigentes: basta aprenderse unos cuantos improperios y gritárselos a quien primero se le atraviese. Eso sí: espetarlos alegremente muy bien puede precipitar las rivalidades partidistas hacia los abismos de la violencia física. Además, los jóvenes tienden a imitar a las figuras públicas, y lo que están viendo y oyendo a diario francamente no es muy digno de emular.

El recurso fácil del insulto casi siempre va de la mano con la carencia de argumentos para responder a un señalamiento o explicar una determinada conducta. De allí que a la par de los ultrajes hayamos tenido que soportar una inverosímil cantidad de majaderías para justificar que en una ciudad con 100 bancos distintos, una funcionaria de la Presidencia guarde decenas de miles de dólares en una refrigeradora. El hecho se ha convertido en un banquete para los caricaturistas y ciertamente ha aguzado el sentido de humor de los panameños, al punto de que cada explicación engendra de inmediato una multiplicidad de chistes y comentarios burlones. ¿Qué es lo que ha evitado que a un hecho tan bochornoso se le preste la atención seria que su gravedad amerita, y se haya convertido en una anécdota más de nuestro ya voluminoso folclor político? Pues si algunas señoras usan las refrigeradoras para fijar con un imán los recordativos y las dietas, otras, como la funcionaria de marras, las pueden utilizar para esconder un dinero que, quizás por ser caliente, requiere de un prolongado enfriamiento.

Que un jornalero (o un argentino curado de espantos) decida guardar su dinero en la casa es apenas entendible. Pero que una funcionaria con semejantes responsabilidades afirme que no cree en el sistema bancario panameño y que prefiere guardar sus cuantiosos e inexplicables ahorros con los helados y las paletas, suena más bien a burla y desfachatez. Más insólito aún que un asesor presidencial lo considere como algo común y corriente, e imperdonable que la presidenta misma haya salido al encuentro con los periodistas presentándola como la víctima de unos empleados desalmados, pero sin ofrecer explicación alguna sobre el origen del dinero ni la razón por la cual la banca local carece de credibilidad entre sus funcionarios. Ante la avalancha de críticas, mofas e interrogantes sin respuesta, la pobreza argumentativa gubernamental descendió a niveles de espanto: todo es un producto del morbo de los medios (que, en efecto, rehúsan solidarizarse con una pobre funcionaria a la que unos rufianes, cansados de robarle cientos de dólares en efectivo sin que la patrona se diera por enterada, tuvieron la osadía de violar el lugar más sagrado de la casa –el congelador– para sustraerle en cifras más gruesas parte de sus ahorros, adquiridos gracias a su sudor, a su esfuerzo y, sospecho que en mayor medida, a su militancia política).

Con este último episodio y las justificaciones palaciegas que le siguieron, ya no nos es dable aspirar a que cese la corrupción, o siquiera que, como pidió algún político, se reduzca a sus justas proporciones. Tampoco podemos aspirar a encontrar en el gobierno algún resto de moral pública, pues con la directiva de la Asamblea Legislativa que ha propuesto está proclamando que la deslealtad, la concusión y el cinismo constituyen los valores supremos de la política. Ante esa realidad tan sobrecogedora: ¿Será mucho pedirles a nuestros gobernantes que por lo menos observen algunas normas elementales de urbanidad al referirse a sus críticos, y que no sigan ofendiendo con explicaciones tan grotescas la inteligencia de la ciudadanía?

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