ÚLTIMOS INCIDENTES

Arriba y abajo: Guillermo Sánchez Borbón

El lunes 29 de agosto (un día antes del rompimiento formal) empecé a escribir un artículo, que tuve que interrumpir, por circunstancias personales que no vienen al caso. Esta noche, 31 de agosto, trataré de terminarlo. Lo primero es lo primero.

En el artículo anterior empecé a escribir: Martinelli ha declarado formalmente rota la alianza de partidos que lo llevó al poder. Avisó, Urbi et orbi, que su partido irá solo a las próximas elecciones. Se siente tan fuerte, que no necesita de ninguna coalición para imponerle al país su testaferro y seguir gobernando detrás de las bambalinas, hasta que la patria lo reclame a gritos tan ensordecedores, que a Martinelli no le quedará otro remedio que sacrificarse –él y sus hijos–, aceptando el poder que el pueblo le ofrecerá no a gritos, sino a ensordecedores alaridos.

Hay que ser muy cerrado de mollera para creer seriamente en esta mezcla de novela rosa y de ñamería negra. Yo, que contrariamente a lo que él cree, no le tengo mala voluntad, voy a explicarle cómo ocurrirán en realidad las cosas.

Después de tomar posesión, de abrazarse con él y de jurarle fidelidad eterna, el hasta ayer sumiso paniaguado se encaminará a la presidencia tratando, inútilmente de contener la risa.

Una vez en el Palacio de las Garzas, caerá sobre él la banda de aduladores profesionales y lo convencerá de que un genio político, como él, no necesita mentores, cuya falta de inteligencia representa, por otra parte, un peligro para la estabilidad de la patria y de la democracia. Y que convendría alejarlo de Panamá, nombrándolo, pongo por caso, embajador en el país más frío, hosco y desolado que pueda encontrar en el mapa.

Todo esto, a menos que el pueblo panameño –harto de cortos de inteligencia y de deshonestos– los mande a los dos a pasar unas vacaciones permanentes en un lugar aún más frío, hosco y desolado.

Hasta aquí llegué en la nota que estaba escribiendo el lunes. La noche de autos mi hermana me llamó para que viera en el televisor lo que estaba ocurriendo. Me sorprendió menos de lo que yo mismo esperaba.

Debo agregar que el insensato que ocupa el Palacio de las Garzas debió ser el mayor sorprendido por las consecuencias de su atolondramiento. ¡Estaba tan mal acostumbrado a que todos aceptaran sumisamente sus impulsos demenciales y sus arbitrariedades, que la digna reacción del Partido Panameñista debe haberlo dejado patidifuso!

Y, sin embargo, no tiene por qué asombrarse. ¿Qué esperaba, que le dieran las gracias por haberlos expulsado a puntapiés del poder?

Todo esto es típico de la gravísima dolencia que aflige al Presidente. Una de sus más peligrosas manifestaciones es la incapacidad de prever las consecuencias de sus impulsivas decisiones. Recuerda la trágicamente innecesaria violencia que desató en la zona bananera de Bocas del Toro, con un escalofriante saldo de víctimas. Después trató de sobornar a su conciencia (y de paso a la opinión pública, también), haciéndole a las víctimas de su vesania toda clase de promesas, ninguna de las cuales ha cumplido, según acaban de denunciar ellas mismas.

¡El Señor nos tome a todos confesados!

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