MALES DIARIOS

Arbitrariedades en zonificaciones: Darío Suárez

Actualmente en Panamá se plantean debates acerca de la conversión de las áreas de uso residencial, de cierta densidad poblacional, a otro uso de suelo no residencial y/o de mayor densidad. Coincidentemente y para cobrar más impuestos, el Gobierno ha contratado reavalúos catastrales en los que se podrían sobrevaluar áreas de baja densidad al valor de mediana y de mediana a alta, concretándose, de hecho, algo de una masiva conversión automática.

En un pasado reciente, las autoridades de varios gobiernos autorizaron, ocasional y aisladamente, en un solo lote y excepcionalmente en varios lotes y frente a tramos de calle, cambios de uso de suelo y de densidad poblacional de áreas, en contra de un plano regulador y de las condiciones originales de vecindad –de tipo y calidad de vida– con las que las personas compraban sus chalés, apartamentos o dúplex para habitarlos con sus familias en un ambiente escogido y, supuestamente, garantizado por una regulación.

Por consiguiente, resulta una violación de habitabilidad, de convenio y un abuso e infamia, el que se cambie el uso del suelo, la densidad poblacional y la altura máxima permitida para edificios, sin el consentimiento unánime de los vecinos afectados.

Por ello, con justa razón, los potenciales perjudicados en su privacidad, vista, ventilación e iluminación naturales, abastecimiento y presión de agua potable, buena disposición de aguas servidas y de la basura, fluidez automotriz y tasa de impuestos de inmuebles en muchas barriadas, se oponen –con cartelones y otros medios– a que se cometa la arbitrariedad de imponer una zonificación que forzaría a muchos a vender su propiedad y/o a perder su condición de vida.

Similarmente, reflejaría otra arbitrariedad el que las autoridades emprendieran la construcción de estacionamientos bajo la superficie de un parque público, eliminando, sin sustitución, árboles, arbustos y grama, para hacer un negocio más, cobrando por estacionamiento –directamente o por concesión a una empresa– con el pretexto de que no hay lugares para estacionar carros en áreas cercanas al parque.

De los elegidos, el parque Urracá tiene tamaño para soportar un sacrificio de arboricidio y vegeticidio en una pequeña porción de su área, no así el Harry Strunz de la urbanización Obarrio, frente a Calle 50. El daño a este último podría ser enorme, aunque los promotores del entuerto propusieran instalar maceteros y fuentes sobre la losa de hormigón que serviría de techo a los estacionamientos... para mitigarlo. El Andrés Bello, que originalmente fue mencionado en el plan, ha sido excluido... salvándose.

En el caso del parque Porras, constituye un absurdo pretender construir estacionamientos soterrados ahí, porque entre la Gobernación de la provincia de Panamá y el Ministerio de Salud hay un gran patio de estacionamientos (¿parque?), en donde se podrían construir varios pisos de estacionamientos para servir a los usuarios, en decenas de metros a la redonda, sin sacrificar nada del parque. Este más bien habría que embellecerlo y poblarlo de vegetación para que sea un atractivo y no una baja de guerra. Los barrios aledaños a estos parques y toda la urbe necesitan áreas verdes, como pulmones de la ciudad, no su eliminación o minimización para beneficiar quién sabe a quién en perjuicio de los usuarios, de la ecología y del ambiente.

En contraste, las autoridades en ciudades de otros países, además de proteger los parques y el medio ambiente, arborizan las aceras y hasta colocan bancas en sus esquinas. Incluso, han conseguido que empresas y asociaciones adopten, cada una, un parque, para su mantenimiento diario. También estimulan y facilitan la construcción de edificios de estacionamientos en terrenos privados, como actividad empresarial de particulares y no municipal.

Acá, acuciados por la búsqueda de estacionamientos, ocasionalmente empresas –comerciales y constructoras– se adueñan de espacios de calles en los que siempre otros han estacionado carros, reservándoselos para sí, con obstáculos movibles, durante todo el día y no solo para cuando los quieran usar. Está el caso de una que no solo ha utilizado así una porción de calle, sino un sector de puente, igual que el personal de un hotel en Marbella lo hace del otro lado del puente, para guardar un estacionamiento. Estas acciones arbitrarias parecieran naturales y hasta condonadas por alguna autoridad de tránsito. La perpetración de arbitrariedades conscientes, que perjudiquen el bienestar y el ambiente del prójimo, acarrean resentimientos y condenas contra quienes las cometan. Pero peor es que a los imputados eso no les importe.

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