EVOLUCIÓN ECONÓMICA

La hora de América Latina: Jaime Correa Morales

Evidentemente, el mundo está encaminado hacia una nueva crisis económica de proporciones aún desconocidas. Los más afectados son los países desarrollados: Europa, Estados Unidos y Japón. Sorprendentemente, América Latina está en una mejor posición. Esto no es lo común, y amerita que escudriñemos sus causas, mediante un análisis histórico político.

Después de la II Guerra Mundial en 1946, se planteó la “guerra fría” entre la Unión Soviética y Estados Unidos. Este último, buscando apoyo para una confrontación, promovió e instauró gobiernos militares en nuestros países, que fueran manejables para tenerlos a disposición en caso necesario. Además, daba préstamos ilimitados a esos impopulares gobiernos para que lograran sostenerse, sin importarle el uso corrupto que se le daba a tales fondos, que hoy todos pagamos con demasiado esfuerzo. Otra devastadora consecuencia de tales oprobiosas dictaduras fue el surgimiento, en casi todos los países, de guerrillas izquierdistas que se oponían a los militares derechistas: en Guatemala, Honduras, El Salvador, los sandinistas de Nicaragua, Sendero Luminoso de Perú, Los Montoneros de Uruguay y Argentina y las FARC de Colombia, que ganaron mucha fuerza en aquellos días.

Con Costa Rica no se metieron, porque no tiene ejército y lo presentaban como su “modelo democrático”. Esos movimientos guerrilleros, cuyo desalojo del poder significó otro alto costo económico y político, fue la herencia que nos legaron los norteños.

Con el desmantelamiento de la Unión Soviética, en 1989, y el inicio de la democratización de Rusia, finalizó la guerra fría y los militares latinos dejaron de ser útiles; entonces, les suspendieron su apoyo ilimitado y ello permitió que, poco a poco, fueran remplazados por gobiernos democráticos, aún muchos de ellos de izquierda, iniciándose con tal democratización la recuperación económico-política de casi todos nuestros países. Este giro hacia la democracia y el mejor manejo de nuestros recursos es lo que nos ha fortalecido y permitido afrontar la depresión económica mundial, que a ellos sí los afecta seriamente.

El caso de Panamá es el que debe interesarnos: En 1968, Omar Torrijos y sus militares dieron –con el apoyo de EU– el golpe de Estado al gobierno de Arnulfo Arias, y lo que ha ocurrido desde entonces es interesante. Durante los 65 años de independencia transcurridos hasta ese momento, los buenos gobiernos de inicio de la república había acumulado una deuda de apenas 340 millones de dólares, pero después de la invasión de 1989, al finalizar tan desastroso gobierno de 21 años, la deuda creció a más de $7 mil millones, o sea, un incremento de 900 mil dólares diarios. Ello, además, de la disponibilidad de los fondos regulares del presupuesto de ingresos nacionales.

No faltará quien arguya que en estos últimos 22 años nuestros cinco gobiernos democráticos, también, incrementaron tal deuda en casi $7 mil millones adicionales para alcanzar más de $13 mil millones de nuestra deuda actual. Ello se explica así:

1. Al asumir el poder Omar Torrijos, en 1968, Panamá estaba en un momento cumbre de desarrollo económico y social, pues el desempleo era casi nulo, la tasa de crecimiento del PIB había sido de más del 8% anual sostenido por más de 10 años consecutivos (algo que difícilmente ha ocurrido en otro país), como consecuencia de los buenos gobiernos liberales de Roberto F. Chiari, Marco Robles y anteriores.

Hechos sobresalientes estos que ni los ciudadanos comunes de entonces ni de ahora tienen la capacidad de asimilar por falta de interés y conocimiento. Y, por el contrario, al finalizar la dictadura militar y reinstaurarse la democracia, en 1989, el PIB estaba en negativo y, además, el país entero estaba devastado: no había circulante y hasta los bancos estaban cerrados, tanto por la rebatiña gubernamental como por la invasión y los saqueos; esto exigió endeudamientos extraordinarios, públicos y privados, para recuperarnos.

2. El pago de la deuda de los $7 mil millones que malgastaron los militares y sus secuaces políticos del PRD, sumándoles los intereses, ha sido un grave lastre que todos los gobiernos subsiguientes han tenido que cargar en nuestro presupuesto anual, distrayendo fondos que habrían logrado mayor crecimiento económico para beneficiar al pueblo.

3. La población panameña en estos últimos 22 años ha crecido más de un 50%, y no es lo mismo suministrar servicios públicos a 10 ciudadanos que a 15; tampoco es igual repartir una deuda entre 10 que entre 15, sobre todo si los 10 están empobrecidos, como estábamos casi todos en aquella época, y los 15 de hoy no lo estamos. Además, el dinero devaluado de hoy valdrá, si acaso, el 50% de lo que valía en aquellos tiempos, de forma que los nuevos $6 mil millones de deuda, realmente se traducirían en $3 mil millones.

4. Las obras públicas de infraestructura en aquellos oscuros tiempos eran casi inexistentes, porque el dinero tenía otros destinos; y si, desde entonces, hemos incrementado la deuda, tal endeudamiento nos está sirviendo para crear la infraestructura y condiciones que nos ayudará a continuar creciendo como hasta ahora, aún en situaciones internacionales difíciles.

5. Nuestra responsable banca y su superintendencia han mantenido una saludable actividad financiera, todo lo contrario a lo que ocurrió en el norte. Y así vemos como hoy el país se desarrolla en todo sentido, hasta el punto en que somos el cuarto país latinoamericano que alcanza “Grado de Inversión”, lo que nos favorece en la rebaja de intereses y otros logros. No obstante, hay opositores que advierten que el Gobierno no debe seguir ejecutando grandes obras financiadas con préstamos y que, como medida de precaución, deberíamos ahorrar. Opinión con la que discrepo; precisamente, es este el momento de endeudarnos hasta los límites razonables y permisibles, porque los intereses están sumamente bajos.

¿Esperamos a que los intereses suban para entonces endeudarnos, doblemente? Soy un fiel creyente de aquella máxima económica que pregona: “Comprar cuando todos venden y vender cuando todos compran”; este principio es aplicable en el caso de los intereses en préstamos: Endeudarse cuando los intereses están bajos y pagar las deudas cuando los intereses están caros. Además, repito, las obras que se ejecutan son las que impulsarán nuestro desarrollo futuro para vernos menos afectados por la recesión o desaceleración mundial: hospitales, colegios, calles, carreteras, canal, metro, y un largo etcétera.

Todo lo anterior, sin contar que reducir ahora las inversiones provocaría la suspensión de algunas o muchas obras proyectadas o en ejecución, lo que inmediatamente empezaría a crear desempleo, que hoy es casi inexistente y, consecuentemente, provocaría el inicio de una depresión o, al menos, de una recesión económica interna que, por supuesto, ningún panameño quiere.

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