GOBIERNO

Artículo 20, constituyente: Senen A. Briceño,

Como ciudadano y miembro del panameñismo, le tomé la palabra a quien fuera candidato y hoy es presidente de la República, Juan Carlos Varela, con la promesa más trascendente para la vida democrática de la nación, que fue anunciar la convocatoria a una constituyente paralela inmediatamente asumiera el poder público el 1 de julio de 2014, que transcribo textualmente de la página 17 de su Plan de Gobierno, El Pueblo Primero: “Cumpliremos con el compromiso de convocar una asamblea constituyente paralela mediante un proceso plenamente democrático, cuyos preparativos se iniciarán desde el primer año de gobierno y que convocaremos dentro de los primeros dos años de gestión, para fortalecer la separación de los poderes, impulsar la descentralización del poder público y garantizar el desarrollo sostenible con equidad”.

El 21 de enero de 2014, y en mayo de 2015, el Presidente volvió a hacer referencia a que cumpliría su promesa de convocatoria de la constituyente, solo que agregó una duda preocupante, al decir: “siempre y cuando” las condiciones estén dadas. Por eso, reactivó la Comisión o Miembros de la Concertación Nacional para el Desarrollo, compuesta por fuerzas políticas, económicas y sociales. La concertación no debe ser una camisa de fuerza para la sociedad, pues será el pueblo el que elija a sus constituyentes, y ellos, quienes tendrán la decisión de descartar, o no, qué clase de Constitución necesitamos, lo que deberá sellarse con el voto mayoritario de los más de 3.4 millones de panameños. La concertación versus los futuros constituyentes colisionarán en algunos temas sensitivos que pueden poner en alto riesgo los arreglos de recámara de la clase gobernante, la oposición amarilla (PRD–CD). Es decir, se vislumbra una campaña constituyente contaminada de intereses políticos.

Si el Presidente tiene talla para estadista tendrá que demostrarlo, con creces, porque el único camino que tiene Panamá para sacudirse de una sociedad contaminada de corrupción es romper los paradigmas y enfrentar el dilema de hacia dónde queremos ir, y qué clase o modelo de sociedad aspiramos a tener para los próximos 250 años de vida política. Esa es la visión que nos proyecta al año 2250, para entonces habrán transcurrido 235 años. Por ello, es necesario que Varela asuma un nuevo y firme liderazgo, un propósito con determinación y fecha cierta de cumplimiento. No hay lugar para seguir vacilando con el tema de la constituyente ni tiempo, porque la fortaleza inicial de credibilidad de su gobierno es efímera. La historia se sigue escribiendo y las generaciones nos juzgan, con o sin razón, por no jugar un papel responsable en el momento preciso.

Me parece que el Presidente debió pedirle a un tercero de la sociedad civil que asumiera la coordinación de la Concertación Nacional para el Desarrollo, porque, designar a un miembro de su gabinete desluce la independencia, imparcialidad y credibilidad en la valoración de las propuestas constitucionales, los temas de Estado y las formalidades en el proceso para la convocatoria de la constituyente. No se puede tejer la delicada pieza de la nueva Constitución según los intereses del gobierno. A mayor despolitización, mayor alcance y cohesión habrá de propuestas y resultados. Es honesto reconocer y recordar, si sumamos y restamos el resultado electoral del 4 de mayo de 2014, que Varela es uno de los presidentes menos votados en comparación con otros que gobernaron en la nueva democracia. Por tal razón, no puede darse el lujo de patinar en sus decisiones.

El tema de la nueva Constitución es impostergable y corresponderá al pueblo, por intermedio de los 60 constituyentes, decidir por un nuevo y dinámico sistema democrático, permeándolo hasta los dientes para seguir el combate a la corrupción contra toda clase de organizaciones criminales. Ya no se trata de si Varela falta o no a su promesa, sino que de no darse la constituyente la Nación quedaría desprotegida ante gente tan perversa como la que gobernó el país, entre ellos y más reciente Martinelli y su pandilla, con un gansterismo despiadado ante el que por poco sucumbe la institucionalidad democrática. Eso nos revela la imperante necesidad de esta convocatoria sin condiciones de ningún tipo, para que los que amamos la civilidad y honramos el estandarte patrio, el escudo de armas y la letra y espíritu del himno nacional, exijamos una nueva Constitución al servicio de las mayorías y no de los que siempre se sirven de ella: la clase política que de forma cínica negocia la alternabilidad en el poder para proteger sus egoístas, oscuros y mezquinos intereses económicos. Presidente Varela, cumpla su palabra, cambie la historia y entre al salón de la fama como un verdadero estadista que ama a su patria por encima de todo.

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