EJERCITAR EL INTELECTO

Apuntes sobre el arte de escribir: Enrique Jaramillo Levi

Siempre se ha debatido para qué sirve la literatura. Y si los procesos arduos de escritura que la preceden cumplen o no una función más allá de la simple búsqueda (aunque en realidad de “simple” no tiene nada) de un sentido y el ejercicio de diversos mecanismos filosóficos, psicológicos, sociológicos y formales de expresión.

Históricamente, desde los planteamientos fundacionales de Aristóteles, en su célebre Poética (siglo IV a. C.), y, muchos siglos más tarde, de Jean Paul Sartre en ¿Qué es la Literatura? (1948), hasta las reflexiones más contemporáneas del español Enrique Vila-Matas, el argentino Ricardo Piglia y el peruano Mario Vargas Llosa, entre muchos otros escritores que se han tomado el tiempo para elucubrar públicamente sobre su arte, los cuestionamientos más diversos en torno a la creación literaria como oficio del intelecto y la sensibilidad artística han estado en el centro de las discusiones sobre el arte de escribir.

Las presentes reflexiones no pretenden descubrir, por tanto, el agua tibia ni mucho menos, sino nada más poner de manifiesto mi forma actual de pensar al respecto –porque la tendencia es que con el tiempo las ideas varíen–; es decir, mi manera muy personal de entender este complejo tema y, como escritor que soy, de ejercerlo como parte vital de mi actividad diaria.

En este sentido, comienzo por manifestar que escribir es, en más de un sentido, desnudarse. Y esto suele ocurrir tanto desde la experiencia como desde la imaginación, que no es más que otra forma de la experiencia.

Por otra parte, si no hay una mínima claridad previa sobre las cosas, aunque solo sea subliminal o intuitiva, la expresión escrita de los asuntos abordados será defectuosa o, por lo menos, ambigua. Lo que no significa que el proceso mismo de la escritura no sea en realidad una búsqueda profunda de lo que uno no acierta a comprender del todo, de lo que nos angustia: pero, también, a veces, una búsqueda de la mejor manera posible de plantear con cierto grado de certeza lo que sí sabemos que sabemos y deseamos comunicar, o incluso lo que nos complace.

Y por supuesto, podemos estar escribiendo sobre nosotros mismos de forma abierta o velada, o acerca de los demás; o acaso sobre temas o situaciones más bien abstractas, porque de todo hay en la viña del Señor, tanto en literatura como en periodismo de opinión, por ejemplo.

En el fondo, la escritura, proteica por naturaleza como es, tiene la capacidad de abordar una heterogénea amalgama de aristas de la realidad, en el entendido de que existen innumerables aspectos de esta que desde infinitos puntos de vista y matices pueden ser tratados, lo que enriquece el texto y, por extensión, el conocimiento tanto del autor como del lector.

Pero si bien existe la llamada “escritura automática” (puesta en boga por el surrealismo francés) que se va articulando mediante una asociación libre de ideas que va creando secuencias de sentido, lo cierto es que tras la escritura –en el ejercicio de cualquiera de los géneros literarios o de otra índole– hay una mente, una sensibilidad, una suerte de matriz generadora que consciente o inconscientemente ordena el material: alguien escribe de cierta manera.

En todo caso, es mucho más común que el escritor tenga ideas premeditadas, más o menos bien pensadas, o experiencias reales o ficticias sobre las cuales escribir, a que se ponga a improvisarlas, incluso en un género tan libre como la poesía. Lo cierto es que la combinación de ambos métodos ocurre cuando se crea escritura.

La buena literatura tiende a ser más bien densa, con un estilo propio que sorprende por su forma de irse expresando de maneras inesperadas pero a la vez convincentes. Pero cada autor, buscado un cierto grado de originalidad, crea su propio estilo, su propia voz.

Si se trata de novelas o cuentos, la creación de una trama, de personajes verosímiles, de atmósferas, de situaciones específicas y de conflictos, además de la calidad de la historia misma en su conjunto y la elección adecuada de uno o varios narradores, suelen ser los principales elementos a tomar en consideración. Pero por supuesto, no hay ninguna fórmula mágica para que el texto, como un todo, funcione y tenga valor literario. Lo que sí resulta indispensable, obviamente, es tener talento, cada autor a su manera.

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