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EDUCACIÓN

Aprender sin compulsión: John A. Bennett N.

El futuro de cada quien está en sus propias manos, no puede ser delegado a nadie, mucho menos a las entidades políticas gubernamentales. De todas las cosas que puede hacer un gobierno, la educación de nuestros hijos es la menos probable.

Si en algún pasado se dio cierto éxito, ello debe ser valorado comparativamente y, por lo visto, bien aplica el dicho: “La excepción confirma la regla”. Pero el tema que deseo abordar y que les pido mediten, tiene que ver con la extraordinaria capacidad que tienen los niños para aprender; pero solo cuando los adultos no les apagamos la llama de la emoción y la curiosidad, a través de sistemas de compulsión.

El reto está en promover o facilitarle al niño el aprendizaje; lo mismo que el reto de un gobierno está en facilitarles a los ciudadanos su camino económico, no en dirigirlo con metodología de compulsión.

Comencemos por señalar que el “aprendizaje” es el logro de un mejoramiento cognitivo, a través de nuevos conocimientos y habilidades, y toda superación se logra en la búsqueda de mejores propósitos. El asunto, más que ver la manera de educar al niño, está en ver la manera de no estorbar la educación del niño. El reto está en evitar, en lo posible, forzarlo hacia propósitos que todavía no figuran en su agenda propia; lo que recuerda el refrán de educadores que decían: “Confía en mí, que esto te seráútil algún día”.

El niño no aprende para satisfacer los intereses de educadores, sino para satisfacer sus emociones y sus propósitos. Todo ello recuerda el refrán: “Puedes llevar el burro al agua, pero el tomar es asunto suyo”.

Lo malo es que a menudo, en vez de inculcar amor por el conocimiento, inculcamos aversión; y cuando ya no estén los padres y maestros dando lata, el joven adulto tomará una venganza malsana. Inculcar aversión es la receta para destruir la persecución autodidacta.

Lo más natural en niños es su capacidad de aprender, tanto lo bueno como lo malo. El niño no necesita que le empujen, ya que su amor por el aprendizaje es nato; siempre que no le atrapemos en un yelmo estéril de buenos estímulos, especialidad de los ministerios de Educación del mundo. El estudio forzado es la fórmula ideal que destruye el espíritu del aprendizaje. Y como bien señalaba María Montessori: “Es más probable que los adultos obstaculicen el aprendizaje a que lo promuevan; especialmente dada la retrógrada filosofía contemporánea reinante”.

Por su lado, los padres juegan el papel de amar, jugar y proveer para los niños; que con ello tendrán el fertilizante necesario para que ellos crezcan sanos por cuenta propia.

El reto está en ser chispa y combustible y no fuego. Es el mismo y fatal error de los programas de subsidios gubernamentales. Lo bello es que el niño desarrolle su propia agenda de vida, y no la que sus padres quieren inculcar, tal como lo señalara Kahlil Gibran: “Tus hijos no son tus hijos, ellos son los hijos e hijas de la vida que se añora a sí misma. Vienen a través de ti, pero no de ti, y aunque estén contigo, no te pertenecen. Podrás darles tu amor, pero no tus pensamientos; pues ellos tienen sus propios pensamientos. Podrás albergar sus cuerpos, pero no sus almas; pues sus almas habitan en la casa del mañana, esa que no podrás visitar ni en tus sueños…”.

El reto está en inspirarles a vivir sus propios sueños y a interesarse en cosas nuevas. Y cuando esas llamas se encienden, hay que saber atizarlas, pues tu rol paternal es de inspirar y no de imponer caminos y destinos. Un buen ejemplo para enseñar a escribir sería proponer un mensaje o carta a una amistad o al abuelo, en vez de seguir un silabario impuesto. Léele cuentos o el mensaje que le escribió la abuela; que le sea interesante en descubrimientos. Que te vea escribiendo. Mi hija un día me dijo, “aprendí a comer rábanos porque te veía comerlos con tanto gusto”.

Hablo de la “riqueza”, concepto tan mal entendido, tanto por pobres como por ricos. La riqueza no es dinero, es aquello que es “sabroso”, que da alegría y enciende hogueras. Hablo del conocimiento, de las habilidades y del amor, que es conocimiento del prójimo.

Y cuando veas crecer el fuego por el aprendizaje, es el momento de añadir leñas; a punto de que se convierta en hoguera crepitante y ya no requiera tu intervención. Más aún, que sean tus hijos los que te enseñen a escribir. Que se conviertan en seres libres, curiosos, apasionados y, ante todo, humanos; capaces, no de bregar por un pedazo de un pastel cada vez más pequeño, sino de aquel infinito que es la creación.

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