DEPURACIÓN

Año nuevo y liderazgos: Carlos Guevara Mann

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Año nuevo y liderazgos: Carlos Guevara Mann

Culmina un año difícil. Para mí estuvo muy lleno de desafíos (algunos, aún sin vencer), desilusiones (algunas, todavía sin superar) y golpes bajos (algunos, todavía sin sanar). También hubo grandes satisfacciones –normalmente relacionadas con asuntos privados y, ostensiblemente, intrascendentes– que suscitan profundo agradecimiento. Una de cal y otra de arena: así es la vida.

Para Panamá y Colombia, los dos países en que me tocó vivir en 2014, también fue un año difícil. Los ciclos electorales suelen poner en evidencia el sustrato sórdido de nuestros sistemas políticos y 2014 no fue la excepción.

En ambos países, la jornada electoral estuvo plagada de clientelismo e influenciada por el crimen organizado. Tengo la sensación de que, a pesar de la “mermelada” colombiana, el clientelismo fue aún más exagerado en Panamá y que, a pesar del pandillerismo istmeño, hubo mayor penetración del crimen organizado en Colombia. Al respecto de lo primero, me vienen a la memoria las palabras de mi admirado maestro y famoso politólogo argentino Guillermo O’Donnell, ya fallecido, quien, tras leer mi descripción de las campañas panameñas, dijo que nunca en su larga carrera había visto una política más clientelista. Eso fue hace aproximadamente 20 años. Si hubiese presenciado la de 2014, en que solo a través del Programa de Ayuda Nacional (PAN) se despilfarraron más de 400 millones de dólares (La Prensa, 5 de septiembre), le hubiese dado un infarto.

Con relación a lo segundo, quedé atónito luego de escuchar a Ariel Ávila exponer valientemente en Uninorte (Barranquilla) sobre los tentáculos del crimen organizado, que alcanzan la política y determinan la elección de numerosos congresistas (y otros cargos de elección popular) en Colombia. El escritor Ávila y León Valencia, politólogo, son autores de Herederos del mal: clanes, mafias y mermelada (Ediciones B, 2014), un análisis profundo y audaz de la composición del Congreso Nacional tras las elecciones de año que fenece hoy.

Sería bueno que algún centro educativo, medio de comunicación o grupo de la sociedad civil organizada los invitara a Panamá, no solo para que expongan sus impactantes hallazgos sino, además, para que ayuden a organizar un observatorio que dé seguimiento a los nexos entre la política y la criminalidad. Como dijo un experimentado jurista que fue diputado a la Asamblea Nacional, es ese un problema creciente que no está recibiendo adecuada atención.

Si algo ha quedado claro en 2014 es que la política necesita una urgente acción de saneamiento. En ninguno de los dos países veo indicios de que esa labor esté por llevarse a cabo. Hacen falta voluntad, creatividad y liderazgo para romper con las prácticas abusivas y nefastas que menoscaban cada vez más el contenido democrático de nuestros sistemas políticos, seriamente degradados por la corrupción y la criminalidad.

En su estudio sobre el colapso de los regímenes democráticos (The Breakdown of Democratic Regimes, 1978), los profesores Linz y Stepan ponderan el papel del liderazgo político. En ocasiones, sostuvo Linz, la falta de ese liderazgo contribuyó a que las incipientes democracias europeas de los años 1920-1930 o las débiles democracias latinoamericanas de los años 1960-1970 sucumbieran ante las embestidas del autoritarismo.

Sus conceptos son aplicables al momento actual. Asediados por las prácticas delincuenciales, algunos sistemas políticos de la región bien podrían clasificarse como regímenes narcoelectorales. En Panamá y Colombia, a pesar de las buenas intenciones o la visión de Estado que, respectivamente, pudiesen existir en los más altos niveles de la sociedad política, no se ve interés por romper con los esquemas que han engendrado el desastre que tenemos.

Faltan líderes honrados, correctos y dispuestos a asumir los riesgos que conlleva la depuración exhaustiva que urge iniciar. América Latina puede producir líderes de este tipo. Un ejemplo es José Mujica, presidente de Uruguay, quien con su humildad sin precedentes, sus firmes convicciones y su franqueza singular ha conducido a su país por sendas de mayor inclusión y bienestar.

Otro, también oriundo del Cono Sur, es Jorge Bergoglio –el papa Francisco– quien con su sencillez y cordialidad, su profunda fe y su compromiso moral ha comenzado a renovar y vigorizar a una de las organizaciones más antiguas de la tierra. Bueno sería que los ejemplos del presidente Mujica y el papa Francisco inspiraran el surgimiento de los liderazgos necesarios para vencer los dilemas de la actualidad.

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